Verne y yo

Publicada en Perfil el 28/8/16

por Quintín

En noche de insomnio, me puse a mirar la biblioteca, que no es tan grande como la de Alberto Manguel, pero tiene libros que no recuerdo haber comprado. Así descubrí que tenía Dueño del mundo, de Julio Verne, un autor al que dejé de leer hace cincuenta años, cuando todavía se estilaba traducir el nombre de pila de los escritores populares. Al parecer, Verne lo sigue siendo y, según la Unesco (fuente poco confiable si las hay), es el segundo más traducido después de Agatha Christie y antes de Stephen King (y de Lenin, que está séptimo). Pero entonces era una lectura obligada para los niños que leían, aunque no sé si por buenas o malas razones. Por mi parte, cumplí con mi cuota de los Vernes más famosos (los de las leguas submarinas, las semanas en globo y la vuelta al mundo con Cantinflas y David Niven), aunque los que me dejaron mejor recuerdo fueron algunos menos prominentes y acaso apócrifos, como el futuro tema de Manal Los quinientos millones de la begún (reescritura de una novela que, según descubro en la Wikipedia, el editor le compró a un tercero) o El piloto del Danubio (un libro póstumo en el que metieron mano los editores y la familia).

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No tuve mucho contacto con Verne desde entonces. A lo largo de los años, descubrí que Proust, Roussel y Aira lo admiraron, pero tampoco sé si por buenas o malas razones. Así que emprendí la lectura de Dueño del mundo con ojo ingenuo. En el segundo párrafo, descubrí un error que me dejó perplejo: “Este sistema orográfico [los montes Apalaches], el más importante de esta parte de América del Norte, se desarrolla en una longitud de 900 millas, aproximadamente, o sea 600 kilómetros”. Me pregunté, alarmado, si Verne no sabría que las millas miden más y no menos que los kilómetros. Así que fui a la internet en busca del original y me tranquilizó leer que no era así: “neuf cents milles, soit seize cents kilomètres”. Alguien tradujo seize como seis y no como dieciséis. Digo alguien, porque el nombre de Ana Drucker, que figura como traductora de Verne, pero también de Wilkie Collins y de Karl Marx en otros libros de la editorial Claridad, suena a seudónimo inventando para ocultar incompetencias plurales.

Creo que debo haber comprado el libro (editado en 2008) por su aspecto agradable y por sus ilustraciones un poco siniestras y con aire antiguo. La internet, nuevamente, me permitió descubrir en un extraordinario sitio llamado The Illustrated Jules Verne, que son las originales de George Roux (1904), aunque los amigos de Claridad lo dejan en la oscuridad. Descubro también que uno se podría quedar a vivir con Verne en la web, descargar todos sus libros, disfrutar de los dibujos y de la imaginación del escritor como un adulto-niño, liberado de la obligación de instruirse mediante su lectura. Dueño del mundo, novela un poco deshilvanada y perezosa (Verne estaba enfermo y moriría un año después), tiene lo suyo, con su detective tarambana y su genio megalómano, creador de una máquina prodigiosa que reúne las capacidades del auto de carrera, el avión y el submarino, con la cual amenaza a las potencias internacionales. El misterioso inventor resulta Robur el conquistador, el de la novela de 1886, que me aburrió mucho en 1966, por lo que dejé de leer a Verne. La coincidencia invita a retomar el hábito.

Foto: Flavia de la Fuente

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6 comentarios to “Verne y yo”

  1. Mariano Molinari Says:

    Mi casa se llama “El Rayo Verde”. Su nombre proviene de un tonto folletín de Julio Verne sobre el amor verdadero. Eric Rohmer usa más tarde el mismo título y una idea similar. Ambas historias refieren al mar, aunque en el Atlántico Sur el fenómeno óptico no ocurre.
    Verne fué el autor preferido de mi niñez. Luego, leí “El eterno Adán” que es lo mejor que escribió en mi opinión.
    Bueno, me voy a la playa.

  2. Yupi Says:

    Verne es, o por lo menos era, la niñez, y contra eso no hay nada. Cae entero dentro del campo del mito de la lectura. Fue un inventor de cosas posibles, lo que dio lugar al llamado Síndrome de Verne, esa literatura de anticipación que sería nefasta para muchos que vinieron después, Fogwill sin ir más lejos. Por otro lado, tengo la teoría que en La Liebre de Aira hay dos escenas sacadas de Viaje al centro de la tierra.

  3. FedericoR Says:

    Yo recuerdo la intensidad de los libros del viaje al polo, con el Capitan Hatteras, que termina en un manicomio, caminando siempre hacia el norte hasta toparse contra el muro. Pero bien puede ser un sueño de juventud, hace siglos que no leo a Verne.

  4. Xtian Rodriguez Says:

    A mí me había gustado un socotroco que se llama Los naúfragos del Jonathan, sobre un anarquista que se va al fin del mundo (ahí abajo de Usuahia) y le naufrago un barco y el anarquista tiene que hacerse cargo del bardo y de la gente berreta que le toca. No sé, me había gustado mucho, no sé si vuelvo. Se entiende por qué le gusta a Aira… de pronto Verne manda fruta loca y te la explica como si fuera lo más serio del mundo, y todo eso de que lo escribió él, el hijo, los editores, y la verdulera de la esquina, eso también le suma.

  5. Gustavo Oviedo Says:

    Me sumo a la recomendación de Xtian: Los Naufragos del Jonathan tiene una premisa interesante, la de un misántropo que se va al fin del mundo para estar solo y el destino lo obliga a crear, governar y reprimir una nueva sociedad. Además, tiene el plus de hacer unos comentários al menos curiosos sobre la forma que Argentina administraba la Patagonia: “comparada con Liberia y con Punta Arenas esta colonia (Ushuaia) ha quedado atrasada a causa de las trabas que el Gobierno pone al comercio, de los altos precios de los derechos de aduana, de las excesivas formalidades a que se subordina la explotación de las riquezas naturales y de la impunidad que gozan obligadamente los contrabandistas”.

  6. janfiloso Says:

    “Por mi parte, cumplí con mi cuota de los Vernes más famosos (los de las leguas submarinas, las semanas en globo y la vuelta al mundo con Cantinflas y David Niven …” y hasta ahí llegué. No sabía que había más Vernes.

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