Lo directo y lo obtuso

Publicada en Perfil el 2/10/16

por Quintín

Pasé unos días en compañía de una escritora y unas horas en compañía de otra. La primer está muerta (ya lo estaba cuando pasé unos días con ella). Se llamaba Lucia Berlin (1936-2004) y su fama fue póstuma, o casi. Una extensa colección de sus cuentos acaba de ser traducida bajo el título Manual para mujeres de la limpieza. Es una autobiografía desplegada en relatos ficcionales en los que la autora puede narrar en primera persona o aparecer como un personaje secundario. Lo que no baja es la intensidad de cada una de esas piezas que reflejan la intensidad de una vida singular. Berlin era jorobada (no mucho) y alcohólica (muchísimo, hasta que paró), tuvo una madre tremenda, cuatro hijos, una buena cantidad de maridos y amantes y, sobre todo, una insólita variedad de trabajos y de posiciones sociales en muchísimos lugares. En sus cuentos, Berlin nombra más ciudades que Chuck Berry en sus canciones, pero en todas ellas le pasó algo digno de ser contado, o al menos fantaseado: su lema era algo así como “mentir nunca, exagerar a veces”.

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Aunque la contratapa habla de Proust y Chejov, de Grace Paley y Lorrie Moore (¡oh, las contratapas!) y aunque Berlin creía como sus compatriotas en la “escritura creativa”, una profesión que se puede enseñar hasta en las cárceles, su intensidad salvaje me hace pensar en Jean Rhys, en Henry Miller o en Erica Jong, una casi olvidada escritora que se hizo famosa en los setenta por un libro llamado Miedo de volar en el que detallaba su vida sexual. En Berlin, el tema predominante no es el sexo (es más bien parca en ese sentido) pero exhibe la misma libertad para hablar de sí misma e ir hasta el fondo de las experiencias personales, algunas terribles, con la alegría y la candidez de una adolescente americana dispuesta a cosas tales como cruzar la frontera para ir a comprarle heroína a un marido que la tenía embarazada de ocho meses. Berlin tuvo un padre ingeniero en minas y agente de la CIA que le dio una educación de rica en Chile y supo ser también muy pobre y vivir en el submundo de los ilegales, los borrachos y los desesperados, a los que trató en un democrático pie de igualdad. Nunca la olvidaré.

La otra mujer es Cynthia Rimsky y nació en Santiago de Chile en 1962, años después de que Berlin volviera a su país. De ella se acaba de reeditar en la Argentina Poste restante, pequeña crónica de un viaje que la autora hizo en 1999 en busca de señales de su familia de inmigrantes judíos a partir de un vago álbum de fotografías con su apellido. Rimsky pasa por Medio Oriente, Chipre y Europa Oriental y su estrategia es un vagabundeo entre gente perdida, con la que se comunica muy poco. En la contratapa (¡oh, las contratapas!), María Moreno escribe que se trata de un tipo de viaje que contrasta con el beat y el guevarista, y que Rimsky hace “observaciones delicadas pero políticas”. No veo la política, pero creo encontrar en las fotos y reproducciones sesgadas ecos de Sebald y de Bellatin. Si Berlin escribe en el sistema narrativo apreciado en la industria editorial, Rimsky lo hace en el mundo de los procedimientos literarios (cambios de persona y de género, desenfoques, distanciamiento de los personajes, incluso de sí misma). Pero ambas transitan un espacio común: el de los que no tienen dinero ni destino.

Foto: Gabriela Ventureira

4 comentarios to “Lo directo y lo obtuso”

  1. Yupi Says:

    La intensidad por escrito es rarísima. No recuerdo si alguna vez hablaste de Kleist en los Diarios Intermitentes. Por lo general se entiende la intensidad al modo romántico. El estilo glacial de Kleist es la intensidad en el vacío, tanto que fue el maestro de Kafka. No hace mucho lo reeditaron en español.

  2. Hugo Abbati. Says:

    Creo que Kafka no tuvo maestros, aunque si aires de familia con otros escritores. Entre ellos Kleist. En sus diarios sólo lo nombra tres veces, mucho menos que a Grillparzer y a Flaubert. Pero también nombra una sola vez a Robert Walser, que, creo, es el más próximo temáticamente. En cuanto a la actualidad de Berlin es,una vez más, producto de esa digna literatura que se lanza promocionalmente al mercado de modo que los “buenos” lectores la lean (y la leen, claro). En Argentina siempre se llega un poco más tarde a estas maniobras (sucedió con Stone). La diferencia con John Williams es que la Lucia, de joven y en su etapa pre-alcohólica, era muy, muy linda. Y eso ayuda, al menos a mí, a disponerse de modo más amable a su lectura.
    Y aprovecho y dejo un nombre todavía no promocionado al uso: Amy Hempel, mujer muy linda, también, que tiene un cuento que se puede (creo) conseguir en la red: La Cosecha, que es magnífico, opinión que, como todas, es personal.

  3. Yupi Says:

    Cierto, pero en ese grupo Kleist ocupa una posición singular. Lo que hizo Kafka fue invertir el sistema. El resultado es un Kleist cómico, el humor mismo. Me contaron una anécdota que habría hecho sonreír al protagonista. Parece que un lector argentino descubrió una foto en la que se ve a Kafka jugando al ajedrez contra Capablanca y lo comentó con un alemán. Éste remitió la foto a los editores de Kafka en Berlín. Los editores se la pasaron a profesores especializados, los profesores convocaron de urgencia a Klaus Wagenbach, y todos juntos peregrinaron hasta la casa de Reiner Stach. Allí esperaron en una sala hasta que apareció el hombre. Le mostraron la fotografía. Hubo un silencio cargado de dramatismo en el que pareció en juego el destino de Alemania. Por fin Stach dijo: “No”. Saludó y volvió a su cuarto. Los profesores se retiraron por donde habían llegado.

  4. Hugo Abbati. Says:

    Es una pena que no se haya continuado con la biografia de K. escrita por R. Stach en su traducción al castellano. Está, naturalmente, en alemán, pero mi alemán no da para tanto. Hay una referencia de K. a Brod, en una carta, en la que dice, en relación a Kleist: Kleist sopla en mí como una vejiga de cerdo. La traducción es mía, pero creo que se ajusta a la frase original, para mí incomprensible en su dimensión simbólica. De todos modos, la similitud temática entre los dos K. ha dado origen a una ingente cantidad de estudios, más interesados en buscar antecedentes de la obra kafkiana que en una continuidad natural que salte a la vista. Aunque hay, insisto, un aire de familia. El peso del romanticismo en Kleist no tiene nada que ver con K., que no se debe, estrictamente, a ninguna tradición. Pero en ambos ronda el asunto del Sentido, pero lo que en Kleist es pasión, en K. es prudencia y fracaso (y también humor, es verdad).
    La anécdota es muy buena. Si en lugar de Capablanca hubiera sido Perón, sería sublime, pero me temo que el general no jugaba al ajedrez, jugaba a otra cosa.

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