Diario intermitente (109)

por Quintín

26 de noviembre

Ayer tres grandes películas. O, mejor dicho, tres programas, porque primero vimos la obra completa del joven indie americano Ted Fendt: tres cortos y un largo. Fendt filma en 16mm y tiene un personaje llamado Mike, el perdedor absoluto de New Jersey, un tipo de viente años al que todo le sale mal pero enfrenta esa circunstancia con una cara impávida que enmascara el sufrimiento. Son películas muy tristes, pero Fendt parece estar creando un personaje cómico de gran estatura y también un homenaje a esos suburbios entre Haddonfield (New Jersey) y Philadelphia que filma con maestría. Como si esto fuera poco, el cine de Fendt tiene una notable actualidad política, porque refleja la situación de esa clase media baja americana a mitad de camino entre la solidez del pasado, con su carga de libertad y despreocupación, y la creciente indefensión del presente. El triunfo de Trump está allí (Pennsylvania fue uno de los estados claves del desastre) y la obra de Fendt muestra como Archie se trasformó en Mike. Short Stay y los tres cortos son la versión sin edulcorantes de Paterson de Jarmusch.

Después vimos otro Pierre León, L’adolescent (2001), que nunca se estrenó en el cine, aunque es la única de sus películas que tiene una copia en 35mm. Basada en una novela de Dostoievski, es otra de esas películas perfectas y misteriosas de Léon, aunque curiosamente el misterio está más bien dentro de la trama que gira en torno a un adolescente perdido en las intrigas de su propia familia. Mediante el gran virtuosismo de la planificación, la música y el montaje, Léon construye la película de tal manera que los secretos son un pálido fantasma que se contrapone con la verdad de los actos, los lugares y los actores, como si la danza de encuentros y desencuentros no necesitara de un trasfondo que permita explicarlos, una demostración de que el relato tiene en el cine esa materialidad que la literatura busca en vano.

Después, la última de Hong Sang-soo, Yourself and Yours, que necesita cada vez menos elementos para construir esa sucesión de obras maestras en la que consiste su filmografía. Historia de un hombre perdidamente enamorado y de una mujer que niega ser quien es en cada escena narrada desde la sabiduría cinematográfica que implica entender que la verdad de la ficción, en su eterno presente, no necesita precisar si se conforma con sueños o fantasías. Al mezcla sin complejos los tiempos y los grados de realidad, Hong se vuelve cada vez más libre y el resultado es una película despojada de todo salvo de un sentimiento de soledad y de tragedia, acaso el más acentuado de su obra.

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