Bitácora de la hija de Neptuno (26)

por Flavia de la Fuente

12 de junio

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua, 11 grados. Temperatura del aire, 10 grados. Viento OSO 5 km. Olas: 0,6 m. Sol. Marea subiendo. Tiempo de natación: 6 minutos.

Volví a las aguas.

No es que estuviera intimidada por la ola de frío, sino que una molesta lesión en el pecho me impedía usar el brazo derecho.

Durante estos días no hice nada, porque no podía, y además, me quería curar lo más pronto posible.

12dejunio_2494

Así que el Osi tuvo que aprender a poner los leños en el fuego, a usar el lavaplatos y, además, ir y venir a la casita de al lado a darles de comer o mimar a las perras, o sea, que me estuvo ayudando un montón.

Hoy, si bien no estoy del todo curada, decidí nadar igual.

Aunque hace dos días que el cielo está diáfano y con Solita nos deleitamos con largas sesiones de sol en nuestro refugio de la puerta, no había caso.

Mi vida estaba estancada.

Me sentía agónica, perdida.

Para colmo, la Eurocopa me dejó sin entrenador y sin perra.

Así que tengo que ir sola al mar.

No me gusta mucho eso de ir sola a nadar, pero es lo que me toca durante estos días.

Es mejor que nada.

Y me hizo muy bien.

Antes de contarles mi baño marino, les voy a hacer un resumen de mi vida seca de estos días, durante los cuales estuve tirada en el sofá junto al fuego, acompañada de algunos libros y el Kindle.

Encontré en epublibre Conversaciones con Goethe de Johann Peter Eckermann y me entusiasmé con esa lectura.

Me encanta la sensación de conversar con alguien que parece tan del pasado, pero no lo es tanto. Si uno lo piensa bien, llegamos a Goethe en dos vidas de Manoel de Oliveira.

Goethe se iba durante el verano a Marienbad o Karlovy Vary, que están iguales a como eran entonces, o muy parecidos.

Ya no solo afirmo como el tango que 20 años no es nada, lo que es obvio para cualquiera que tenga más de 40 años. Les juro que 200 años tampoco. Esos hombres son como nosotros, sufren, piensan, discuten, comen, beben, aman, odian como lo haríamos hoy.

No leí casi nada de Goethe, pero este libro me atrapa.

En primer lugar, me fascina la vida de Eckermann, quien pasó de ser un hijo de campesinos pobres, pastor en su infancia, a conocer a Goethe, ser su amigo, ayudante y confesor y a escribir este libro.

Es como si mi abuelo Manuel, quien nació en Galicia en 1899, y vivía como Eckermann en una casa donde cultivaban casi todo, con la vaca como el mayor sostén de la alimentación de la familia, que no había aprendido más que a leer y a escribir, hubiese terminado siendo amigo y ayudante del viejo Unamuno, por ejemplo.

Es una historia fascinante, un auténtico cuento de hadas el encuentro de Eckermann con Goethe.

¿Y Goethe? Es un personajón, a veces lleno de vida, de pronto achacadísimo, que al menos de viejo parece un encanto.

Me interesan sus opiniones sobre el arte y la vida del artista.

Le sugiere al inexperto Eckermann que en la escritura no emprenda nada de largo aliento, que haga cosas frescas, inmediatas, con el sentimiento vivo, que disfrute de la vida, que no se meta en largos proyectos, pesados y monumentales que solo le traerán pesadumbre.

Me gustó el consejo.

Tiene razón.

Pulir y pulir hasta que quede perfecto. Años de trabajo esculpiendo.

Es agotador y tedioso.

Ya cuenta Tolstoi cómo se aburría con las descripciones de Guerra y paz, que estaba harto, pero que lo hacía para mostrar que era capaz de ser el mejor.

A Tolstoi le agarró una crisis tremenda a los 50.

No entendía más la vida.

El anciano Goethe, quien parece haberla pasado mucho mejor, insiste una y otra vez que el reconocimiento nunca será proporcional al esfuerzo.

Que nada satisfará al artista.

Que no hay que dejar la vida en los papeles a riesgo de quedar triste y abúlico para siempre.

Están buenas esas conversaciones del viejo Goethe con el joven Eckermann.

En un momento, Goethe habla de Schopenhauer y dice que sus tres libros preferidos eran La nueva Eloísa, Tristram Shandy y El Quijote.

Como admiro a Schopenhauer y también a Laurence Sterne, abandoné la lectura de las conversaciones y me puse a leer Tristram Shandy.

Hace tiempo había leído y releído El viaje sentimental de Sterne, pero nunca me había animado con este libro, famoso por su extrema libertad.

Nada mejor que una lesión y la Eurocopa que tiene todo el día ocupado a mi marido para meterme con Tristram Shandy.

El prólogo ya me compró.

Jamás pobre Criatura Dedicante alguna, al hacer su Dedicatoria, puso en ella menos esperanzas de las que yo he puesto en esta mía; pues ha sido escrita en un oscuro rincón del reino y en el interior de una solitaria casa con techado de bálago, donde vivo en un continuo esfuerzo para guardarme, por medio de la alegría, de los achaques de una salud precaria y otros males de la vida: firmemente persuadido de que cada vez que un hombre sonríe,—pero mucho más cuando se ríe, se le añade algo a este Fragmento de Vida.

Le ruego humildemente, señor, que honre este libro llevándolo—(no bajo su Protección,—debe protegerse por sí solo, sino)—llevándoselo consigo al campo; si alguna vez me dicen que allí le ha hecho sonreír, o si llego a imaginar que le ha distraído de un momento de preocupación,—me consideraré tan dichoso como un ministro de estado;—quizá mucho más dichoso (a excepción de uno tan sólo) que ninguno de los que conozco por haber leído u oído hablar acerca de ellos.

¿Cómo resistirse al libro de un hombre que escribe para olvidar su padecimiento y que lo hace, además, para tratar de generar felicidad en el prójimo?

Cada vez que la lectura se me dificulta, recuerdo estas palabras del bueno de Sterne y sigo adelante.

Laurence Sterne nació en 1713, hace 300 años. Tres vidas de Manuel de Oliveira. Nada. Qué rápido pasa el tiempo. Sterne sufre igual que nosotros. Y también quiere reír lo más que pueda, pese a la tisis que lo acosa. Es un sabio estoico.

No puedo abandonar a tan noble y amable personaje.

Por otra parte, el libro es puro placer, y creo que con la ayuda de Neptuno en un par de días lo termino.

Y seguro que lo releo, porque a mí me gusta releer.

Una vez que quiero a un autor, no me puedo despegar.

Soy una rumiante, dice mi marido, no una lectora.

Otro día les seguiré contando de los libros, porque muchas cosas quedaron por decir.

Esta bitácora está ya muy larga y no les conté nada del agua todavía.

Finalmente, en el Windguru cambiaron la temperatura del mar que bajó, de pronto, de 14 a 13 y, al otro día, a 12 grados. No es serio, muchachos.

En realidad, yo no les creía nada, porque el agua NO estaba a 14 grados hace rato.

Me guiaba por el Seatemperature, que hoy dice que el mar está a 11 grados.

Y tiene razón, creo.

En los 6 minutos que estuve en el agua, no logré acostumbrarme al frío helado en la cara.

Por suerte había un hermoso sol de otoño, que siempre que miro hacia el Norte me calienta la cara.

Como estaba lesionada, me metí con cuidado, evitando que las olitas me golpearan.

Me zambullí con delicadeza extrema y jugué a que nadaba.

O sea, movía los brazos como si nadara crawl pero sin hacer el menor esfuerzo.

Salí en el muelle y no tenía nada de frío.

No había viento, era un espléndido día de playa.

Volví a casa y me di una ducha bien caliente, para curar mi lesión.

Y una vez más, las aguas benditas me curaron de todos mis males.

La vida ya no me parece extraña.

La lesión me molesta un poco, pero no más que antes.

Y pasé un rato muy agradable recordando mis lecturas de estos días.

No es poco.

Ahora vuelvo al sofá y a Tristram Shandy.

Y espero yo también, como el amigo Sterne, hacer sonreír a alguien con mis bitácoras de Neptuno.

7 comentarios to “Bitácora de la hija de Neptuno (26)”

  1. Celebes Says:

    :)

  2. janfiloso Says:

    :) + 1

  3. lalectoraprovisoria Says:

    Qué bueno! Hice sonreír a dos lectores.

    F

  4. Fudoshin Says:

    :) + 2

  5. lalectoraprovisoria Says:

    Bravo! Tres sonrisas.

    F

  6. Sebastián Rosal Says:

    :)

  7. lalectoraprovisoria Says:

    Cada día me encuentro una sonrisa nueva. Gracias, Sebas!

    Me dan una alegría enorme.

    F

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