Bitácora de la hija de Neptuno (51)

por Flavia de la Fuente

10 de septiembre

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 12 grados. Temperatura del aire: 13 grados. Viento: NE 12 km. Olas: 0,3 m. Sol y bruma. Marea subiendo. Tiempo de natación: 30 minutos.

Esto de nadar está bueno, pero no sé si está tan bueno escribir cada vez que nado. Y, peor aun, hacer promesas, que después siento que debo cumplir.

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Atrapada por mis palabras, hoy me levanté con un “no” en la cabeza.

Mientras tomábamos el desayuno vi que estaba todo brumoso, que no había sol. Le dije a Quintín que no pensaba, de ninguna manera, ir a nadar.

Pero poco a poco, el día fue mejorando y fuimos una vez más los tres juntos a la playa.

Yo me iba arrastrando, sin aire, sin fuerzas, medio agónica. No podía imaginar cómo iba a hacer para nadar.

Pero sentía que tenía que cumplir con Santiago y con los lectores a quienes les había prometido llegar a una nueva meta.

En mi mente peleaban duro el angelito y el diablito.

Diablito: “Esto de nadar todos los días es como ir a trabajar. Es una rutina insoportable.”

Angelito: “Pero sin duda algo bueno ha de tener. Por algo nadás todo el año. El entrenamiento da endorfinas, y luego pasás un día apacible y sereno. Y a la noche, dormís como los dioses. Además, ayer le prometiste a Santiago que ibas a ir hasta el Balneario Norte, como homenaje a su voluntad de atleta. Y la palabra se cumple.”

Diablito: “Que ni se te ocurra ir al Balneario Norte. Sos vieja, te podés enfriar, agotar, enfermar. Hasta Quintín y Solita se pueden cansar demasiado. Para colmo, después hay que volver caminando un kilómetro y medio y ahí seguro que te morís de frío. Y te agarra taquicardia, te hiperventilás. No lo hagas.”

Angelito: “No podés ser tan floja. Te reitero que se lo prometiste a Santiago. Hasta te leyeron sus seguidores. No podés no hacerlo, sería un papelón.”

Con la cabeza inundada por esos conflictos tremendos, me metí en el agua que, según el Seatemperature, estaba dos grados más caliente que ayer, o sea, a 12 grados.

Confieso que eso me dio coraje.

Dos grados más sientan bien.

El mar era un lago. El agua clara y apacible. El sol me calentaba la frente y, poco a poco, fui nadando hacia el Norte, y tratando de dilucidar qué iba a ser de mí.

Cuando noté que la corriente me hacía avanzar bastante rápido pensé que al menos iba a llegar como ayer hasta el Hotel Solmar. “Eso y nada más”, me reiteró el diablito.

Nadé y nadé. El agua se iba volviendo cada vez más amigable y esta vez pude respirar cada 8 brazadas, como me gusta a mí. El agua fría hoy no me quemaba la frente.

Las canciones que cantaba iban variando de “Oh, what a beautiful morning!” a “Masters of War”. No me podía concentrar en ninguna melodía porque estaba inquieta por saber si iba a cumplir con mi palabra o no.

“¿Y por qué no?”, me gritaba el angelito. “Si no hace frío, el día es precioso, ¿por qué diablos pensás salir del mar y defraudar a tus lectores, a tu entrenador, a tu perra y a vos misma?”

Cuando vi que me acercaba al Solmar, miré la hora y vi que había nadado exactamente lo mismo que ayer, 20 minutos. En ese preciso momento decidí que nadaría los 500 metros que faltaban para llegar al desolado Balneario Norte.

El problema era que no veía dónde estaba el bendito balneario. Porque en invierno no hay nada en ese lugar, nada más que unos postes en los médanos.

Y tenía las antiparras empañadas. No veía nada de nada. Así que me las saqué, las limpié y pude ver los palos que marcaban mi destino.

Y nadé hasta que llegué.

No fue duro. Fue placentero. Tarde apenas 10 minutos más. Y el agua estaba suave y agradable.

Cuando miraba hacia la costa los veía a Quintín y a Solita que me miraban expectantes, sobre todo Solita.

¡Y sí, lo logré!

Otro triunfo del bien.

Después de juguetear un rato en el agua, salí del mar y Quintín me dio un beso y me felicitó por mi pequeña hazaña. Me dijo: “Lo lograste”, con un sincero orgullo, creo.

Pero todo no terminaba ahí.

Todavía faltaba recorrer el kilómetro y medio de vuelta a casa, toda mojada y un poco cansada.

Quintín seguía en lo suyo estudiando los caracoles y juntando shells.

Esta vez, como era muy lejos, le pedí que me llevara el torpedo. Y así lo hizo, con su habitual gentileza.

Mi entrenador caminaba lento. Se lo notaba relajado, gozando de la naturaleza. Como su ritmo de cazador de caracoles me enfriaba, volví caminando sola, bien rápido y alternando algunos trotes para jugar con Solita.

Porque hacía frío de espaldas al sol.

Mucho más grato es caminar con el sol en la cara.

Así que me apuré todo lo que pude y esperé a mi entrenador en el muelle, al reparo, tomando un poco de sol.

Hoy estoy mucho menos cansada que ayer.

De hecho, me bañé, tomé tres tazas de oolong, comí 7 almendras como merienda Obama, un poco de chocolate, pasas de uva y una banana.

Y estoy lo más bien escribiendo en mi escritorio, con las piernas al sol. Eso sí, me puse medias de ski y botas de piel hasta que vuelva a tener calor.

Mañana creo que voy a nadar pese a que anuncian vientos fuertes.

Ojo que dije “creo”.

Pero debería hacerlo. Porque anuncian tormenta otra vez para el lunes, martes y miércoles.

Así que mañana a nadar.

7 comentarios to “Bitácora de la hija de Neptuno (51)”

  1. GabrielaV Says:

    ¡Buenisimo!

  2. lalectoraprovisoria Says:

    Gracias, amiga!

    F

  3. Martes de cuento Says:

    :) ¡Felicidades por tu hazaña! Debe ser estupendo sumergirse y sentir que el mundo es solo tuyo ;)

  4. Flor Says:

    Te admiro!
    Q bien describís la constante lucha interna de uno… en mí gana el diablito malo, negativo jej
    Muy bien Flavia. Beso

  5. lalectoraprovisoria Says:

    Gracias, Flor y Martes de cuento!

    Pero lo mío no es ninguna hazaña. Solo me lucho conmigo misma.

    Y a mí también, Flor, muchas veces me gana el diablito. Pero el deporte es lo mío, nací moviéndome y haciendo ejercicio. El angelito, en este caso, tiene ventaja.

    Besos a todos,

    F

  6. norma Says:

    que linda nota,Que buena foto. o es que sea mi hija ,pero es casi perfecta

  7. lalectoraprovisoria Says:

    Jua! Me hiciste reír, mami! Gracias por el comentario. Besos

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