Heidi y los cuarenta ladrones

por Pablo Anadón

Las simpatías personales, sabemos, no son un buen criterio rector del pensamiento político (he escuchado a gente inteligente decir, todavía no sé si con ironía, que les encantaba el modo desenfadado de personajes francamente impresentables de la política nacional, y he leído a sesudos, ásperos y flemáticos intelectuales declarar públicamente su amor incondicional a Cristina Fernández de Kirchner). Trataré de razonar comparativamente aquí mi incipiente simpatía por María Eugenia Vidal, a quien escuché recientemente en una larga entrevista. Uno siempre puede equivocarse, por cierto, pero si la intuición todavía funciona, diría que es uno de los pocos políticos actuales que me resulta confiable (y aclaro, por las dudas, de que nunca fui ni soy “macrista”, salvo cuando hubo que votar para darle vacaciones ―que ojalá sea jubilación definitiva― a un partido que ya había hecho suficiente, en demasiados años, por el descalabro de la república). No hablemos de su antecesor en el cargo, Daniel Scioli, parangón que sería demasiado desparejo en beneficio de ella; si comparamos, en cambio, sus declaraciones con las de la presidenta que pacientemente escuchamos en innumerables discursos por cadena nacional, la comparación puede ser instructiva sobre dos tipos femeninos de figura política.

En efecto, mientras aquélla (CFK) no dejaba de levantar la voz (se ve que hay gente, sin embargo, a quien le gusta que le griten) y de retarnos en tono aleccionador a los opositores, ésta (MEV) evidencia una serenidad y una tolerancia admirables, incluso hacia quienes desde un principio no han cejado en la labor de instalación de palos en las ruedas del nuevo gobierno.

Mientras CFK manifestaba una espontánea, una desbordante prepotencia, MEV habla con una mesura que no excluye la firmeza.

Mientras CFK parecía estar siempre arengando a sus militantes y aplaudidores, como si estuviera en un acto partidario y no fuera presidenta de ―pagada y sostenida en su cargo por― todos los argentinos, MEV se dirige a tirios y troyanos en el tono de quien no busca hacer prevalecer su opinión, sino de quien dialoga con unos y otros, buscando más bien conciliar que imponer su voluntad con el peso de su puesto gubernamental.

Mientras CFK ostentaba la soberbia personal característica de la “abogada exitosa” que se sabe poderosa y multimillonaria, MEV se expresa con la modestia característica de quien sabe que puede ser falible.

Mientras CFK se diría que no se escuchaba más que a sí misma y no admitía jamás un error ni jamás formulaba una autocrítica, MEV escucha atentamente las críticas que se le plantean y no vacila en señalar errores propios o del gobierno del que forma parte.

Mientras CFK prometía el oro y el moro y no le temblaba el mentón al definir la situación económica del país como superior a las de Alemania, Canadá o Australia, MEV aclara que la tarea de sanear y mejorar las condiciones de la provincia será lenta y exigirá mucho tiempo y trabajo para que se vean sus resultados, sin alimentar ilusiones milagrosas.

Mientras CFK aducía datos extraídos de estadísticas de un organismo que evidentemente ―desfachatadamente― falseaba sus cómputos como el Indec K, MEV no tiene reparos en admitir estadísticas que no le son favorables, presentando ella misma las áreas que será necesario mejorar.

Mientras CFK se arrogaba el derecho de hablar como si su boca fuera la Boca de la Verdad del Pueblo, escupiendo de ella ―incluso, en actos públicos, con nombre y apellido― a quienes pudieran no comulgar devotamente con sus ruedas de molino, MEV habla sólo en nombre suyo y, cuanto más, del equipo de gobierno que encabeza, y es prudente y cuidadosa a la hora de emitir juicios sobre adversarios políticos.

Y, en fin, mientras CFK no era capaz de ofrecer una sola conferencia de prensa, en la que se le pudieran hacer preguntas incómodas, MEV no elude la confrontación con la prensa sobre temas difíciles de su administración.

En particular, me gustó la respuesta al periodista en una problemática que me interesa y me preocupa, porque me parece decisiva para un país que quiera ser civilizado ―uso a propósito este polémico término― y porque la conozco de primera mano (mi novia trabaja en escuelas públicas y privadas de la provincia bonaerense), como es el estado catastrófico de la educación en Buenos Aires (y no sólo en ella, claro), lo mismo que de la salud y de la institución policial.

Con respecto de la educación, observó que la concepción de la escuela como un espacio de “contención” sin aprendizaje, era una estafa al futuro de los estudiantes, y que les pedía a los docentes que calificaran con justicia, sin atender las reprimendas de directivos, inspectores o supervisores regionales (he podido constatar, por la experiencia directa de mi novia, que éstos durante años han exigido que los alumnos no fueran desaprobados en el cierre de calificaciones de cada trimestre y del año lectivo, aunque nunca hubieran concurrido a clases o tuvieran pésimas notas durante los períodos evaluados, cosa que deriva, lógicamente, en la absoluta desidia de los escolares, en la pérdida de autoridad ―se trata de corrupción, al fin― de los docentes y, si son honestos, en su malestar y su desánimo como profesionales).

Con respecto tanto de la educación como de la salud y la policía, señaló que la causa de fondo de la decadencia de esas áreas, además de la corrupción (especialmente en el caso de la institución policial), era que han estado y seguían estando mal pagadas. Una sencilla declaración como ésta hubiera sido impensable en labios de un funcionario del gobierno anterior, dado que evidentemente recibían órdenes de manifestar, y tal vez de creer, que vivíamos en el mejor de los países posibles.

Por último: Jorge Lanata, si no recuerdo mal, observó críticamente que la elección de María Eugenia Vidal para candidata al cargo de gobernador de Buenos Aires era como enviar a Heidi a la cueva de los cuarenta ladrones. Así, en efecto, parecía. Cristina Fernández de Kirchner, luego de haber elegido a Daniel Scioli para gobernador, elección que ya sabemos cómo resultó, eligió a Aníbal Fernández, quien bien podría verse como el cabecilla en esa legendaria cueva; el presidente actual la eligió a ella: la diferencia es significativa, muy significativa, simbólica incluso. Bienvenida, pues, esta Heidi de calma, firme, sensata y democrática entereza a la política argentina. Ojalá su conducta futura como funcionaria no nos haga arrepentirnos de esta incipiente simpatía y confianza depositada en ella.

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4 comentarios to “Heidi y los cuarenta ladrones”

  1. boudu Says:

    Vidal para mí es de lo mejorcito del PRO.

  2. janfiloso Says:

    Suscribo con boudu.

  3. Eduardo Reviriego (Daio) Says:

    Muy acertadas las consideraciones de la gobernadora sobre la estafa en la educación y no solo sobre el futuro del alumno, sino de toda la sociedad, puesto que estos malos alumnos (a su pesar) serán luego, malos profesores, malos ingenieros, malos… Desde hace años se lo está percibiendo en el ingreso universitario, y en el desempeño profesional de los que consiguen recibirse. Hace décadas que la educación se ha transformado en un empleo púbico, para maestros y profesores, y en una especie de prisión no domiciliaria para los alumnos. Uno podría decir que este problema no es como los demás de corrupción que enfrenta la gobernadora, pero si se lo piensa bien ¿no es esto también una especie de corrupción? ¿No se ha corrompido el significado de la educación?

  4. daniel Says:

    Me parece que tu simpatía por Vidal surge de su triunfo electoral que permitió derrotar al kirchnerismo.

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