Diario intermitente (91)

por Quintín

31 de julio

De vuelta en San Clemente desde hace una semana, doy vueltas y vueltas pero no logro reanudar el Diario. Primero la Eurocopa y después los Minutos Die Soldaten me tuvieron alejado de las pistas y, como cada vez que interrumpo por un tiempo prolongado (casi dos meses en este caso), me cuesta encontrar un tono que me prometa fluidez en la escritura. A veces, siento que sé para dónde ir y arranco con brío. Otras, como esta, sigo perdido y me fuerzo a empezar por alguna parte.

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Pensaba hablar de los libros enormes que tengo a medio leer (desde Las mil y una noches hasta El archipiélago Gulag pasando por En busca del tiempo perdido), pero en el transcurso del día cambié de idea gracias a Twitter. En estos días recibí El ruido del tiempo, excelente título de una floja novela de Julian Barnes sobre la vida de Shostakóvich. Baste decir que la pereza de Barnes es tal que repite metáforas. Por ejemplo, en la página 147 se afirma que Nikita Jruschov “sabía de música como un cerdo sabe de naranjas”. No es una expresión muy fina ni muy imaginativa, pero cuando la leí me sonó familiar. Efectivamente, en la página 38 el que sabe de música tanto como un cerdo sabe de naranjas era el crítico que demolió por orden de Stalin Lady Macbeth de Mtsensk, la ópera de Shostakóvich.

No contento con las naranjas, Barnes hace lo mismo con los moluscos. Página 132, en un párrafo que empieza con su vuelta de Nueva York: “[Shostakóvich] nadaba en honores como una gamba en salsa rosa”. Página 150, en un párrafo que comienza con su vuelta de Helsinki: “[Shostakóvich] nadaba en honores como una gamba en salsa rosa”.

Cuando descubrí la tercera repetida, que Stalin reconocía a los burócratas “como un pescador reconoce a otro”, llegué a pensar que la pereza era del traductor, que andaba corto de comparaciones. Pero no, bajé la versión original y allí es todavía peor. Barnes dice dos veces:

He swam in honours like a shrimp in shrimp-cocktail sauce.

Pero el mayor problema de El ruido del tiempo no es que la variedad de metáforas remita a los almacenes de la era soviética. El título de la novela aparece en un pasaje que dice así:

¿Qué podría oponerse al ruido del tiempo? Sólo esa música que llevamos dentro —la música de nuestro ser que algunos transforman en auténtica música. Que, a lo largo de décadas, si es lo suficientemente fuerte y auténtica y pura para acallar el ruido del tiempo, se transforma en el susurro de la historia.

Es un momento de gran cursilería, pero tampoco ese es el problema. Ni siquiera lo es que el retrato de Shostakóvich termina siendo el de un cobarde que cedió ante el régimen primero por miedo a perder la vida, luego para poder seguir componiendo y, finalmente, cuando ya no corría esos riesgos y era un alcohólico, para conservar sus privilegios (los de la salsa rosa). Más que de la falta de integridad de Shostakóvich, en su pobre simplificación de una vida y una época, Barnes parece hablar de su propia lasitud con la obra y su lugar en el mundo literario.

Pero ese tampoco es el problema. El problema es que El ruido del tiempo es una biografía novelada de un músico importante en la que no se habla de música, o se dice muy poco. Barnes se limita a glosar el cliché por el cual el compositor peleaba con Stalin desde el interior de su obra. Ese cliché que se encuentra en todas partes, como por ejemplo, en esta reseña de la All music guide:

El cuarteto de cuerdas nº8 en do menor, opus 110, es una de las obras más interpretadas de Shostakóvich. Está dedicada a “Las víctimas del fascismo y la guerra”, apenas se empieza a escuchar queda claro que Shostakóvich se consideraba una de las víctimas y su referente era una versión más local del totalitarismo.

Ignoro si esto es tan exagerado como suena, pero si algo no es el libro de Barnes es una invitación a escuchar a Shostakóvich, de entender sus composiciones, de discutirlas a partir del oído o la historia de la música, sino más bien un intento de recluirlo en una interpretación psicológica salpicada de efemérides históricas. Es como uno de esos viejos biopics de Hollywood, pero de la época del cine mudo.

Hay otra novela sobre Shostakóvich, o al menos con Shostakóvich en el centro: Europa Central del americano William T. Vollmann. Es mucho más larga, mucho más compleja y está mucho más interesada en registrar el ruido del tiempo y el clamor (más que el susurro) de la historia. La tenía abandonada y la empecé a leer otra vez. Al mismo tiempo, pregunté en Twitter por dónde convenía desasnarse con Shostakóvich. Mi cuñada Sandra de la Fuente y Federico Momjeau (entre otros) me sugirieron los cuartetos de cuerda. En eso estoy; parece una música notable, pero no encuentro a Stalin.

Foto: Gabriela Ventureira

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3 comentarios to “Diario intermitente (91)”

  1. Luis Says:

    Shostakovich dijo que puso en música a Stalin en el segundo movimiento de la sinfonía 10. Recomiendo la versión de Kondrashin. La sinfonía 4 es muy oscura. Decidió no estrenarla luego del episodio de Lady Macbeth. El scherzo de la 5 es, según muchos, una ironía, detrás de la falsa alegría hay algo trágico en ella.

  2. Marcia C. Reiriz Says:

    Coincido con vos, Quintin. El libro de Barnes me pareció, superficial, de apuro y con una escritura muy poco cuidada. Saludos

  3. Yupi Says:

    Qué frasecitas. Al lado de esto, el mismo Carver me parece un genio. El problema es la metáfora. El lenguaje sale solo en forma de frases, lo que ya es bastante repugnante, pero si le agregamos una metáfora entra en una mecánica de reemplazos y equivalencias que se degradan entre sí. Kafka pensaba que es la piedra de toque para descubrir la falsa literatura. Lo asombroso es que Barnes al final de su carrera de escritor parezca ignorar todo esto y escriba como si estuviera en los palotes, como si a los 70 años tratara de emular al jefe de redacción de la primera Rolling Stone.

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