Diario intermitente (107)

por Quintín

24 de noviembre

No me gustó La flor, la película de Mariano Llinás. Es cierto que lo que se mostró en la función sorpresa de ayer fue solo la primera parte de tres y que la experiencia de verla completa puede cambiar un poco la perspectiva. Pero creo que tres horas y cuarenta minutos son suficientes como para hacerse una idea del proyecto y no tiene sentido ser condescendiente más allá de esa reserva.

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La flor no carece de méritos: su bulimia narrativa y el trabajo de las actrices son algunos de sus puntos fuertes. Pero los defectos no son menos evidentes. La flor (primera parte) es una película fea. Está filmada con un exceso de primeros planos y de desenfoques constantes que no ofrecen jamás el placer de mirar un plano. Tiene una música que oscila, según el episodio, entre la pomposidad y la ramplonería. Pero creo que La flor tiene dos problemas más serios.

El primero es que, en su afán de reforzar sus artificios narrativos, desdeña la economía de esfuerzos y la elegancia que esa práctica conlleva. Doy un ejemplo: en el primer episodio, el personaje de Laura Paredes es una científica catalana, lo que termina resultando en un doblaje mal sincronizado y, sobre todo, innecesario porque no hay razón para que la mujer no sea argentina (a pesar de un dudoso arrebato patriótico del que se habla más abajo). Es como si Llinás se encaprichara a veces con ideas que un simple análisis debería descartar. Doy otro ejemplo. Según se explica al principio de la película, cuatro de los seis episodios, entre ellos los que vimos ayer, no terminan. Sin embargo, la falta de final, que Llinás explicó en el Q&A como un rechazo por la fábula y las conclusiones, es falso: en el primer episodio, Pilar Gamboa llega para curar a la víctima del ataque de la momia y lo logra. En el segundo, se plantea un duelo musical que tiene una ganadora evidente y el relato concluye, aunque una historia lateral queda flotando, menos por falta de final que de sustancia. Me parce más fácil agregar una última escena en cada caso que teorizar sobre el relato inconcluso.

La arbitrariedad, la falta de entidad de algunas de las historias, tiene que ver con el otro problema: que Llinás hace un cine que prescinde de la verdad. Intentaré explicarlo. Es cierto que el cine es ficción y no está obligado a que sus historias sean verdaderas; de hecho, pueden ser completamente disparatadas. Pero necesitan de algo que las sostenga, encarnar en los detalles reales de su narrativa, en la solidez de los personajes, en algún contexto histórico, en la certidumbre de que su relato no es la transposición algo de escrito en un papel, en la mera presencia de los cuerpos y las cosas al abrigo de la manipulación de la dramaturgia. En Historias extraordinarias, la verdad estaba casi completamente ausente, era una película sustentada en el vacío, en la que la narración en off era complementaria de la trama visual y, si bien le confería cierta pulcritud formal a la película, la hacía débil e irreal.

En La flor, en cambio, hay una apuesta a sostener la película no solo en el relato sino en los personajes y en los actores que los encarnan. En ese sentido, hay otro riesgo y también otra posibilidad de encontrar plenitudes, aunque sean parciales. Hay momentos en los que la intensidad de las actuaciones levanta la película a alturas que el sistema de Historias extraordinarias nunca habría alcanzado. Pilar Gamboa se las arregla para hacer que la exorcista pagana del primer episodio sea creíble y que su cantante del segundo tenga una alta potencia dramática. La presencia de Elisa Carricajo es sutil y demoledora. Pero la fulguración de los personajes obtenida a fuerza de prestaciones intensas es menos el producto de una construcción dramática que el resultado de un recalentamiento de la temperatura actoral. Casi una caricatura del métodp es un parlamento del primer episodio en el que Carricajo, que hasta allí tenía una actitud segundona y timorata, increpa a un gendarme con insólita vehemencia. Claro que ese recurso casi televisivo es mejor que nada y, sobre todo, es mejor que la inanidad de los personajes masculinos.

De todos modos, lo que sostiene esos momentos de intervención actoral desatadas, en los que la narración no se pierde en la chatura ni en la repetición, es un elemento cuya constancia parece marcar un punto de vista moral en la película. Y es que Llinás concibe la ambición, el deseo de control y de dominio como único motor de las relaciones humanas. Hay un curioso paralelismo entre la prepotente desmesura de la película y la de los personajes, constantemente volcados al control y la dominación de sus respectivos escenarios. La lograda primera escena del primer episodio muestra a Laura Paredes (y a su voz catalana) entrando en el laboratorio que dirige y resolviendo todos los problemas con órdenes tajantes y precisas. Pero la catalana será impotente para contener a la momia telúrica y hará falta una nativa (Gamboa) para poner las cosas en su lugar. Hay un parlamento de Valeria Correa en la que describe el fracaso de sus hermanas al mismo tiempo que su propio éxito, pautado por la capacidad para sobrevivir y resistir (aunque, a su vez, terminará también perdiendo la apuesta que formula). Así, el único sentimiento de la película, aun (y especialmente) en las relaciones amorosas, será la voluntad de poder que la recorre de principio a fin, que se calca a sí misma aunque cambie el contexto y el género de cada episodio.

Esa voluntad de poder sobre el cine, de dominación, es lo que más llama la atención en Llinás. No se trata del habitual deseo de superar a los colegas, sino de jugar con reglas propias. Alguien me decía que Llinás hace un cine narrativo de segundo grado, en el que caricaturiza a los personajes, meras piezas de un dispositivo abstracto (como señala Correa sobre el suyo en el parlamento antes mencionado). Pero Llinás podría contestar a esta objeción diciendo que, por un lado, no tiene nada de malo hacer cine de segundo grado y, por el otro, que la intensidad de sus actrices y la emoción que pueden provocar sus momentos altos, desmiente que los personajes sean entidades vacías puestas al servicio de un mecanismo. Y también, como dijo ayer, es cierto que todo el mundo sufre en La flor. Su mundo es un mundo triste, y cada personaje viene con el coeficiente de sufrimiento potenciado, como en las telenovelas. Pero allí reside la astucia del procedimiento. Porque Llinás no hace un cine de primer grado, en el que todos los personajes tienen vida propia, ni uno de segundo grado, en el que son meros cuerpos con nombre, cuya torpeza y mediocridad hace reír. Son, curiosamente, las dos cosas. Se me ocurre que el cine de Llinás es de grado 1,5: se acerca al primero o al segundo grado según la circunstancia y esa media agua entre ambos le permite contestar las objeciones a una dramaturgia que oscila entre la identificación y el desprecio para sonar chata algunas veces y exagerada en otras. En el camino, aparecen escenas que tienen gracia o ingenio, aunque rara vez belleza. Y esa me parece la limitación última de La flor.

Antes de despedirme, quiero recomendar enfáticamente Guillaume et les sortilèges de Pierre Léon, la mejor película del festival. Voy a ver si hablo de ella mañana.

3 comentarios to “Diario intermitente (107)”

  1. Mariano Llinás Says:

  2. Horacio Bernades Says:

    Muy buena nota de Q. Totalmente de acuerdo. Creo que lo visto de LA FLOR exige replantearse el sentido de la obra de Llinás.

  3. Larsen Says:

    No vi la película, y tengo muchas esperanzas depositadas en ella. Pero, de todos modos, tu nota es absolutamente convincente. Ya no la voy a ver con los mismos ojos. Gracias al amigo Bernades que me sugirió leerla.

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