Bitácora de la hija de Neptuno (33)

por Flavia de la Fuente

22 de junio

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua, 11 grados. Temperatura del aire, 12 grados. Viento N 14 km. Olas: 0,4 m. Sol. Marea bajando. Tiempo de natación: 15 minutos.

Otra noche de insomnio. A las 3 de la mañana, me puse a releer Bartleby. Lo había leído de joven. Además de un cuento perfecto, me pareció de lo más triste que leí en los últimos tiempos.

La melancolía de Bartleby me quedó en el cuerpo. No quiero ni escuchar la palabra “preferir”.

Más tarde, a la mañana, releí también algunos párrafos de Escribir, una compilación de textos de Thoreau.

Ser hombre es hacer el trabajo de un hombre. Nuestro recurso es siempre el esfuerzo. Podríamos decir perfectamente que nuestros esfuerzos son un éxito.

Así que hoy no dudé en ir al mar ni en hacer todo lo que debía.

Fuimos a la playa con Quintín y Solita.

Era un día delicioso.

Hacía calor al sol y no había viento.

Filmando

Llevé la Gopro y me metí a nadar hacia adentro, hasta pasar la segunda rompiente.

Es increíble cómo el sol y la temperatura del aire me dan confianza para nadar.

Y también es fundamental la mirada atenta de mi entrenador en la orilla.

Me estrellé con varias olitas, que eso era lo que quería filmar, y nadé.

Confieso que me cuesta filmar.

Pero lo hago igual. No voy a decir la maldita palabra.

Aunque debería parar, de tanto en tanto, para filmar el cielo y el agua. O el muelle y el sol. O los destellos de luz en el agua.

Pero elijo nadar.

Soy más una deportista que una cineasta.

Yo solo quiero bracear y bracear.

Si los brazos filman algo, mejor.

Y si no, también.

La natación me queda para mí.

Me da alegría.

Eso nadie me lo puede sacar.

Los planos que filmé quién sabe si me traerán algún bienestar.

Muchas veces me producen tristeza, aunque sean bellos.

Y las películas terminadas también.

Sobre todo me dan pena las que más me gustaron.

Es dura la indiferencia del mundo.

Pesar y melancolía garantizada.

Mejor nadar y nadar.

Y filmar un poco también. Pero no mucho.

Hoy voy a descansar de editar mis bitácoras acuáticas.

Le voy a dedicar lo que queda del día a Tristram Shandy.

Sí, voy a leer al sufrido Laurence Sterne quien en su prólogo me prometió una sonrisa.

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