Bitácora de la hija de Neptuno (48)

por Flavia de la Fuente

26 de agosto

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua: 11 grados, Temperatura del aire, 17 grados. Viento: N 17 km. Olas: 0,5 m. Sol. Marea subiendo. Tiempo de natación: 10 minutos.

Después de dos días sin nadar, volví con mucho ímpetu al mar.

Anteayer no nadé porque se me hizo tarde, anduve haciendo trámites por otros pueblos de la Costa. Y, cuando volvimos, sacamos a Solita a pasear, que es la prioridad.

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Era un día hermoso de sol, pero el calor y la arena seca nos hizo cansar mucho. Recuerdo que casi llego gateando al muelle.

Debo decir que fue un error no ir a nadar igual.

El agua también saca el cansancio.

Y previene las lesiones.

Esa misma tarde, en la que estaba tan agotada, como no tenía fuerzas para salir a sacar fotos a la calle, me puse con el trípode frente al fuego para intentar fotografiar las llamas y ahí mismo me quedé dura.

Pensé que era un desgarro como la otra vez, o un tirón más leve, pero la cuestión es que me llamé a sosiego e hice reposo hasta hoy, que amanecí sin ningún dolor.

Al parecer fue una contractura. Y todo por no haber ido a nadar. El agua siempre me salva de las lesiones o me ayuda a recuperarme rápido.

Así que hoy estoy como nueva, pero, por las dudas, había decidido no esforzarme mucho, porque erróneamente yo pensaba que la lesión se me había producido por el frío después de nadar.

Fuimos los tres a la playa. Quintín con su look veraniego y Solita con su tapado de piel, como siempre.

Me acerco al mar y veo flotando muchos claveles de distintos colores.

Era una imagen linda.

Para ojos vírgenes.

No para los míos.

Recuerdo una vez, hace muchos años, cuando mi hermano Liso era chiquito, había una velorio en el edificio y muchas coronas en el hall de entrada.

Liso al ver el extraño decorado exclamó: “Qué hermoso”.

Mi mamá y yo nos quedamos heladas por la inocencia de la mirada del niño.

No recuerdo qué le dijimos.

Me hubiera dado tristeza contarle de qué se trataban esas horrendas flores.

Yo hoy trataba de recuperar la mirada de un niño.

Y pensar que iba a nadar en un mar de Esther Williams, rodeada de flores y sirenas.

Pero no lo lograba.

Tengo muchos años encima.

Y sé por qué tiran esas flores al agua.

O son los ritos umbanda en febrero, cosa que no era el caso, porque estamos en agosto.

O gente que homenajea a sus muertos en el mar.

O, peor aun, gente que tira las cenizas de algún ser querido al agua .

Eso también sé que pasa frecuentemente, aunque nunca lo vi.

Una vez, nadé pese a que Gloria, la amable empleada del muelle, me advirtió que iba a nadar entre cenizas, porque recién habían vaciado una urna.

Como yo cumplo con ley (bañarse pase lo que pase, mientras no haya un tiburón con la boca abierta mirándome fijo o una tormenta eléctrica tronando en mi cabeza), me metí igual, aunque con cierta aprensión y angustia.

Hoy los claveles me resultaban inquietantes pese a su frescura y colorido.

Pero ni bien me puse a bracear los olvidé y me puse a cantar Sur.

Bajón, me puse a pensar en mi viejo y los tangos.

No, mejor cambio el dial, pensé, y me puse a cantar mi marcha acuática: “Oh, what a beautiful morning!”

La idea era nadar sin esfuerzo y poco tiempo, para no lesionarme.

El plan era apenas cinco minutos.

Pero el agua estaba divina.

No quería salir.

Nadé apaciblemente, con mi elegancia característica, sin ningún apuro, con parsimonia, solo deleitándome con el movimiento de los brazos y la frescura del agua en la cara.

Está buena la primavera.

Cuando miré el reloj y vi que ya habían pasado 10 minutos, me obligué a salir.

No hacía nada de frío.

Quintín estaba feliz, hasta tenía ganas de bañarse.

Y declaró que en septiembre se va a dar un chapuzón de vez en cuando.

Me puso contenta, se acercan los tiempos de natación con mi entrenador, que son mucho más aventureros.

Volvimos los tres contentos a casa.

Yo me di una ducha y me colgué pensando en la lesión. Ahí me di cuenta de que no me la había producido el baño de mar, sino la maldita caminata en la arena seca el día de los trámites.

Tan concentrada estaba en pensar esas cosas que, de pronto, veo que había puesto un poco de champú en la palma de mi mano, en lugar del acondicionador (ya me había lavado la cabeza).

Dudé por un momento, y pensé en volver a ponerlo en el frasco.

Y después recordé que en la peluquería siempre me hacen dos lavados y luego recién me ponen la crema de enjuague.

Así que me lavé dos veces el pelo y no saben lo linda que estoy.

Me quedó todo brillante, lisito, como me lo deja Matías en Llongueras.

Y esto fue todo.

Una vez dilucidada la cuestión de la lesión, me sentí mucho más tranquila.

Me tenía inquieta que la lesión la hubiese producido el mar.

Era raro.

Nadé todo el invierno y no me había pasado nada.

Por suerte, las aguas benditas no me habían hecho daño alguno.

Té verde, 5 almendras y cáscaras de naranja glaceadas fueron el menú de hoy,

Y ahora Solita toma sol a mis pies, debajo del escritorio.

Es una imagen maravillosa.

Y Ella y Janis hacen lo mismo en el jardín.

Están contentas las perras con la primavera.

Y en casa suena todo el día Keith Jarrett y la vida parece muy armoniosa en esta cajita de música.

No saben lo bien que me siento desde que Quintín tiene esta nueva compulsión.

Los sonidos de Jarrett desde la mañana hasta que me quedo dormida me hacen muy bien, me dan serenidad.

Hoy le voy a pedir a Quintín que lo deje sonando mientras dormimos.

Quizás tengamos mejores sueños también.

Agua, perros al sol y música, el paraíso.

Una respuesta to “Bitácora de la hija de Neptuno (48)”

  1. Yupi Says:

    Este verano boreal me di cuenta de que lo me gusta en realidad es bucear. Paso la mayoría del tiempo bajo el agua, sin equipo ni nada, como los buscadores de perlas. ¿Por qué? Después de muchas cavilaciones concluí en que el motivo es la evasión, la Atlántida, el submarino del capitán Nemo. En definitiva, otra cajita de música.

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