Diario intermitente (90)

por Quintín

31 de mayo

Quedé un poco mortificado después del último diario. A todo el mundo parece haberle gustado Stoner de John Williams, menos a mí. Varios lectores hicieron saber su admiración por el libro, tanto aquí como en Twitter. Ayer Flavia, que está leyendo a Pablo D’Ors, se encontró con un pasaje en el que dice que Stoner es lo más grande que leyó en los últimos años. Y hoy descubro que en el blog de Eterna Cadencia un gran elogio del libro de Luciano Lamberti.

otoño juncal

Lamberti empieza diciendo “¿Hace cuánto que no lloro con un libro?”, pero la frase no me conmueve mucho: de chico lloré a mares con Corazón de Edmundo De Amicis y estoy seguro de que si lo leyera hoy volvería a llorar, lo que no implica que sea gran literatura. Luego dice Lamberti que las traducciones de Carlos Gardini son geniales, lo que me parece otra exageración. Después, que Williams ama a sus personajes igual que Salinger y Tolstoi y muestra que “en el corazón de cualquier hijo del vecino está el universo entero.”

Dejemos las hipérboles y las cursilerías y vayamos al grano. Lamberti cita especialmente un pasaje que corresponde al entierro de los padres del protagonista:

Habían gastado su vida en un trabajo ingrato que había quebrado su voluntad y enturbiado su inteligencia. Ahora yacían en la tierra a la que habían entregado la vida, y lentamente, año tras año, la tierra los consumiría. Lentamente la humedad y la podredumbre devorarían los cajones de pino que contenían sus cuerpos, y lentamente avanzarían sobre su carne, y al fin se tragarían hasta los últimos vestigios de su materia. Y se volverían una parte insignificante de esa tierra hostil a la que se habían entregado tanto tiempo atrás.

Para concluir que:

Cualquier escritor daría su pie izquierdo por un párrafo así. Yo lo copié en un papel y lo llevo a todas partes para que me dé suerte.

Es otra exageración, naturalmente. Porque cualquier escritor puede escribir un párrafo así. Lamberti mismo, sus alumnos del taller literario. Está bien armado, la escritura de Williams es pulida, pero no es más que un tópico cuidadosamente redactado, previsible, políticamente correcto. Pero supongo que esto es lo que mucha gente entiende por literatura: un párrafo bien escrito, con algún acento patético y una cierta crítica social medio tramposa de trasfondo (la estéril vida del campesino vista por un habitante de la ciudad). Hojeo el libro y descubro que subrayé el párrafo y al lado puse dos signos de pregunta que cierran, la marca que uso para señalar lo que me parece muy malo. Evidentemente, no coincido con Lamberti.

Pero Stoner habla de eso. No de los campesinos, que aparecen lateralmente solo para representar el lugar del que huyó el Profesor Stoner. No, me refería a la literatura o, mejor dicho, al trabajo de estudiar y apreciar la literatura al que dedicaron sus vidas Stoner y Williams. Lo interesante del libro no son las páginas redactadas con oficio (el amor entre Stoner y Katherine, por ejemplo, que no está mal) sino la batalla a muerte entre Stoner y Lomax, ese misterioso profesor que desprecia a sus colegas, llega al poder por caminos misteriosos (“órdenes de arriba” es todo lo que se sabe) y, en cambio, apaña a Walker, un estudiante perezoso y fraudulento pero elocuente, que venera a los genios y desprecia el sistema de académico con sus detalladas investigaciones históricas, su estimación minuciosa de influencias y su producción de bibliografía intrascendente.

Si Williams quiere a sus personajes, como dice Lamberti, no lo demuestra con Lomax ni con Walker. Es más, los inventa como monstruos. Walker solo tiene paralizados una pierna y un brazo, pero Lomax “era un hombre de apenas un metro y medio de altura, de cuerpo grotescamente deforme”. Stoner es un campesino fornido y saludable, mientras que su adversario es poco menos que una versión del demonio. En algún momento se insinúa que entre Lomax y su protegido hay una relación homosexual, pero a Williams le parece demasiado y le hace decir a Stoner: “no, no es eso”. Pero nunca sabremos por qué Lomax defiende a Walker ni por qué odia a Stoner. Pero lo cierto es que el dúo diabólico encarna el fantasma más temido por los profesores Williams y Stoner: la insinuación de una mediocridad que el estudio, la dedicación y el apego a las reglas institucionales no pueden reparar. Williams quiere que Stoner muera con la satisfacción del deber cumplido y la certeza de la ingratitud del mundo para los que se esmeran en silencio contra la impostura de los charlatanes. La de Lomax es la zona más oscura, pero más interesante de la novela, la que saca al autor de su moderación y de su intrascendencia.

Encuentro en la biblioteca un libro de Nabokov que no había leído. Se trata una biografía literaria de Gogol (Nikolai Gogol, se llama). El libro es brillante y audaz, está lleno de ideas inspiradas y de afirmaciones radicales. Es el tipo de libro que el profesor Stoner detestaría y que acaso admiraría Lomax. A Nabokov no le interesa en lo más mínimo detectar las influencias de Gogol, ofrecerle al lector una bibliografía ni un material para discurrir a lo largo de las líneas académicas, sino justamente lo contrario: señalar la originalidad del genio poético de Gogol, sobre todo porque se trata de un genio que nunca entendió en qué consistían lo que Nabokov llama sus “gafas mágicas”, el talento de un demente que nunca se acercó a una mujer pero que fue capaz de entrever mediante la imaginación una realidad que el mundo real obstruye, que los escritores ocultan desde el realismo y los críticos y profesores niegan desde una “lectura cívica” basada en las buenas intenciones, que ve en Gogol un crítico social y un cantor del alma del hijo del vecino, como diría Lamberti. Nabokov enseñaba estas cosas en Cornell, pero no creo que hoy le permitirían hacerlo. Los Williams lo echarían a patadas.

Nabokov reduce el interés de la obra de Gogol a los tres libros que definen su genio: El inspector, El capote y Almas muertas, cuya continuación terminó quemando porque se dio cuenta de que sus intenciones de crear una obra edificante, de acentos religiosos y reaccionarios, lo habían alejado de su verdadera escritura y ya no podía “sacar algo de la nada” (algo que estuve discutiendo últimamente aquí arriba). En Nikolai Gogol hay momentos de lucidez extrema, como la descripción del poshlust, esa forma de la vulgaridad pomposa que no tiene equivalentes en otras lenguas y que puede infectar incluso al Fausto de Goethe.

Deberíamos repetir que el poshlust es especialmente enérgico cuando el engaño no es obvio y cuando se considera, correcta o erróneamente, que los valores que imita pertenecen al más elevadísimo nivel del arte, el pensamiento o la emoción. Son esos libros que se reseñan de manera tan poshlust en los suplementos literarios de los diarios: los best sellers, las novelas “conmovedoras, profundas y hermosas”, son estos libros “elevados y poderosos” los que contienen y destilan la esencia misma del poshlust.

Lo terrible del poshlust es que a uno le resulte tan difícil explicar a la gente por qué determinado libro que parece rebosar noble intención y compasión y puede mantener la atención de un lector “sobre un tema que se aparta mucho de los discordantes acontecimientos del día” es muchísimo, muchísimo peor que el tipo de literatura que todo el mundo admite que es barata.

Pienso en Williams, y en tantos otros. En el elogio de Stoner de Hanks-Lamberti a partir de que es un libro “apenas sobre un tipo que enseña literatura”. Nikolai Gogol se publicó en 1944, veinte años antes que Stoner, pero es como si Williams le respondiera y Lomax-Walker fueran una encarnación de las ideas de Nabokov. Pero en fin. Consigan este libro fascinante.

Foto: Gabriela Ventureira

3 comentarios to “Diario intermitente (90)”

  1. Marcia C. Reiriz Says:

    Quintin: No alabé en demasía Stoner. Ni participo de las exageraciones que mencionás. Solo dije que me parecía un buen libro, que dejaba una sensación de tristeza melancólica lograda. También creo que es interesante en su época como contracara de la Gran Novela Americana. Por eso lo relacioné con la poesía de Edgar Lee Masters. Me gustó tu frase “Pequeña Novela Americana” para describirlo. En cuanto a las alabanzas desmedidas, cuidado porque existe una tendencia de exagerar a un “tapado” para sobresalir como lector sutil. Algo de eso tiene Chitarroni, por ejemplo, más allá de sus aciertos como editor… En cuanto a Nabocov , trataré de conseguir ese libro. ES siempre muy sutil, aunque un poco arbitrario. Valoro, sobre todo sus cuentos, más que sus novelas. Un saludo

  2. Hugo Abbati Says:

    El profesor Sartre, un tipo de mirada ambigua, parió a un tal Roquentin en una novela, La Naúsea, que se miraba perplejo una de sus manos en lugar de usarla para fines más placenteros.
    El bueno de Camus creó a Mersault, en El Extranjero, sujeto previo a toda moral social que, cuando le daba el sol, mataba un árabe.
    Williams crea a Stoner, un representante del Insomnio Americano, forjado en provincias.
    Más allá del lugar común, al hablar de esta novela, de que de cerca todos somos interesantes (Tolstoi apoyaría esto, yo algo menos), lo meritorio del texto es que habla de esa frustración corrosiva que la vida puede ser, de la resignación inadvertida que ello exige, y de la ausencia de salvación (ni literatura, ni amor, ni minga). Todo escrito sin estridencias, un tono menor que es de agradecer. Por supuesto, la prosa es convencional (lo que palpita por debajo, no tanto), pero es que en esa época en EEUU (1963 o por ahí) o dabas el salto o te quedabas mirando para abajo.
    No me parece tramposo el Williams, sino limitado por un corsé cultural que, con seguridad, se acomodaba cada mañana mirándose al espejo.
    A mí la novela me gustó, y después de leída la olvidé con facilidad.
    Lo más interesante, sin embargo, es que cuando la leí, hace ya unos años, en España se puso de moda (por eso la leí), una moda restringida, claro. Ahora, unos años después, reaparece en Argentina. esto hace que me interrogue sobre los inescrutables designios del negocio editorial, que logra que, uno a uno, hayamos caído en su lectura, aunque en distintas posiciones, por supuesto.

    Un efecto colateral (dañino) de Stoner, es que da lugar a críticas como la que sigue, una perla (falsa) generada por el inefable Vila-Matas. Hela aquí (es el final)

    “Creo que es fascinante también que sea en el fondo un elogio tanto de la rectitud moral como de la cultura del esfuerzo y del amor por la vieja literatura, con el patetismo que encierra todo eso. Y porque, a fin de cuentas, en plena crisis mundial, sorprende leer una oda tan intensa a los viejos valores morales heredados de una infancia hundida en las raíces agrícolas del Misuri más profundo y miserable, el más conmovedor también, porque es el que dice mejor la verdad sobre la vida”.

    Alberto Migré vive. Larga vida a Vila-Matas

  3. JGS Says:

    Querido Q, discrepo contigo: creo que reducir Stoner a la victoria de la corrección académica es perderse por mucho de lo más importante. Asimismo, me parece que el párrafo elegido por Lamberti es de lo menos interesante del libro justamente porque no está en esos excesos de su escritura, sino en el avance.

    El libro no pasa por la dicotomía -sería muy pobre que así fuese- creatividad/oficio, sino por ese limbo por el que más o menos vamos todos; creo que la empatía con Stoner no tiene que ver con sus esfuerzos malpagados, sino con hacer lo que se pueda sin renunciar a la voluntad de la persistencia, que es poder encontrar siempre algo más, a la altura que se pueda, pero algo más hasta el último minuto sin que esto suponga grandes revelaciones.

    Sí creo que es un buen libro; no una obra maestra. Y que la amabilidad de su lectura no es un dato menor entre tanta ilegibilidad.

    Abrazos

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