Bitácora de la hija de Neptuno (25)

por Flavia de la Fuente

8 de junio

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua, 12 grados. Temperatura del aire, 10 grados. Viento OSO 44 km. Olas: 1,2 m. Sol y nubes. Marea bajando. Tiempo de natación: 14 minutos.

Brilla el sol en San Clemente.

Mañana límpida, ni una sola nube que perturbe mis ánimos, siempre frágiles.

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Tomo sol y paseo con Solita por los médanos para entrar en calor.

Es agradable subir y bajar por las dunas cuando sopla el viento Oeste.

Los médanos forman una pared que nos protege.

Soli y yo subimos y bajamos. Ella corre y yo camino lentamente.

La arena de los médanos es pesada para andar.

Solita después duerme todo el día.

La perra está por cumplir ocho años.

Hoy se ve todo tan lindo que me detengo varias veces a sacar fotos o a filmar Vines.

Mientras camino pienso en el baño de mar, en que el día está tan apacible que invita al chapuzón.

Ayer nos enteramos de que volvió el lobo marino. Al parecer, el bicho va y viene. Es un nuevo vecino de San Clemente.

Sale a pescar, nada un rato y vuelve a descansar debajo del muelle.

Pero vayamos al agua.

Decido que es mejor seguir con los diez minutos de ayer, que me habían dejado tan estimulada y tranquila. Nada de veinte, como los intrépidos checos del Moldava.

Me meto a nadar hacia el Sur del muelle, cerca del Riazor, a unos 150 metros del muelle.

Hay que pasar una rompiente de olas no muy grandes pero molestas, que golpean.

Eso sí, eran olas muy ordenadas, como siempre que sopla el viento del Oeste.

Y con la estela de espuma hacia atrás.

Son las mejores olas.

Choqué con varias pero seguí avanzando a pie hasta pasar la rompiente.

Y ahí me puse a chapotear y a mojar la cara.

El agua está helada.

Quema.

Es divertido probar cuánto quema el agua fría.

Meto otra vez la cara en el agua y me pongo a bracear.

Como el agua estaba bajando, nadé hacia el Sur.

Me costó unos minutos acostumbrarme, así que respiraba cada dos brazadas.

Qué contenta estaba de nadar.

A los pocos minutos, me puse a nadar como lo hago siempre, respirando cada 4 o 6 brazadas.

En realidad, no nado así.

En verano, respiro cada 8 o 10 brazadas.

Pero ahora tanto frío me quema la cara.

O quizás sea un prejuicio.

Lo iremos viendo.

Quizás mañana lo logre, aunque no hace falta.

A quién le importa si respiro cada 6 o 10 brazadas.

A mí.

Es solo curiosidad por ver qué pasa.

Me gusta este experimento con mi cuerpo.

Cuando vi que había pasado el Hotel Fontainebleau más de cien metros, decidí volver.

Quintín y Solita debían tener frío.

El sol estaba oculto, soplaba un viento fuerte del Oeste Sudoeste.

Di la vuelta, y nadé tranquilamente hasta el muelle.

Nadé 14 minutos, no pude con mi genio.

Cuando dejé de bracear, me puse a jugar con el torpedo, a hacer la plancha y a barrenar para salir.

Miro hacia la playa y veo que mi entrenador está hablando con mucha gente.

Venía yo en una ola, cuando vislumbro a un señor, más específicamente un policía, que me llama.

“Señora, si no es molestia, necesito hablar unos minutos con usted”, me dijo el hombre uniformado.

“Cómo no”, le contesté.

La sola idea de estar ahí parada, toda mojada, hablando con el agente del orden, me hacía tiritar.

Además, no veía nada, porque llevaba todavía puestas las antiparras.

Y para colmo no había sol.

El hombre me contó que habían recibido un llamado al 911 reportando un intento de suicidio.

La suicida era yo.

Le dije: “¿No le parece raro que alguien se vaya a suicidar con todo este equipo y un salvavidas?”

Me pidió mi nombre completo y, cuando me estaba pidiendo el número de DNI, vino mi entrenador, que había estado atendiendo a cuatro policías más y me salvó del trámite.

Fue algo rarísimo.

Vinieron a rescatarme cinco policías. Dos eran de la bonaerense y tres del Partido de la Costa.

Cumplidos los requerimientos policiales, volvimos azorados al muelle.

Los albañiles que están reparando el espigón me felicitaron por mi baño y me alcanzaron mis cosas.

Volvimos caminando, teníamos miedo de que nos prohibieran nadar.

Llegamos a la Costanera y pasó un patrullero. El hombre que iba manejando me levantó el pulgar, con buena onda.

Sin embargo, otro patrullero me alcanzó y me pidió el número de DNI, la dirección de casa y no sé qué más, porque me estaba muriendo de frío así que los dejé con Quintín.

Seguíamos preocupados por el exceso de control.

Pero yo me di cuenta que el mar está lleno de surfers, kite surfers, gente que anda en kayak, pescadores que se adentran en las aguas con traje de neoprene, en fin, que era cosa mía si me quería bañar o no en el mar.

En todo caso, que pongan un guardavidas, como hay en las lagunas de Londres durante todo el año.

Eso estaría bueno.

Me encantaría saber que hay alguien listo para rescatarme en la playa, a quien le puedo avisar que salgo a nadar y que me va a mirar, como me mira el abnegado Q.

Aunque nadie me va a cuidar como mi coach, que nunca me pierde de vista.

Pero, mejor no soñar con guardavidas, en la playa no hay ni habrá nadie más que mi entrenador hasta noviembre.

Los guardavidas trabajan 6 meses al año.

En octubre se bañan muchísimos niños y nadie los cuida.

Es así.

Hay que esperar hasta las tibiezas de noviembre.

Y en noviembre vamos a nadar juntos con mi entrenador.

Yo voy a ser su entrenadora, para que vuelva a estar en forma.

Nadar con Q es mucho más lindo.

Hacemos aventuras que yo sola jamás haría.

Pero él no se quiere poner un traje, y, como no es checo ni ruso ni inglés, no se anima a nadar en malla en invierno.

Y tiene razón.

Yo tampoco me animo.

Solo con poner la cara en el agua, ya quedo congelada durante un par de horas.

Pero Quintín se pierde algo increíble.

No sé cómo convencerlo.

Es imposible hacer que cambie de opinión.

Aunque quizás un día me sorprenda.

Y seremos dos los suicidas en San Clemente.

Foto: Quintín

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2 comentarios to “Bitácora de la hija de Neptuno (25)”

  1. janfiloso Says:

    Alfonsina con traje de Neoprene jajaja

    Flavia, un esfuerzo más y escribís en modo haiku.

  2. lalectoraprovisoria Says:

    Fue muy extraño lo del suicidio. En fin, la gente no tiene poco que hacer en la costa en otoño.

    Ahora estoy lesionada, por eso me pierdo los baños durante esta ola de frío.

    Besos, Janfi!

    F

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