Diario intermitente (103)

por Quintín

19 de noviembre. 6:20 PM

Hoy vi dos películas raras. La primera se llama Ta’ang y es sobre la etnia Ta’ang, un millón de personas que viven entre China y Birmania y que hablan su propia lengua. Fundamentalmente campesinos, los Ta’ang están en problemas porque hay una guerra civil en Birmania que los agarra entre dos fuegos cuando la batalla llega a sus selvas y sus montañas. Entonces tratan de esconderse y en buen número se refugian en China.

Lo raro de esta película de refugiados es que parece una ficción. Lo que se ve es a las mujeres Ta’ang en sus campamentos, hablando con sus maridos y cuidando de sus chicos con un talante que tiene muy poco de desesperación. Como si la guerra fuera una catástrofe natural más, como las lluvias contra las que deben precaverse como contra las balas de cañón. Estas suenan en la banda de sonido y están ahí nomás, pero nunca vemos un soldado ni un arma. Wang Bing es un esteta de la desgracia. Se regodea en una conversación nocturna iluminada con una sola vela, o con los Ta’ang acarreando unos paraguas enormes (de mucha mejor calidad y solidez que los chinos que compramos en la calle) y tratando de que los bueyes no se insubordinen. Es tal vez la película más agradable sobre desgracias que yo haya presenciado.

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No había mucha gente para ver a los Ta’ang, pero la sala estaba llena para la primera película de Pierre León (1988), Deux dames sérieuses, basada en la novela de Jane Bowles. La presentación fue memorable. León contó que decidió filmarla apenas leyó la novela (infilmable), pero que no sabía cómo filmar, aunque su referencia era Werner Schroeter. Así que usó a sus amigos y parientes como actores y la hizo sin dinero, sin sonidista y en una única locación: dos paredes del loft de un amigo que cada fin de semana se pintaban para simular un decorado distinto. También contó que la película no se vio nunca hasta hace un par de meses en la Cinemateca Francesa (en MDP se ve por segunda vez), porque nunca tuvo los derechos de la novela (ni de la música). Lo aplaudieron mucho a Léon, un tipo muy ocurrente, pero apenas empezó la película comenzó el éxodo jujeño de un público compuesto mayormente por jubilados (que pagan 15 pesos) y quedábamos muy pocos al final. Deux dames sérieuses es como la describió su director: un montón de escenas bastante absurdas y con un erotismo difuso, rodadas en un espacio mínimo que siempre cambia, pero sin que la multitud de historias y personajes tenga nunca tensión dramática y parezca siempre una obra de teatro amateur con actuaciones enfáticas. Sin embargo, la película tiene un gran ingenio y una intención muy clara. Ahora, sobre cuál es esa intención, no tengo la menor idea.

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