Bitácora de la hija de Neptuno (31)

por Flavia de la Fuente

19 de junio

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua, 11 grados. Temperatura del aire, 10 grados. Viento S 16 km. Olas: 0,4 m. Sol. Marea bajando. Tiempo de natación: 15 minutos.

Recién hablaba con Quintín sobre la adicción que produce la natación en agua fría.

Todos los días me pasa lo mismo. Hasta que no me baño en el mar me siento el ser más infeliz de la tierra.

Nada me consuela.

Voy a saludar a Ella y a Janis. Las abrazo y las beso. Son divinas, graciosas, mimosas, pero yo sigo mal. Me dan amor, siento ternura, me hacen sonreír, mas no me alcanza.

Tomo sol en la puerta con Solita y, aunque me distraiga y el calor y la luz me den placer, siento que no estoy en mis cabales.

Después salimos de caminata y lo mismo. Un poco mejor, pero no lo suficiente.

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Me falta el agua.

Es como si meterme en el mar me transportara al mundo de Oz.

Y eso solo ocurre después del baño.

Salgo del mar y soy otra, un ser pleno y sano, la hija de Neptuno.

Quintín me dice que no me puedo comparar con Al Alvarez, que se mete en el agua a 1 grado, en malla y nada 3 minutos y medio desnudo en medio de bloques de hielo. Que eso es un deporte extremo.

Que lo mío no es así, que es como si fuera una surfer. Que soy una nadadora y punto. Que nadar con todo mi equipo no es un deporte extremo, es solo nadar.

Sea como sea, extremo o no, me siento fatal si no lo hago.

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La última vez que estuve en Buenos Aires hice varios papelones, por suerte, con gente muy cercana y querida.

El día que llegué fui a tomar un café con Gabi y, de pronto, hablando de la vida, me largué a llorar. Repetí el mismo acto patético al otro día con mi hermana. Estábamos en el Tolón, con Quintín y Sandra y no podía parar. Un desastre.

Yo creo que es por la falta de agua.

Porque todos tenemos razones para llorar.

Pero nos podemos contener.

Yo ya no puedo.

Todas las mañanas lloro un poco antes de meterme en el mar.

Es raro.

Aunque yo siempre fui rara.

Siempre necesité altas dosis de endorfinas para vivir.

Desde chiquita vivía haciendo ejercicio, saltando, jugando al elástico, haciendo la vertical. De más grande jugaba al hockey, pero lo que más me importaba era correr y, en general, era la que corría más rápido. También nadaba en el verano y eso me hacía feliz.

Y así seguí. Si no hacía dos o tres horas de gimnasia diaria, no podía confiar en mi equilibrio nervioso.

Desde los 18 hasta los 45, jugué al tenis con mi amiga Gabi.

Esas tardes eran maravillosas. Tengo recuerdos increíbles de cuando jugábamos dos horas singles y quedábamos exhaustas.

Después íbamos al bar hasta que se hacía de noche.

Y en invierno volvíamos muertas de frío a casa, con la calefacción del auto a todo vapor.

Ahora que lo recuerdo, en las últimas épocas, no podía soportar la espera hasta las 3 de la tarde para ir a jugar al tenis (Gabi es noctámbula). A la mañana iba al gimnasio, para sentirme mejor. Caminaba, hacía bicicleta, un poco de pesas y así me sosegaba hasta que llegaba la hora del partido.

Pero nunca encontré un remedio tan eficaz para mis pesares como esto de nadar en el mar.

Ni la gimnasia más intensa, ni el tenis, nada es comparable.

Además, con 15 minutos de natación en el agua fría uno queda como nuevo.

Ahora que mi entrenador me explicó que no estoy haciendo nada extremo, voy a tratar de nadar 20 minutos todos los días.

Si él viene, lo voy a hacer, me siento tranquila.

El único tema es la sensación de tener una barra de hierro en la frente.

Aunque ya me gusta. Le tomé cariño.

Me divierte sentir esa sensación extraña.

Ya no le tengo miedo.

A lo que sí le tengo miedo es al entumecimiento de los músculos, por eso no me meto muy adentro, nado cerca de la costa.

Y hoy creo que di 10 brazadas sin respirar.

Me gusta sentir que se me hiela la cara.

Solita también se bañó, porque se había formado un arroyo que corría paralelo al mar.

Y esas piletas le encantan a la perra, que tiene pánico de las olas.

Pero a mí me daba miedo de que se resfriara. Ella no tiene traje de neoprene.

Un hombre con una barba muy larga me alzó el pulgar cuando vio que me iba a meter en el mar.

Es grato ser la reina de las aguas.

Aunque soy una reina sin súbditos, porque soy la única habitante de mis dominios.

Así cualquiera.

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Anoche, después de editar un día de mis diarios fílmicos de la hija de Neptuno, contra lo que había dicho, me tiré en el sofá junto al fuego y seguí leyendo Pondlife.

Estoy casi por el final, y el libro se va poniendo cada vez más triste y agobiante. Ya es un ensayo sobre la vejez y la decadencia física.

Alvarez casi no puede caminar. No solo tiene mal el tobillo sino que se le traban las piernas y siente todo entumecido. Se cae, sufre demasiado. Le cuesta horrores caminar desde el parking hasta la laguna. Se siente humillado por la vejez. Nunca había pensado que fuera así. “El cuerpo no solo funciona peor, directamente deja de funcionar”, dice. No soporta la decrepitud. Lo único que lo salva de la desazón absoluta es zambullirse en el agua helada.

Así que aunque apenas se puede sostener en pie, va igual a nadar. Camina tambaléandose desde el auto, se tira al agua todopoderosa y resucita. Es lo único que le hace sentir que la vida vale la pena.

Dice que es mágico, que nunca falla.

Aunque, como dice mi entrenador, no puedo compararme con Al, a mí me pasa lo mismo.

Ahora me siento genial.

Estoy lista para editar otro día de mi Diario de FF 3 y seguro que lo hago con buena disposición.

El peligro es que todo me parece lindo.

Y quizás la película sea un bodrio.

Creo que el agua helada me anula el sentido crítico.

Pero como a mí en este estado todo me parece bien, voy para adelante.

Me ayuda a avanzar.

Veo el mar en la computadora y ya me pongo contenta.

Ayer me preguntaba si no estaba editando en un estado de trance, casi de insensatez.

Cuando termine la Eurocopa le voy a mostrar la película a mi entrenador y productor.

Veremos qué le parece.

Es una película un poco extrema y monótona, como estas bitácoras de la natación de agua helada.

Una respuesta to “Bitácora de la hija de Neptuno (31)”

  1. janfiloso Says:

    Te copio un Wikipedia sobre las hormonas del ejercicio:

    Quienes realizamos actividad física o ejercicio con regularidad sabemos que posterior a éste y por un largo tiempo después, experimentamos una sensación de felicidad que nos empuja a repetir la acción y volver al movimiento. Hoy te contamos las hormonas responsables de esa sensación de bienestar que sentimos tras el ejercicio.

    Además de permitirnos sentir alegría, bienestar y tranquilidad, alejándonos del estrés, la ansiedad e incluso, el dolor, el ejercicio nos ayuda a ser y sentirnos más saludables cada día, y las hormonas responsables de ello son:
    Serotonina: es una sustancia que influye notablemente en nuestro estado de ánimo y que se libera tras realizar actividad física o ejercicio, sobre todo, al aire libre. El incremento de serotonina tras el movimiento es responsable de una sensación de calma que nos aleja de estados depresivos, y además, nos permite conciliar mejor el sueño y regular la ingesta de alimentos evitando excesos.
    Dopamina: es una hormona vinculada a las adicciones, y aunque no es bueno ser adicto a nada, esta es la hormona que nos permite experimentar una sensación placentera tras hacer ejercicio, lo cual crea un vínculo entre dicho sentimiento de placer y la actividad que nos empuja a continuar con la actividad, nos engancha. Además, al tener mejores niveles de dopamina tras el ejercicio, reducimos otras fuentes de placer menos saludables, como la ingesta de dulces, el tabaco u otras drogas.
    Endorfinas: son las más populares de todas y son aquellas que tras el ejercicio, nos permiten sentir felicidad, alegría y hasta euforia, funcionando además como un analgésico natural, pues reduce el sentimiento de dolor así como la ansiedad y el estrés. Si bien su liberación es inmediata tras el ejercicio y luego sus efectos se reducen en el organismo, la felicidad que permiten sentir las endorfinas también son recordadas por nuestro cuerpo y nos empujan a regresar al movimiento.

    Evidentemente producen un gran efecto en vos.

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