Patoterismo y amistad

Publicada en Perfil el 14/8/16

por Quintín

Un poco tarde me enteré de la polémica entre Marcelo Zabaloy, traductor del Finnegans Wake, y Matías Serra Bradford, enojado porque Zabaloy introdujo referencias a Macri, a Magnetto y a otras figuras locales en su versión de Joyce. Más que de una traducción, esos pasajes parecen formar parte de una intervención, como si Zabaloy practicase un acto guerrillero destinado a reivindicar lo nacional y popular en el contexto de las letras universales.

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En contraste con esa intención tan provinciana acaba de aparecer Las tiendas de color canela de Bruno Schulz traducido por Enrique Mittelstaedt para la editorial Dobra Robota, que en polaco quiere decir algo así como “trabajo duro”. Shulz (1892-1942) tuvo una vida trágica y una obra escasa. Dibujante y escritor, vivió aislado en la pequeña ciudad de Drohobycz (hoy Ucrania), pero se hizo notar por su talento y su originalidad para convertir ese pequeño mundo en un cosmos perverso y alucinado, antes de morir asesinado por un oficial nazi. El mesías, su obra literaria más ambiciosa, se perdió. Quedaron de él sus impresionantes dibujos, dos libros de relatos y el recuerdo de su extraña amistad con otros dos escritores clave de la vanguardia polaca, Gombrowicz y Witkiewicz, de quien Dobra Robota promete una inminente publicación.

No es la primera traducción al castellano de Shulz. Por ejemplo, Siruela publicó Obra completa, que incluye Las tiendas y Sanatorio bajo la clepsidra. Empieza así: “En julio, mi padre solía irse al balneario y me dejaba con mi madre y mi hermano mayor a la voluntad de los días veraniegos abrasadoramente blancos y psicodélicos”. Solo de ese pequeño fragmento (¡psicodélicos!) se deduce la necesidad de una traducción argentina. Veamos el profundo alivio que produce la prosa de Mittelstaedt: “En julio, mi padre solía ir a las termas y me dejaba con mi madre y mi hermano mayor a merced de los calurosos, blancos y aturdidores días de verano”. El cuidado y la búsqueda de armonía se anticipan en el prólogo, donde se habla de las posibles afinidades, incluso amistades, entre la lengua polaca y la española. El método permite apreciar el poder de la escritura de Shulz, el alcance de su fantasía y de su tranquila subversión del mundo de los sentidos hacia el horror, la ternura o la pornografía, la poderosa nivelación de lo natural con lo artificial, de lo humano con lo animal, de lo concreto con lo abstracto, de lo judío con lo austrohúngaro.

La propuesta de Dobra Robota, su acercamiento en términos cordiales a la literatura polaca funciona además como una continuidad simbólica de la legendaria traducción de Ferdydurke y como un acto de reparación por el destrato que la Argentina le dio en su momento a Gombrowicz, más allá de su marginal y pequeño grupo de discípulos fieles. Es que no solo los populistas criollos son provincianos, también lo son los cosmopolitas. Basta recordar que Borges, en su modo patotero, lo trataba de “conde pederasta y escritorzuelo”. Eso ocurría en 1956, cuando Gombrowicz no había sido reconocido en Francia. Después, hacia el final de su vida, lo calificaba de sobrevalorado e ilegible. Es probable Borges no haya leído a Gombrowicz y casi seguro que no leyó a Schulz. Pero a nosotros, la traducción de Mittelstaedt nos abre una gran oportunidad.

Foto: Flavia de la Fuente

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4 comentarios to “Patoterismo y amistad”

  1. Guiasterion Says:

    Estimado Q.:

    También me ubicó del lado de M.S.B. en esta polémica, que en realidad no debería ser tal. Lo del traductor es una mezcla de pose, extravío ideológico y afán de figurar. Además, comete delito en una de las leyes más sagradas de la literatura: la honestidad intelectual. Es un perjuro, bah.

    Shulz, otro nombre para apuntar. Realmente la literatura centroeuropea es una cornucopia inagotable. ¿Por qué nos atrae tanto? El enorme peso de la Historia me parece.

    Mis respetos

    G.B.

  2. Hugo Abbati. Says:

    B. Schulz, como tantos otros, fue traducido en la Argentina hace una pila de años (comienzos de los setenta). Yo lo leí siendo muy
    joven, en una edición que, quizá, fuera del Centro Editor de América Latina, pero sólo quizá. Las tiendas de color canela y La calle de los cocodrilos fueron esos libros. Lo digo para dejar constancia de esa Argentina con legítimos deseos ilustrados que se fue disolviendo hasta llegar a Horacio González.

  3. Yupi Says:

    El sistema literario de Gombrowicz lo llevaba a colocarse en una posición marginal de doble superioridad. Exaltaba la inmadurez, pero recordaba que por su edad y condición de polaco él era inmaduro y maduro; declaraba muerta a la cultura de la vieja Europa, pero reivindicaba frente a los salvajes sudamericanos su natural conocimiento de la misma. Esto llegó a la cima con la famosa anécdota de que su abuela venía de la nobleza y por lo tanto tenía “derecho al taburete” en presencia del rey de España. Imaginen esa información comunicada en un bar de Tandil ante un grupo de adolescentes. La misma estrategia marcó su relación con Schulz y el grupo Sur. Lo resumió en uno de esos artículos vitriólicos que publicaba con seudónimo: “A nosotros Europa nos encanta. Palabra. ¡Nos gusta París!”.

  4. lalectoraprovisoria Says:

    Gombrowicz era un maricón endiablado, pero el Grupo Sur no supo qué hacer con él. La literatura centroeuropea, por otra parte, no estaba precisamente en el centro de la cultura del grupo.

    Q

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