Diario intermitente (104)

por Quintín

20 de noviembre. 5:25 PM

En un rato es el estreno de los cortos de Flavia, así que estamos nerviosos. Tengo un ratito para contar lo que vi en estos días, así que allá vamos.

Ayer vi Paterson de Jim Jarmusch, la película que le gusta a todo el mundo. O casi. Paterson es una ciudad de New jersey y es el título de un libro homónimo de William Carlos Williams, quien vivió allí igual que el protagonista de Paterson, que se llama justamente Paterson. Este es un chofer de ómnibus que escribe poemas, el hombre común con inquietudes artísticas que concentra la metáfora de Jarmusch articulada en azucarados tiempos lentos, escenas domésticas, pequeños momentos rutinarios o epifánicos con los vecinos. Hace treinta años Jarmusch retrataba con ternura y condescendencia en Stranger than Paradise a unos palurdos húngaro-americanos de Cleveland. Aquí, en cambio, Paterson es un héroe americano, aunque su mujer y sus vecinos son un poco menos heroicos y un poco más tontos. Jarmusch no puede evitar tratarlos como muñecos funcionales a la sensibilidad del protagonista y a la repetición de momentos divertidos y efectistas, lo mismo que al bulldog de la familia, acaso el perro más sobreactuado de la historia del cine. Lo más inquietante de Jarmusch es que hay en él una oculta misantropía, expresada mediante personajes que no se comunican nunca, salvo a través de intereses comunes. Entre ellos puede figurar la poesía, o el arte en general, pero esa conexión es más bien estereotipada, como una pátina cultural que protege de la dureza del mundo y le permite hacer estas películas-burbuja que definen su estilo.

Después fuimos a cenar con Flavia y Gabriela a lo de Dasbald y Kitty, que nos agasajaron con una opípara cena vegana, a contramano de la imagen que uno tiene de esa dieta. Claro, nos dicen K&D, el problema de los veganos es que no saben cocinar y las restricciones se transforman así en masoquismo. Toda una experiencia, que incluyó exquisiteces diversas de las que no recuerdo bien el nombre (la mayoría inventadas por ellos), pero que me hacían pensar en especialidades mexicanas, indias y del Medio Oriente. Un prejuicio menos.

matiaspineiro

Esta mañana vi Hermia & Helena, de Matías Piñeiro. Iba un poco preocupado, porque si bien hay dos películas de Piñeiro que me parecen notables (Todos mienten y Viola), después de La princesa de Francia me pareció que estaba atrapado en la fabricación de golosinas shakesperianas que se estaban volviendo demasiado mecánicas. Pero Hermia & Helena es una gran película. Como le ocurrió a Piñeiro, la protagonista Agustina Muñoz se fue a Nueva York con una beca. Acá deja a sus afectos, encarnados en la troupe de actores con las que Piñeiro trabajó estos años. La película transcurre en dos tiempos: el anterior a la partida y el de la estadía en el extranjero; Piñeiro trata los materiales de una manera distinta, como si su cine estuviera haciendo en Hermia & Helena una transición hacia formas más abiertas y menos codificadas, sin abandonar la elegancia y la precisión. El cambio se nota especialmente en el modo de hablar de los actores argentinos y los americanos (en incluso en la propia Muñoz aquí y allá): en la parte argentina se repite el anti-naturalismo estricto de películas anteriores, con esos parlamentos recitados, explícita y expresivamente inexpresivos. En la zona americana hay más fluidez, una nueva emoción y otra empatía como si, en otro contexto y en otras condiciones, el cine de Piñeiro se hubiera liberado de ataduras como le sucede al personaje y hubiera accedido a otra dimensión artística y a un futuro nuevo.

Después vi Socialismo de Peter von Bagh, su última película (2014), un documental en veinte breves capítulos sobre la historia de la revolución comunista. Como pasa con otros films de von Bagh, es de una abigarrada condensación de imágenes, textos y músicas, esta vez en torno a la utopía socialista, su importancia y sus contradicciones. Von Bagh se muestra perplejo frente a la posibilidad de que Lenin deje de ser el héroe de esta historia y se pregunta si hubiera acompañado a la revolución hacia la burocracia y el crimen. Y luego llega a una conclusión extraña: que el cine construyó las imágenes del socialismo, un mundo perfecto sin las dificultades del socialismo real, y que esas imágenes son las que permiten esperar un mundo mejor. Sería un documental ideal para pasar en el Canal Encuentro en lugar de las cosas horrendas que dan.

Y para terminar, vi hoy la película de Gastón Solnicki, que lleva el curioso título de Kékszaállú, que quiere decir Barba Azul en húngaro, porque se supone que la película está basada en la ópera homónima de Béla Bartók que, a su vez, se basa en el cuento de Perrault. La banda sonora incluye la música de Bartók y hasta se ven escenas en el Teatro Colón, pero no logro saber cuál es la conexión entre la ópera y la película, aunque no sé si importa. Kékszaállú es una película de grandes imágenes en la que cuesta encontrar el argumento y deriva su potencia de una misteriosa intuición del realizador, que en el Q&A contó que cuando empezó a rodar no tenía claro cómo resolver el argumento, la estructura ni la financiación. Sin embargo, creo que al final lo logró: la película no es un muestrario de imágenes y tiene una secreta consistencia cuyas claves se me escapan (y pienso que a la mayoría de los críticos les pasa algo parecido, hoy lo hablaba con el portugués Francisco Ferreira). Si tuviera que describir Kékszaállú, diría que explora el contraste entre los desconciertos de una familia rica y la espectacularidad de lo que la rodea en materia de naturaleza, arquitectura e industria. Pero no estoy seguro. Tal vez el descubrimiento de Solnicki sea que el cine mejora en la medida en que se borran las huellas de su construcción y se aleja de su proyecto original. Sin embargo, varios fondos de festivales apoyaron el proyecto cuando estaba en estado embrionario. Me pregunto cómo era la película entonces.

Una respuesta to “Diario intermitente (104)”

  1. burzaco Says:

    ¿quien es jarmusch ?

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