Bitácora de la hija de Neptuno (29)

por Flavia de la Fuente

17 de junio

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua, 11 grados. Temperatura del aire, 10 grados. Viento OSO 10 km. Olas: 0,3 m. Bruma. Marea bajando. Tiempo de natación: 10 minutos.

Segunda mañana de niebla consecutiva.

A mí me gustan esos días.

Todo se ve fantasmagórico, bello.

Aunque si uno está esperando un rayo de sol que le dé alegría y sosiego, eso no hay.

Niebla2


Pero los días de bruma y sin viento son una maravilla para salir a filmar.

Así que ensillé a Solita y nos fuimos las dos a errar por los médanos, en busca de imágenes de la playa, iguales a las que ya tomé otras veces, pero ahora con otra cámara.

Como es el nuevo feriado, hoy había mucha gente paseando, que creo que me servirán de involuntarios actores en mi película.

También había un hombre con su carrito trabajando.

Y un pescador solitario.

Arena, caracoles, perros, gaviotas.

Siempre lo mismo.

Pero siempre distinto.

Yo ando por los médanos, para evitar las peleas de Solita con otros perros. Y, de paso, para que la muy vaga suba y baje, y no se achanche. Tiene que estar en forma porque ya es una perra mayor de edad.

También ando escondida en los médanos por temor a los perros, y llevo una caña de bambú para ahuyentarlos.

La caña es muy molesta, la tengo que tirar al piso para filmar.

Pero lo de andar por los médanos me dio otra perspectiva de la playa, que todavía nunca había filmado. Veremos qué queda.

Como hacía frío y no se veía nada, decidí que hoy no iría a nadar.

Me daba angustia meterme en el mar bajo la niebla.

Se pierden los puntos de referencia.

Me asustaba ir sola.

Pero después del faltazo de ayer, mi cuerpo me pedía a gritos un baño helado.

Y mi entrenador me sugirió, mejor dicho me ordenó que lo hiciera.

Yo no estaba muy convencida, pero la idea de ir a filmar el mar brumoso me tentó.

Pensé que solo eso valía la pena.

Salir a filmar desde el agua fría.

Me metí en el agua a caminar y a filmar las olas.

Todo era gris.

Me gusta el mundo monocromo.

Filmé primero hacia el horizonte, después hacia la costa, otros momentos solo el agua.

Una pareja con un niño me miraban asombrados. Me sacaron fotos o me filmaron.

A los cinco minutos de caminata y filmación, me tiré a nadar.

Hoy el agua no me resultó tan fría.

Al principio sí, pero enseguida estaba respirando cada cuatro brazadas y hasta llegué a hacerlo cada seis.

Y nadé rápido porque tenía frío y también tenía ganas de hacer ejercicio.

No me dolía la lesión, por eso me animé.

Nadé primero hacia el Sur y cuando vi que había nadado cinco minutos, di la vuelta hacia el Norte, allá donde vive el sol.

El sol se veía detrás de la niebla.

Era hermoso.

Lo que no veía era el muelle.

Ni tampoco los edificios de la costanera para saber por dónde andaba.

No les voy a decir que me asusté, porque nadaba en la orillita, pero me inquietaba saber cuánto tardaría en llegar.

Nadé y nadé vigorizada por el agua helada y al rato vislumbré el muelle entre la bruma.

No saben el alivio que me dio.

Es ridículo porque no podía estar muy lejos.

Tanta felicidad me dio, que paré de bracear y me puse a filmar el muelle bajo la niebla que se veía majestuoso.

Dejé de filmar y seguí nadando un poco más hasta acercarme al espigón.

Y salí despacio, filmando las olas, la costa, el horizonte.

Me puse de pie y caminé muy rápido hacia el muelle.

Tenía frío.

Lindo frío, temblaba un poco, estaba feliz.

Junté mis cosas y vine casi corriendo a casa, caminando entre los turistas que me miraban asombrados.

Ayer me hizo reír Al Alvarez. Resulta que en enero de 2005 se fue a Italia con su mujer. Y se bañó en un lago, no recuerdo cuál. El agua era fría, pero no tanto como la de Hampstead.

Los italianos lo miraban como si fuera un marciano y Al escribió: “En Inglaterra la natación de aguas heladas se considera una excentricidad, en Italia, en cambio, es una perversión.”

Sigo leyendo Pondlife lentamente. Cada página que paso me da una pena tremenda, porque Al se va deteriorando día a día, pero igual no lo quiero terminar.

Aunque no importa, cuando lo termine lo empiezo de nuevo. Es como mi biblia personal.

Al Alvarez en 2005 apenas puede caminar. Va a la laguna con un bastón y un par de veces se cayó. Pero lo único que lo hace sentir vivo es tirarse al agua helada.

Con los otros compañeros de natación, solo hablan de la muerte que sienten próxima e inevitable. Se preguntan cuándo ocurrirá y si será rápido. Hablan y se ríen. Lo único que desean es morir al aire libre y, preferentemente, en la laguna, como ya lo hizo uno de los nadadores, Rudolph, a quien todos envidian.

Yo no estoy así, quédense tranquilos. Al Alvarez tiene 20 años más que yo cuando habla de todo eso.

No es que yo sea una castañuela.

Si no, no me bañaría en el agua helada.

Los adictos a las endorfinas somos gente que sufre mucho.

Pero una zambullida en el agua helada aplaca todo dolor. Es como una borrachera, supongo, porque yo no tomo alcohol.

Y en mi caso, la felicidad se sostiene todo el día.

El otro día, me llamó mi mamá y me dijo: “Qué buena voz que tenés, qué fuerte y alegre.”

Y le contesté: “Yo tengo dos voces: fuerte si me bañé en el mar y agónica si me quedé en casa.”

Mi mamá me detecta todo.

Es tremenda.

Pero es cierto, si no me baño en el mar, a veces, hasta me cuesta hablar.

Creo que puedo leer Pondlife porque sé que Al todavía está vivo y que tiene 86 años. No sé en qué andará, si se seguirá bañándose en la laguna, pero sé que está todavía en este mundo.

Cada tanto me fijo en la Wikipedia para ver si sigue por acá.

Cuando termine Pondlife, voy a intentar leer Feeding the rat, un libro muy anterior sobre sus historias de alpinismo. No sé si me gustará tanto, pero lo voy a intentar.

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2 comentarios to “Bitácora de la hija de Neptuno (29)”

  1. janfiloso Says:

    ¿Tenes una filmadora que metés en el agua y nadas con ella?

  2. lalectoraprovisoria Says:

    Sí, Janfi. Me compré el año pasado una Gopro para filmar mis nataciones marinas. La llevo atada a una muñequera que compré para eso. Me encanta.

    Besos,

    F

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