Bitácora de la hija de Neptuno (30)

por Flavia de la Fuente

18 de junio

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua, 11 grados. Temperatura del aire, 11 grados. Viento O 6 km. Olas: 0,3 m. Sol. Marea bajando. Tiempo de natación: 14 minutos.

Hoy les dediqué mi baño helado a mis queridos vecinos, Cristian y Belén. Pensé mucho en ellos.

Era un día bellísimo. Sol radiante, algunas nubes de esas finitas, deshilachadas, que parecen pinceladas sutiles que solo están en el cielo para quitarle monotonía y agregarle belleza.


Nada de viento, yo sentía calor con mi equipo con el sol que me pegaba en la espalda.

La playa llena de gente paseando, jugando a la pelota, tomando mate, sacándose fotos, tuiteando, whatasppeando.

atardecer17dejunio

Ambiente de júbilo dominical, aunque sea sábado.

El mundo parecía en armonía.

Un lugar apacible y feliz.

Cuando pasé por el muelle había cuatro señoras apoyadas contra la baranda y tres de ellas estaban mirando el teléfono. Una sola miraba el mar. Les sonreí y me devolvieron el gesto con picardía.

No dejan de asombrarme esas escenas del siglo XXI, aunque yo también podría ser parte del grupo de las que estaban con el celular.

Quintín está muerto de frío.

No salió en toda la mañana de casa y está encerrado por la Eurocopa.

Pero mañana, él y Solita me van a poder acompañar de nuevo al mar.

Estoy muy contenta.

Si vienen, voy a nadar más de 15 minutos, quizás 20, en honor a ellos.

Si el día es lindo, si brilla el sol, el mar no parece tan frío.

Estaba delicioso.

El agua no me quemaba en la cara y braceé rápido, respirando cada 6 u 8 brazadas.

Se ve que el sol calienta la superficie del agua, o no sé qué pasa, pero con sol la natación helada es mucho más agradable.

Llegué a la playa y caminé hacia el Sur unos cien metros por el agua.

Ahí me mojé la cara y de inmediato me zambullí.

Y empecé a nadar.

Era una sensación gloriosa.

La pesadumbre se me iba con cada brazada.

Y, finalmente, la dejé en el mar.

Hice la clásica natación: nadé cinco minutos hacia el Sur y luego di la vuelta hacia el Norte y volví hasta el muelle.

Hoy nadé 14 minutos y salí porque se me acabó la cancha.

Y no tirité ni nada.

Hasta me podría haber quedado tomando un rato de sol en la playa.

Pero con el traje uno se va enfriando, es mejor ir directo a la ducha.

Agua deliciosa, curativa como siempre.

Me devolvió a la vida.

Porque hoy estaba en una mañana negra. Muy negra y triste.

Cuando llegué al mar, lo miraba con indiferencia, pensando que hoy no iba a ayudarme en nada.

Pero Neptuno no falla jamás.

Para colmo, en la laguna de Al, se murió el nadador más viejo, a los 89 años. Y le hicieron una especie de funeral. Esparcieron las cenizas en la laguna y los guardavidas nadaron entre los restos para dispersarlos. También le cantaron una canción.

Al estaba emocionado y declaró que le parecía una bella manera de morir. De pronto se dio cuenta de que ahora él era el más viejo de los nadadores Hampstead.

Llegado a este punto, cerré el Kindle y decidí que continuaría hoy con la lectura, a plena luz del día.

Y fui a ver en qué andaba Goethe, a quien todavía le quedan como 7 años de vida por delante.

Es curioso. Los dos libros son diarios que duran nueve años.

No sé por qué Al dejó de nadar, creo que tuvo un ACV o algo así, pero en una entrevista leí que planeaba seguir nadando.

El de Goethe, en cambio, termina con su muerte.

Pero todavía falta mucho, así que lo leo tranquila.

Y a Goethe la muerte parece no preocuparle demasiado, la ve como algo dulce. Solo está preocupado en dejar todos sus trabajos en orden para que se publiquen. En eso trabaja con Eckermann. Ordenan y ordenan los escritos, revisan algunos inacabados, quiere dejar lo más que pueda antes de irse del mundo.

Van de paseo, conversan, trabajan, reciben visitas ilustres, comen.

El poeta, como le dice Eckermann a Goethe, parece más que satisfecho y sigue dándole buenos consejos al joven aspirante a artista.

Un día le ofrecieron a Eckermann que escribiera todos los meses una columna sobre literatura alemana contemporánea para una revista inglesa. La paga era muy buena y Eckermann estaba excitado con la idea y tentado de aceptar el trabajo.

Pero antes lo consultó con Goethe y éste le sugierió que no lo hiciera. Que no perdiera el tiempo, que iba a tener que estudiar toda la literatura alemana antigua, leer toda la moderna y estar al día con los suplementos literarios. No, amigo, no pierda el tiempo así. Disfrute de la vida y haga lo que le venga en gana. Por otra parte, con ese trabajo, agrega el poeta, solo logrará hacerse miles de enemigos.

Al que tengo medio olvidado es al Tristram Shandy de Laurence Sterne. Es un libro que demanda mucha atención y estoy cansada. Pero nunca abandonaré a ese hombre que sufre y que escribe para olvidar su dolor y hacer feliz al prójimo. No, lo voy a terminar sí o sí. Y también lo voy a releer.

atardecer2.17dejunio

Pero es que ando muy ocupada.

Esto de vivir doble es un trabajo enorme.

Porque no solo nado y escribo mi bitácora, sino que también filmo mis diarios. Y eso lleva mucho tiempo. Es engorroso.

No me alcanzan las horas del día para todo.

Voy a ver si hoy logro editar lo que filmé ayer en el agua.

Lo que vi me gustó.

A la vez, si el atardecer está lindo, pensaba ir con botas y traje de neoprene a filmarlo desde el agua.

Aunque no sé si tendré fuerzas de ponerme de nuevo el equipo y salir cuando hagan 6 grados.

Pero no digo que no lo haré, porque nunca termino de conocerme.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: