Bitácora de la hija de Neptuno (71)

por Flavia de la Fuente

10 de noviembre

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 16 grados. Temperatura del aire: 20 grados. Viento: ONO 33 km. Olas: 0.7 m. Sol. Marea subiendo. Tiempo de natación: 29 minutos.

Tras un día de ayer durísimo, hoy Quintín amaneció casi igual de mal. Pero al menos tuvo voluntad para sacar a pasear a Solita y bañarse en el mar.

quintinenelmar

Era una mañana de sol radiante, muy ventosa, con ráfagas de hasta 49 km. Pero el aire era tibio, tipo secador de pelo.

El hombre audaz se metió lentamente y, tras cinco minutos de esquivar olas y temblar, se zambulló y nadó exactamente un minuto.

El doble que la vez anterior.

No está nada mal.

Cuando salió me dijo que el agua fría le molestaba en la cara. Y que se le congelaron los pies.

Yo lo miré canchera, y le dije: “No puede ser. A esta temperatura ya no duele la cara. Aunque, pensándolo bien, quizás te dé pinchazos porque no estás acostumbrado. Y tenés que saber que esa sensación se va en unos minutos. Así me pasaba cuando el agua estaba a 10 grados”.

Fui una auténtica maestra Siruela.

Pero todo sea para animar a mi entrenador.

Es cierto lo que le dije.

Todo es cuestión de costumbre.

Aunque, entre nosotros, todavía no puedo creer que nadé con el agua a 10 grados.

Pero lo hice.

Y en el medio de la niebla, sin nada de sol.

Si lo dudo, puedo releer mis modestas aventuras.

Y también ver mis películas acuáticas, donde está todo registrado.

En homenaje al valiente Quintín, hoy me puse un traje de neoprene más liviano, uno 3/2, con mangas largas pero de verano.

Y también me propuse cruzar el muelle.

Lo mío no era una gran hazaña porque el agua estaba muy baja y, por lo tanto, el muelle casi en la orilla.

Así que caminé unos cien metros hacia el Sur del muelle y allí me puse a nadar hacia el Norte.

Es impresionante la diferencia de los dos trajes.

En un principio, me sentía desnuda con el neoprene más liviano.

Pero enseguida me puse a nadar y todo quedó en el olvido.

Nadé hacia adentro, de forma perpendicular a la playa para pasar a unos cien metros del muelle.

Es difícil calcular las distancias en el agua.

La perspectiva engaña mucho.

El agua estaba marrón, turbulenta, con olas molestas en contra.

Nadaba y nadaba y nunca llegaba al muelle.

Pensé en la ansiedad que da la sola idea de tener que llegar al muelle.

Se me ocurrió pegar la vuelta y nadar hacia el Sur, que era más fácil.

Pero no lo hice.

Me quise enfrentar con mi ansiedad.

Y tratar de vencerla.

Y mientras pensaba en eso, se me ocurrió que era un buen ejercicio de control mental trata de luchar contra esa ansiedad hasta que desaparezca.

Solo había que ignorarla.

Bracear sin mirar el muelle, darle para adelante, como siempre, como si no hubiese nada en el camino.

Y no mirar el reloj.

Ni inquietarse.

Cantar y bracear.

Y respirar cada 8 brazadas.

Tragué agua.

Las olas me golpeaban.

Y yo seguí dándole duro y entonando Oh! What a beautiful morning!

Como tenía frío, nadé a mi máxima velocidad.

Con mucho esfuerzo, logré pasar el muelle.

Miré el reloj y habían pasado 15 minutos de nado intenso.

Es mucho para una distancia tan corta.

Debía ser el viento ONO tan fuerte.

Y la marea, que todavía no se había decidido a crecer, pese a lo que anunciaba la tabla.

Levanté la cabeza y me di cuenta de que estaba bastante lejos de la costa, donde veía a los contingentes de chicos que vienen a San Clemente a Mundo Marino y a jugar en el mar.

Decidí nadar en diagonal para ir acercándome a la orilla y, a la vez, no correr el riesgo de retroceder hasta el muelle.

Ahí me di cuenta de la ansiedad que provoca estar solo en el mar frío.

Uno no sabe cuánto le falta para llegar.

Yo sé que puedo aguantar lo que sea nadando.

No me canso nunca.

Puedo nadar horas si hiciera falta.

Pero lo que no tolero es el frío.

Eso sí que me intimida.

Aun en verano.

Por eso, siempre prefiero nadar paralelo a la costa, a una distancia que me permita salir en un santiamén ni bien me viene en gana.

Mas hoy no era así.

Estaba lejos.

Con un mar que me tiraba en contra.

Apliqué el mismo método del cruce del muelle y nadé con toda mi fuerza sin pensar en cuánto faltaba y sin mirar el reloj.

Cuando vi que estaba cerca de la orilla, miré el reloj y vi que habían pasado 14 minutos más.

Y para colmo, estaba rodeada de trasmallos, que los pescadores estaban colocando, aprovechando la marea baja.

Era tiempo de salir, aunque no había llegado al Aguila.

El aire era tibio y el viento tan fuerte que me empujaba hacia casa.

Volaba tanta arena que para hacer el camino de vuelta por el muelle me tuve que poner las antiparras.

Llegué agotada y helada pero contenta.

Ducha hirviendo, tres tazas de oolong y frutas secas y ahora estoy bien.

Ya nada me importa.

Casi ataraxia.

Y estoy contenta porque crucé por primera vez el muelle en esta desapacible primavera.

Mañana vamos por más (o por menos).

3 comentarios to “Bitácora de la hija de Neptuno (71)”

  1. GabrielaV Says:

    Felicitaciones por el cruce del muelle!!!

  2. burzaco Says:

    Bauza dijo que vamos a salir Campeones…

  3. lalectoraprovisoria Says:

    Gracias, Gabi! A ver cuándo lo cruzamos juntas.

    Besos

    F

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