Diario intermitente (91)

por Quintín

6 de junio

Estuvimos unos días en Buenos Aires y volvimos anoche. Me pareció que la capital estaba un poco más sórdida que de costumbre, acaso por este otoño tan frío y un nivel de ruido que contrasta con el de los pagos del Tuyú. Por otro lado, es posible que la inflación, los tarifazos y la caída de la actividad económica que se agregan a los años K, tan llenos de mentiras, malestar y violencia simbólica, estén en las caras de los pasajeros de los medios públicos, en esas multitudes que circulan con la cabeza gacha. Un día, nos tocó tomar el subte E en la estación Bolívar. Acostumbrados a viajar en la D, que ha mejorado mucho, nos encontramos con que el tren tardaba mucho en llegar y luego no salía. En la línea D, una demora semejante hace sospechar la cancelación del servicio. Como ese día era la movilización de la CTA, supuse que los metrodelegados estarían haciendo de las suyas. Así que le pregunté a un empleado y me dijo que estaba todo bien. Pero ese marco de trenes viejos, instalaciones en estado precario y ciudadanos resignados al maltrato me dejó una impresión oscura.

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Esta mañana descubría que La agenda empieza a publicar un diario de Mauro Libertella. En realidad, es menos un diario que una serie de opiniones en primera persona sobre temas diversos (literatura, fútbol, música, hasta del tiempo) separadas por el nombre de un día de la semana. Pero me dio envidia y tuiteé: “Libertella me copió la idea. Pero a él le pagan”. La primera parte es seguramente falsa y la segunda es evidentemente cierta. Hace unos doce años que escribo sobre literatura y nunca conseguí que me contrataran para hacerlo (cuando alguien me pide un artículo, suele ser sobre cine), más allá de la columna dominical en el suplemento de Perfil, en la que de entrada tuve libertad para hablar de cualquier tema más o menos relacionado con la cultura. Pero así son las cosas.

La página de Libertella es amena y tiene pasajes que me interesaron. En uno de ellos, habla maravillas de Ricardo Piglia a partir de unas clases sobre Borges que pasaron en Canal Encuentro. Dice Libertella:

Piglia es, ante todo, un gran orador, y creo que lo es porque conjuga elementos que a veces aparecen separados: la profundidad intelectual, la calidez, el humor y una claridad absoluta, un rasgo que para los de su generación (de vanguardia, disruptiva, formalista) era más bien una vulgaridad. Ser claro y entretenido era una concesión. Mirando el programa compruebo, una vez más, que Piglia generó una descendencia oral; muchos le copian el modo de hablar, la manera de estructurar párrafos en el aire, incluso sus movimientos, tan icónicos, de las manos. Aira generó descendencia ficcional; Piglia, cultural.

Es curioso que entre quienes consideraban la claridad como una forma de la vulgaridad figuraba sin duda su padre, Héctor Libertella, campeón argentino y sudamericano de la escritura hermética. El elogio a Piglia viene de la mano de un elogio a Aira y entre ellos reparte Mauro Libertella las influencias: una sería oral y cultural, la otra escrita y artística. Ya se sabe lo que opinaba Godard de la diferencia entre arte y cultura (“lo que quiero es destruir la cultura” (…) “la regla es la cultura, el arte la excepción”, etc.), y también conviene señalar que Aira y Piglia se detestan largamente. O al menos eso era hace un tiempo, antes de que llegara la hora de las reconciliaciones porque la literatura, después de todo, es una gran familia, o funciona como tal.

Un gran ensayo sobre la enemistad entre Aira y Piglia es el que Tomás Abraham incluye en su libro Fricciones (Sudamericana, 2004, lomo descendente), que empieza diciendo:

En el sistema cultural argentino se ha establecido que nombrar no es políticamente correcto. Es preferible, por supuesto, ningunear. Nombrar es dar a existir. Por otro lado, cuando aparece un nombre en un escrito polémico en una batalla intelectual, se supone que deben existir motivos personales que explican esa intromisión en el escenario de buenas costumbres literarias. Solo se permiten los nombres como devolución de favores.

Hace tiempo que estoy distanciado de Abraham, con quien empezamos este blog y seguimos hasta que nos separó su apoyo al infame Dante Palma. No creo que volvamos a hablarnos nunca, pero Abraham era capaz de contrariar a la omertà literaria. Es cierto que tiene un respaldo del que carecen otros. Pero la cuenta bancaria, un CV en otra disciplina, la fama en los medios y el indudable interés que tuvo por la literatura durante muchos años no le permitieron romper el muro y, al cabo de un tiempo, dejó de meterse con el medio cerrado de la literatura que, además, vive uno de esos momentos en los que los distintos clanes atraviesan una tregua y tanto las polémicas como las enemistades manifiestas (la de Aira y Piglia era una buena) se hacen extrañar.

Otro pasaje interesante del diario de Mauro Libertella es el que habla de Richard Yates. Lo copio:

Termino El hombre del traje gris, de Sloan Wilson, que conseguí hace poco. Muy buen libro. Las novelas sobre “vida de familia de clase media en los suburbios norteamericanos de la década del cincuenta”, con su subgénero “trabajador gris que quiere llenarse de dinero o ser libre o ser feliz y no puede”, son una tradición exquisita. Todas, sin embargo, van a estar a la sombra de Richard Yates, que de su estirpe es el mejor, y el más terrible.

¿Tan bueno es Richard Yates? Sigo teniendo problemas con los escritores americanos. En particular con los de este estilo. Me molesta esa mirada altiva que se regodea en el patetismo de los semejantes, ese paternalismo que explota la miseria y la mediocridad ajenas con la excusa de la piedad. Encontré en la biblioteca Once tipos de soledad, un libro de relatos de Yates y cuatro, todos muy tristes. Los dos primeros muestran ese desprecio clasista del hombre de mundo frente a los palurdos y sus limitaciones. El cuarto es tristísimo y transcurre alrededor de un pabellón de tuberculosos al que una mujer joven va a visitar a su marido enfermo mientras el amante la espera afuera con sus amigotes. Yates (1926-1992) contrajo tuberculosis en el ejército y debía conocer el ambiente (dato curioso, los pacientes fuman sin ninguna restricción). Pero el tercero, “Jody se da la gran vida” es un gran cuento. El narrador es llamado a filas en 1944 y su pelotón, compuesto por un grupo de adolescentes neoyorquinos que creen sabérselas todas, tiene como instructor al sargento Reece, un sureño durísimo pero dispuesto a entrenarlos de verdad. Hay al menos dos personajes cinematográficos con ese molde. Uno es el sargento Hazard que encarna James Caan en Jardines de piedra de Coppola, una película que siempre me pareció subvalorada. El otro es el sargento Highway, que hace Clint Eastwood en Heartbreak Ridge, otra película subvalorada. Supongo que habrá otros, pero lo notable es que la figura del instructor que martiriza a sus soldados para ayudarlos a sobrevivir en combate parece unir a la nación americana a derecha e izquierda. Muchas cosas se entienden a partir de ese arquetipo que, seguramente, no comenzó con Yates.

La contracara de estos héroes no es exactamente el coronel Jessup, el fascista que interpreta Nicholson en A Few Good Men, sino el sargento Hartmann de Full Metal Jacket de Kubrick, que se excede en el sadismo con un recluta psicótico y todo termina muy mal. Pero Kubrick es una especie de inglés disfrazado de americano y su película es políticamente correcta. Curiosamente, lo que el progresismo argentino rechaza en el cine, lo acepta en la literatura. La mirada de Yates al respecto tiene su sutileza: le gusta más el sargento que los soldados a quienes instruye y mortifica, pero sobre todos los personajes planea la nube de la burocracia militar, esa siniestra mezcla de ideología autoritaria y conductas rastreras.

Foto: Gabriela Ventureira

7 comentarios to “Diario intermitente (91)”

  1. janfiloso Says:

    “… pofundidad intelectual, la calidez, el humor y una claridad absoluta …”
    Vi el programa y fue muy bueno y sin duda por Piglia, pero no definiría su “lenguaje Puan” como “la claridad absoluta”. Como “no Puan” tratar de seguir a Piglia, y sobre todo a las dos adjuntas que llevó, requirió de mi parte un enorme esfuerzo que sin duda valió la pena.

  2. Leonardo D'Espósito Says:

    John Wayne en Arenas de Iwo-Jima, si mal no recuerdo, es el papá de ese arquetipo.

    PD: el comentario sobre Páprika era mío… la Leni se había logueado acá y no me había dado cuenta.

  3. g Says:

    Pavada, es al verre “la regla es la cultura, el arte la excepción”.

  4. lalectoraprovisoria Says:

    Cierto, ahí lo arreglo. Gracias.

    Q

  5. Yupi Says:

    Mauro Libertella me va a matar de un disgusto. La superioridad de Aira con respecto a Piglia no es sólo ficcional, es sobre todo ensayística. ¿Cómo no percibir algo tan evidente? Aira es el campeón mundial del ensayo literario (subcampeón, si contamos a Borges). Ahora que lo pienso Mauro viene a decir eso con otras palabras: Piglia es un profesor y Aira un escritor.

    Pta. En la Copa América me hice hincha de Panamá.

  6. Marcia C. Reiriz Says:

    Creo, sin soberbias, que existe una diferencia enorme entre Piglia y Aira. Me parece que Aira es un artista profundo mas allá de las modas. A Piglia lo veo menos creador y mas preocupado por estar en la cresta de la ola de las teorías y de la modernidad. En cuando a Yates me parece un buen cuentista, algo sobrevalorado. Pero cuidado porque sufre mucho las malas traducciones. La española es un insufrible. La argentina de Esther Cross es mucho mejor, pero falló el corrector de pruebas y esta llena de erratas. Leído en inglés es otro escritor. Un saludo

  7. La doble generala Says:

    Fui a leer “Palma me palma”, para refrescar memoria y morbo de la ida de Abraham y me llamó la atención que ahí dijeras que alguna vez te había caído bien Carrio, pero que cada vez lo hacía menos. Nada, una tontera el comentario.

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