Bitácora de la hija de Neptuno (54)

por Flavia de la Fuente

22 de septiembre

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 13,5 grados. Temperatura del aire: 16 grados. Viento: NO 21 km. Olas: 0,8 m. Sol y nubes. Marea subiendo. Tiempo de natación: 20 minutos.

Ultimo día más o menos templado. Mañana vuelve el invierno al aire, pero la temperatura del mar sigue su curva ascendente. ¡Qué alegría!

Hoy volvieron a acompañarme mi entrenador y Solita, luego de nuestra clásica caminata de precalentamiento que hoy fue de 4 km, del muelle al vivero.

Nado mucho más feliz, sabiendo que ellos están cerca.

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Quintín, por su parte, hoy inició los baños marinos de pies. Fue en shorts a la playa y caminó por la orilla descalzo. Dice que le dio frío, pero que estuvo bueno. Yo a eso no me animo.

Hoy pensaba que me va a costar mucho sacarme mi abrigo, que me encanta nadar y no sentir frío. ¿Nadaré con todo el equipo hasta el verano? Me aguardan nuevos desafíos. Porque lo cierto es que tiemblo mucho más en verano que en invierno. Es así.

Pero volvamos al día de hoy. Como estaba cansada y el mar se veía bravío (bah, no tan bravío, pero a mí me asustaba un poco ver tantas filas de olas), le dije a Quintín que saldría a lo sumo en el Solmar. Que si me perdía de vista, me esperara ahí, que iba a cumplir mi palabra, para que no se asustara.

Me metí en el muelle y empecé a caminar hacia adentro. Hoy no se podía nadar por la orillita, había que pasar sí o sí la rompiente.

Me choqué con varias olas respetables y finalmente me puse a nadar.

El agua estaba muy parecida a ayer, ya no tan fría, transparente y salada. Y las olas deliciosas.

Me costaba ver a Quintín y a Solita desde el mar, las olas me los ocultaban. Pero sabía que los vería cuando una ola me levantara. Era divertido. Me gusta andar cabalgando sobre las olas. Y mis custodios, aparecían y aparecían según la voluntad del mar.

Nadé tranquila, sin apurarme, pensando en no pasarme del Hotel Solmar.

Cuando llegué, vi que Quintín seguía caminando hacia el Norte, como dándome permiso para que continuara mi camino un poco más allá.

Pero me pareció mal no cumplir con mi palabra.

Así que ni bien llegué a la meta, me puse a nadar en diagonal, tratando de que las olas no me lastimaran y salí a la playa.

Mi entrenador me dio un beso y me dijo: “Pensé que ibas a nadar hasta el Balneario Norte”.

“Ganas no me faltaban”, le contesté. “Pero te había dicho que saldría acá y me pareció mal no cumplir con mi palabra. De ahora en más, quedamos que si no me encontrás, me esperás en el Balneario Norte.”

Porque habría nadado muy contenta unos diez minutos más, o lo que fuera. No sentía frío y el agua juguetona con tantas olas siempre me resulta estimulante, mucho más que el mar planchado, que parece un tedioso lago.

Quizás mañana. Aunque mañana vuelve el invierno y los vientos rojos y olas del doble de tamaño que las de hoy.

Veremos si tengo coraje. Ojalá. Siempre vuelvo contenta del mar, y si es una aventura con un poco de adrenalina, mucho más.

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