Diario intermitente (106)

por Quintín

23 de noviembre; 1.30 PM

Hoy es la segunda proyección de los cortos de Flavia y estamos como siempre nerviosos. Pero sigo teniendo suerte con las películas. Ayer vi dos más. Una se llama Visita ou memórias e confissoes, de Manoel de Oliveira. La filmó en 1982 para ser exhibida después de su muerte, algo que ocurrió apenas 33 años más tarde. La presentó muy emocionado nuestro amigo el crítico portugués Francisco Ferreira. Otro amigo, el español Alvaro Arroba, me había dicho que no podía dejar de verla. Oliveira se filma como un fantasma en la mansión familiar (que debe abandonar porque ya la vendió agobiado por las deudas) y combina textos de la escritora Agustina Bessa-Luís con monólogos del propio director. La belleza del film es indudable, pero no llegué a compartir la emoción de nuestros amigos frente a un hombre que se aferra a las fotografías de su clan familiar para sostener su pasado y su futuro. De todos modos, es una película muy misteriosa, aunque no sé exactamente la razón por la que Oliveira decidió convertirla en póstuma.

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Un tercer amigo, el ruso Boris Nelepo, me dice que Sierranevada, la película de Cristi Puiu que comenté ayer, es la mejor de su director y la culminación del llamado “Nuevo Cine Rumano”. No estoy seguro de la afirmación, ni tampoco de la contraria, ya que Arroba sostiene que es la peor de su filmografía. A mí me parece que Puiu es de los (escasos) directores cuya obra es un continuo que se extiende de un film a otro y no se presta mucho a la evaluación por unidades. Boris dice que Sierranevada está filmada como si la cámara fuese un fantasma que representa al patriarca de la familia que la protagoniza. No sé bien qué le agregaría eso a la película, pero lo cierto es que el cine de fantasmas tiene un prestigio suplementario. Es como si se agregasen más personajes a la escena.

Después fui a ver otro programa de la retrospectiva de Piérre Léon, compuesto por un corto, A la barbe d’Ivan y un largo, Octobre. En el largo, tres personajes en un tren hablan de El idiota de Dostoievski. Léon la filmó en el expreso de Bruselas a Moscú, que tomó para asistir a su hermano en un documental. Es una película de diálogos improvisados, preparatoria de la adaptación que Léon hizo finalmente de El idiota. Una espectadora preguntó al final si el príncipe Michkin era uno de los personajes, el que le resultaba el más manipulador como a su juicio lo era Michkin. Léon le contestó que, personalmente, no creía que Michkin fuese un manipulador y la conversación parecía tener lugar en el siglo XIX. Luego alguien preguntó por qué usaba música de Verdi, ya que no le parecía adecuada a la melancolía del film, como sí lo era, por ejemplo, Bártok. León contestó que en la película había usado a Beethoven, Wagner y Verdi porque las iniciales corresponden a la sucesión del catálogo de las obras de Bach. Para que todo sea más hermético, la película corresponde a una serie sobre Mozart (algo parecido hizo Godard, que usó a Beethoven en Forever Mozart).

El corto, A la barbe d’Ivan, es mucho menos esotérico y verdaderamente escalofriante. Las imágenes son de Ivan el terrible y en la banda de sonido se lee la transcripción de la entrevista que Eisenstein tuvo con Stalin a propósito de la preparación de la segunda parte de la película. El dictador le dice al director que no se debe representar al zar Iván como un pusilánime lleno de duda, como si fuese Hamlet, sino como un estadista decidido, extremadamente cruel pero cuya crueldad era necesaria para exterminar a sus adversarios. Así, le dice que no debe prestar tanta atención a la barba del personaje y que debe hacerle levantar la cabeza al actor porque eso es más fiel al estilo histórico. Eisenstein pregunta si tiene otra instrucción para darle y Stalin contesta que él no da instrucciones, que no tiene por qué darlas porque lo que importa es la imaginación del director y que él le habla como un mero espectador. Uno siente un inmenso terror en ese momento. Después hablábamos con Pierre León y Renaud Legrand sobre Stalin y concordamos en que no era ningún tonto para entender el arte, a diferencia de Lenin, un ignorante absoluto en la materia.

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