Bitácora de la hija de Neptuno (23)

por Flavia de la Fuente

31 de mayo

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua, 14 grados. Temperatura del aire, 12 grados. Viento ONO 30 km. Olas: 1 m. Nublado y con lloviznas. Marea bajando. Tiempo de natación: 10 minutos.

Después de dos días de temporal, volví al mar.

La sudestada ya venía anunciada con tiempo por el Windguru.

Me había propuesto bañarme con el mar bravío, desafiando los vientos y las olas más temibles.

Pero no me animé.

Caían lluvias muy fuertes, como latigazos y había ráfagas de viento que daban miedo.

Tampoco Quintín quería que fuera al mar con esa tormenta.

Así que me quedé con las ganas de la aventura dramática.

Me acompaña en estos baños la lectura del diario Pondlife de Al Alvarez, que ahora está nadando en la laguna a 2 grados, digo ahora, porque ahora lo estoy leyendo yo.

La historia de Al y la laguna helada me sostiene en mi proyecto de bañarme todo el año.

En las últimas entradas que leí, Al nadaba en una especie de camino que hacen los guardavidas rompiendo el hielo que se forma en la laguna para que Alvarez y otros cuatro locos como él puedan nadar.

A esta temperatura, y con sus 73 años, se tira al agua, nada 25 metros crawl y vuelve contemplando los pájaros y el cielo londinense mientras nada espalda.

Se ducha con agua fría que le parece caliente, se viste y vuelve manejando a su casa. A veces los guardavidas lo tienen que ayudar a atarse los cordones porque tiene los dedos duros. En estas últimas entradas, cuenta que a veces se queda temblando hasta una hora o más.

Pero que no puede vivir sin ir a darse el chapuzón.

Y a los otros nadadores les pasa lo mismo.

A veces faltan un día, para no sentir que es un trabajo, pero ese día de ausencia, les refuerza el deseo. Se sienten tan miserables sin la natación en la laguna helada, que al cabo de uno o dos días a lo sumo, vuelven rendidos a sumergirse en los témpanos de Hampstead.

Creo que entré en ese camino de ida.

Porque es adictivo. Ellos lo dicen. Y yo lo sé. Lo siento en mi cuerpo.

Hoy, después de dos días de encierro, me sentía agonizando.

Tampoco quería ir al mar, tenía frío, como toda persona normal, pero fui con la excusa de filmar.

Porque ayer filmé un mar bello, con toneladas de espuma que formaban como icebergs volátiles que se deslizaban con parsimonia por la costa.

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Disfruté mucho de contemplar la espuma.

Me paré en la orilla, tenía botas de goma, pero pronto se me inundaron, con el ir y venir de las olas.

Tan feliz estaba que ni sentí el frío de tener los pies flotando en agua de mar.

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Lamenté no tener el traje de neoprene, para poder filmar más cómoda y me prometí volver a la tarde.

Pero ya era la tarde, porque a las 3 volví a casa para recién poner los bifes y almorzar.

Y antes me tuve que sacar las botas inundadas, los pantalones y medias empapados con agua salada.

Me di un baño de pies con agua fría. Se sentía tan agradable.

Y me puse las medias de ski.

Así se fue pasando el tiempo y, cuando me di cuenta, eran las 17.30 hs y ya se iba a poner el sol.

No alcanzaba ni a vestirme. El atardecer es a las 17.37.

Así que hoy sí o sí quería registrar el mar tormentoso.

Yo cumplí.

Pero el mar no.

No había espuma.

Tampoco olas grandes.

Nada de lo que había ayer permanecía.

Igual filmé lo que encontré y me tiré a nadar.

No había nadie en la playa.

Quintín, Solita y un perro negro que se hizo amigo nuestro.

Lloviznaba.

El agua estaba fría.

Hace tres días que no hay un solo rayo de sol.

Me quemaba en la cara.

Pero, poco a poco, me fui acostumbrando y empecé a disfrutar.

Le estoy tomando el gusto al agua fría.

Nunca había llegado hasta este punto.

Con el mar así de frío dejaba de nadar.

Pero este año no lo voy a hacer.

Espero.

No quiero rendirme.

Creo que descubrí un nuevo placer.

El frío y el coraje.

Creo que las dos cosas juntas me hacen bien.

Aunque hay que ver si aguanto tres o cuatro grados menos.

Según lo que leo, la temperatura promedio en junio será de 13 grados. Pero en julio y agosto de 10.

Hoy nadé desde el muelle hacia el Norte, hasta el Aguila.

El entrenador me pidió que saliera del agua porque se moría de frío.

Y tenía razón.

Salí y el vientito del Oeste me hizo temblar.

Troté unos metros para entrar en calor y volvimos caminando a casa por la playa, hasta me metí en los médanos con Solita y su amigo para jugar.

Ducha apenas tibia, té oolong y a escribir.

Sigo con frío, ya no tiemblo y me siento muy bien.

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