Diario intermitente (100)

por Quintín

5 de septiembre

Terminé mi columna para Perfil de la semana pasada hablando al pasar de los escritores chilenos a los que les toca vivir en un país que ha progresado económicamente (el contraste con el deterioro argentino es cada vez más notable) pero están inmersos en un medio cultural que sigue esperando milagros de la izquierda (aun de la izquierda más estalina, rastrera y oportunista representada por Camila Vallejo o Marco Enríquez-Ominami). Claro que la derecha, y menos la derecha chilena, no es un lugar muy acogedor para un artista. También es cierto que la mejora en la vida de los escritores no ha sido espectacular en estos años, aunque parecería estar acontenciendo un cambio gradual por el cual los artistas no son necesariamente herederos de la burguesía, miembros de esas pocas familias que tuvieron el poder económico, político y cultural de Chile durante demasiado tiempo.

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Frente a esa situación hay distintas reacciones y distintos escritores. Hay, desde luego, un cierto conformismo de izquierda que sigue glosando la infancia bajo Pinochet y hay apuestas a habitar una contemporaneidad más estricta, desprendida de viejas historias (pienso, sin entrar en detalles, en la diferencia entre Alejandro Zambra y Alberto Fuguet). Pero creo detectar lo que tal vez sea una nueva tendencia hacia la huida de esos dilemas, la necesidad de construir un espacio literario autónomo.

El síntoma más evidente de esa novedad es seguramente Leñador de Mike Wilson, que Fiordo editó hace poco en la Argentina con gran éxito de crítica, pero que tengo en la edición chilena de Orjikh, que me regaló un escritor chileno (creo que Bisama) en Santiago hace dos años, en una reunión en lo de Gonzalo Maza, donde también se elogió mucho la novela. En ese momento perdí la oportunidad de ser el primer argentino en leer Leñador, pero confieso que me intimidó la extensión (500 páginas), pero sobre todo el tema: un tipo que describe hasta el mínimo detalle la vida de un campamento de leñadores en Yukón. En estos días me volvió a intimidar, pero alcancé a leer 66 páginas en las que aprendí cómo se usa y se cuida un hacha o un serrucho, cómo se fabrica cerveza, cómo es la barba de los leñadores, cómo se determina cuántos años de vida tiene un árbol o cómo se hace para treparlo profesionalmente. No sé si voy a terminar el libro, pero su aparente aridez se diluye apenas uno emprende la lectura. Lo que resulta más o menos evidente de Leñador es que su obsesión con la materialidad está ligada implícitamente (en lo que leí, Wilson no habla de ello) a una búsqueda espiritual, a una especie de purificación de la mente mediante el trabajo físico y el aprendizaje de conocimientos específicos (y, desde luego, el arduo trabajo de poner por escrito ese saber en un estilo que no sea un el del manual práctico). El impersonal bosque del Yukón es la antítesis de la vida cotidiana de un escritor en Santiago o en cualquier otra parte (Wilson, además de chileno, es argentino y americano) y un ejemplo de esta literatura de evasión de la que intento hablar.

Mencioné que Wilson es también argentino y que su novela se publicó en los dos países y esto viene bien para señalar que, en los últimos años, ha habido un notorio acercamiento entre las literaturas chilena y argentina, que antes tenían muy poca comunicación. En una dirección, la Universidad Diego Portales se encargó de importar a Chile todo el establishment literario argentino, que hoy nutre sus colecciones. La UDP paga bien y se interesa por esos nombres conocidos aquí y ahora también allá. A tal punto que publicar o no en la UDP (que como editorial universitaria no publica primeras obras ni asume los riesgos del descubrimiento) es lo que determina si un escritor argentino vivo ha transpuesto el umbral del reconocimiento y puede figurar en el quién es quién de las letras nacionales. La UDP sería algo así como La Pléyade de la literatura argentina contemporánea.

No hay nada equivalente a la UDP en el sentido contrario, es decir alguien que contrate libros de los autores chilenos más notorios. Pero sí, pequeñas editoriales argentinas que publican ocasionalmente a escritores jóvenes chilenos que no han tenido una gran difusión. Es la versión hormiga y en sentido inverso del elefante UDP. Esto tiene que ver con un fenómeno notorio y paralelo en ambos países: la proliferación de pequeños sellos, que con la multiplicación de los congresos y festivales han abierto canales cerrados durante muchos años para el tráfico de obras y autores. Una de esas editoriales, de las más recientes, se llama Marciana y ha editado dos libros: La máquina de rezar del argentino Bob Chow y El increíble señor Galgo del chileno Diego Vargas Gaete.

Creo que los libros editados por Marciana tienen algo en común. Bob Chow es un misterioso argentino que reniega del medio literario y ubica su obra en un contexto cosmopolita más bien extravagante. Solo leí su primer libro y me queda, además del La máquina de rezar, otro más por leer (que viene con un CD grabado por él). No es el caso de Vargas Gaete (no sé si también es músico), pero sí ha publicado otra novela, La extinción de los coleópteros que aquí editó Momofuku y cuyo subtítulo es Secretos de un colegio germano al sur de Chile. La otra novela, biografía del tal Galgo está asociada también a ese colegio alemán de Temuco, donde nació el autor en una fecha que las solapas de los libros no indican (pésima costumbre).

Aparentemente, Vargas Gaete hace lo contrario de Bob Chow y, sobre todo, de Mike Wilson. Sus libros están presuntamente anclados en los horrores del pasado chileno, en la sordidez de la vida de provincia y hasta en ese plus de monstruosidad asociado a la presencia de nazis en el sur chileno. Incluso hace algo más, que es describir el futuro de Chile como una continuidad perfecta del pasado y del presente: es un país esperpéntico, grotesco, condenado a la perversidad y la estupidez, cuadro terrible del que Vargas Gaete huye por arriba, mediante fantasías absurdas y voluntarias imprecisiones que dejan los hechos en suspenso y aluden, en cambio, a sus consecuencias en la atmósfera. De hecho, nunca cuenta qué cosas tremendas hacían esos alemanes en el sótano del colegio ni qué hizo Galgo de bueno o de malo en su vida extraordinaria. Solo conocemos de él el borrador de una novela escrita como un cadáver exquisito y un diario íntimo en el que escribe cosas como:

Ser escritor es saldar las deudas del pasado en el papel del futuro. Dejémonos de bromas: ser escritor es ser nada.

Esa ambigüedad, la de darle al escritor la responsabilidad de saldar deudas y negarle toda importancia en la frase siguiente, define el punto de fuga de Vargas Gaete, cuyo deseo de escritura se despliega a partir de la posibilidad de no decir nada, de negarlo todo y de afirmar, al mismo tiempo, que Chile estuvo, está y estará muy jodido porque la gente está condenada a ser mediocre e infame bajo una opresión que, en el fondo, no tiene nombre. Ese deseo de escribir es la expresión del deseo de escapar para poder no ser nada (como Galgo, una huella que se va borrando) y escribir libremente, permitirse la imaginación y la ligereza que de otro modo quedarían sofocadas por un país implacable. Esta escritura a pesar suyo, que de algún modo necesita una disculpa para existir pero que no deja de explicitar a golpes de humor negro lo irreal de lo real es también una manera de pedir que la pesadez acumulada por generaciones (de políticos, de maestros, de padres, de patrones pero, en particular, de escritores) deje de ser una lápida para los que llegan.

Foto: Gabriela Ventureira

Una respuesta to “Diario intermitente (100)”

  1. Yupi Says:

    Más bien ser escritor es hacer nada. Chile, tierra generosa en locos impares, desde Carlos de Rokha hasta Diego Maquieira, sin ninguna reciprocidad. ¿No es preferible así? La epidemia del hermano latinoamericano mejor perderla que encontrarla. Salud por el centenario intermitente.

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