Bitácora de la hija de Neptuno (32)

por Flavia de la Fuente

21 de junio

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua, 11 grados. Temperatura del aire, 9 grados. Viento N 14 km. Olas: 0,4 m. Sol. Marea subiendo. Tiempo de natación: 20 minutos.

Aunque hoy empieza el invierno, el solsticio de junio fue ayer, a las 19.35 hs.

Anoche había una luna hermosa, redonda y blanca, que vi desde la ventana.

F,QySoli

Y hoy me entero de que es la primera vez en 68 años que coinciden el solsticio y la luna llena.

Un dato inútil, pero curioso.

Hace varios días que duermo mal.

A la noche, me desmayo temprano, tipo once o antes y duermo como un tronco hasta las 4.30 de la mañana.

No es que no duerma nada, pero no me resulta suficiente.

Me siento muy cansada.

Por eso ayer no fui a nadar, porque no tenía fuerzas.

Error. Grave error.

Nunca tengo que dejar de nadar.

Pasé un día horripilante.

Y eso que hice todo lo que debía y quería.

Caminé con Solita y Quintín, tomé sol, hicimos las compras, preparé todas las comidas, atendí todo lo necesario a Ella y a Janis, leí Pondlife y trabajé editando mi nueva película hasta que se hizo de noche.

Pero en ningún momento me sentí bien.

Para colmo, tuve otra pésima idea.

Ayer me puse a leer el libro de Al Alvarez y lo terminé.

Error, error.

Era demasiado triste, al menos para mí, en un día seco.

Es el diario de la decadencia física de mi amigo Al, desde el ACV que lo debilita, hasta la abulia absoluta porque ya tiene débil la memoria, la voluntad, los dedos no le responden y las piernas son un desastre.

Lo único que parece interesarle es darse el baño en el agua fría. Pero le cuesta mucho llegar hasta el lugar. Al final, ya no puede ni manejar y caminar es casi como escalar el Everest en el tramo final, así lo describe.

Triste. Muy triste. No quiere escribir, ni leer, nada de nada. Ni siquiera puede terminar de escribir Pondlife. Tampoco le interesa mucho el póquer.

Pero siempre le queda el gusto por la vida al aire libre. Goza del sol después de nadar y también de la buena compañía en la laguna.

Después del ACV, todos lo cuidan. Los guardavidas nadan con él, por las dudas, cuando sale lo llevan a su cabaña y le dan té caliente. Y después, sin humillarlo, alguien le pone el hombro para acompañarlo hasta el auto.

Además en dos semanas, se le mueren un montón de amigos.

Digamos que ayer la lectura de Pondlife me pesó. Los últimos años del libro son duros.

Quintín me vio tan mal que me dijo que por qué no le escribía a Al Alvarez para preguntarle si seguía nadando.

Pero no me animo.

Las últimas noticias que leí de él son de 2013.

Mejor me quedo con el recuerdo del hombre de voluntad de hierro, que aunque sea gateando va a zambullirse a la laguna helada.

Es triste la realidad. La vejez es tremenda. Y ya estamos por ahí.

Cuando termina el libro Al tiene 80 años.

Me hubiera gustado leer, por ejemplo, el libro de alguien que se salva por la laguna, de un hombre perdido en la vida, al borde del suicidio por melancolía, que reencuentra su alma gracias al agua fría.

Quizás alguien lo haya escrito.

Por el contrario, el maravilloso libro de Al es sobre un hombre que envejece, que siente la muerte cercana y que la laguna con sus aguas heladas lo ayudan a pasar el mal trago.

Dice que la laguna es como el cementerio de los elefantes.

El sitio ideal para morir.

Ayer yo necesitaba un dulce cuento de hadas, no un baño de cruda realidad.

Me afectó mucho. Me hizo mal porque yo estaba en carne viva.

De hecho, hoy ni siquiera pensaba hablar del asunto por temor a deprimirme de nuevo.

Por nada del mundo quiero perder la alegría que tengo por haber ido al mar a festejar el solsticio de invierno.

Que nada ni nadie me quite mi modesto bienestar.

La maravillosa estabilidad.

A partir de hoy, los días empiezan a ser cada vez más largos.

El sol calentará, poco a poco, las aguas del océano.

Aunque el mar, siempre retrasado, va a tardar mucho en calentarse.

Pero el sol, en agosto, ya es poderoso.

¿Cuándo se podrá bañar Quintín conmigo?

Con suerte, en octubre o noviembre.

Y faltan 3 meses. Todo el invierno.

Sí. Me acabo de fijar en el Seatemperature y el mar en octubre ya está a 15 grados.

En septiembre está entre 11 y 14.

Para mí, la primavera empieza a fines de julio.

Ya hay otra luz.

Y florecen los aromos.

Los médanos se pueblan de flores amarillas.

Y Ella y Janis van a tener un poco más de sol en el jardín.

Me gusta que llegue la primavera por ellas también.

A Janis le encanta echarse al sol, siempre anda buscando el cuadradito efímero que le toca cada día.

Pero no nos anticipemos.

Todavía falta mucho para que se cumplan mis sueños de tibiezas.

Les voy a contar mi festejo del solsticio.

El goce del frío.

Le pedí a mi entrenador, que hoy está muy ocupado, que me acompañara.

Si él no viene, me siento desamparada.

Y quería hacer una alegre fiesta invernal.

Saludar a Neptuno y a las aguas heladas con mis mejores galas.

Y para eso lo necesito a mi entrenador.

Si viene Quintín, nado despreocupada como un chico al que lo mira su papá desde la orilla.

Es la felicidad.

Como no había dormido bien y estaba mareada, le dije que iba a filmar, porque quería registrar el solsticio, pero que no pensaba nadar más de 5 minutos.

Cuando salimos de casa, nuestro vecino Cristian estaba en la puerta y le pedimos que nos sacara una foto.

Llegamos los tres a la playa y ni bien puse los pies en el agua empecé a tener frío.

No importa, pensé. Filmo un rato, nado 5 minutos y salgo.

Filmé al entrenador con Solita, el agua, el muelle a contra luz, las olas rompiendo contra la cámara y, de pronto, me zambullí.

El entrenador me indicó que me metiera más adentro, pero le dije que no, que no me daba confianza el agua tan fría.

En la canaleta me siento bien.

Nadé suavemente, porque el otro día me resentí un poco el pecho por nadar rápido.

¡Qué hermoso!

Me dirigía hacia el Sur y me sentía de vuelta en el mundo.

Al fin era yo de nuevo.

Adiós mareos, adiós cansancio.

Qué fácil que es la vida en el mar.

Nadé un rato, unos diez minutos, y decidí dar la vuelta hacia el Norte y volver al muelle.

Sentía que más que nadar, danzaba.

Movía los brazos rítmicamente, sin apuro, sin hacer fuerza.

Respiraba cada seis u ocho brazadas y sentía el frío en el rostro.

Tarareaba Oh, What A Beautiful Morning!

Encantador.

De a ratos, paraba de bracear para filmar.

Aunque nadaba casi en la orilla, la profundidad del agua estaba bien.

Llegué de vuelta al muelle y no quería salir.

El sol brillaba en el agua, la espuma resplandecía.

No, mejor me quedo un rato más, pensé.

Así que di la vuelta hacia el Sur y continué braceando.

Miro el reloj y veo que habían pasado veinte minutos.

Me pareció prudente salir.

Pero me quedé con las ganas de quedarme más.

Filmé un poco más el agua y a mis acompañantes.

¿Qué habré filmado?

No lo sé.

La Gopro es una caja negra que llevo atada a mi muñeca.

Más o menos le voy tomando la mano, pero siempre es una sorpresa ver el material.

Para continuar el festejo del invierno, hoy voy a pasar todo el día editando lo que filmé esta mañana.

Creo que la voy a pasar muy bien.

Foto: Cristian Hendel

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4 comentarios to “Bitácora de la hija de Neptuno (32)”

  1. GabrielaV Says:

    Fotaza!

  2. lalectoraprovisoria Says:

    Los tres mosqueteros!

    Besos,

    F

  3. Yupi Says:

    Tomá, así no ves al paso del tiempo como el naufragio que en realidad es. 67 y 69 a la cabeza. ¡Para que no las confundan!
    http://www.fotogramas.es/Moda-cine/Confusiones-comunes-y-bastante-molestas

  4. janfiloso Says:

    Sí, gran foto.

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