Diario intermitente (89)

por Quintín

29 de mayo

Me llegan dos libros de Entropía. Uno de ellos es Trenzas, de Susana Szwarc y cuando me pongo a leerlo descubro que en la contratapa hay un texto de Luis Chitarroni. ¡Otro más!, pienso y me alarmo. Pospongo la lectura y sigo con un libro que había empezado: Stoner, de John Williams, que Salvador Cristofaro de la editorial Fiordo me regaló en la feria del libro. Acá no figura Chitarroni, pero en la tapa se lee “Stoner es una obra maestra. Y punto. Rodrigo Fresán.” Algo parecido opinan en la contratapa Bret Easton Ellis, Emma Straub (¿quién es Emma Straub?), Ian McEwan y Tom Hanks (el actor, supongo). De pronto, se me ocurre que la literatura se divide entre la literatura Chitarroni y la literatura Fresán.

juego

En los noventa, esto quedaba más o menos de manifiesto. De eso habla Literatura de izquierda de Damián Tabarosky. En la entrevista de Letras libres, Chitarroni evoca la época en la que Forn (que entonces era muy amigo de Fresán) dirigía Planeta y él Sudamericana:

Para nuestra conveniencia a veces fingíamos que eran más disímiles de lo que eran en realidad. Siempre conviene que haya un adversario imaginario. Sería interesante que ahora surgieran dos tendencias.

Puede que, efectivamente, las diferencias hayan sido fingidas y que hoy también lo sean. Después de todo, los suplementos literarios son el espacio en el que conviven ambas ideas de la literatura mientras que publicaciones menos mainstream libran sus batallas en el interior de uno de esos territorios.

Pero vayamos a Stoner, libro sobre un señor que enseñó literatura cuarenta años en la Universidad de Missouri escrito por un señor que terminaría enseñando literatura cuarenta años en la universidad de Missouri. Ignoro cuánto tiene de autobiográfica la novela, pero es evidente que Williams (1922-1994) conoce el campo, o más bien el campus, aunque su personaje, William Stoner, es más bien una proyección a futuro que un alter ego. John William enseñaba “Escritura creativa”, que es esa máquina de homogeneizar y profesionalizar la literatura que tienen los americanos, mientras que William Stoner era un académico tradicional, que investigaba cuestiones como la influencia de los clásicos en el Renacimiento y transmitía sus enseñanzas con inaudita pasión.

Williams insiste una y otra vez con la vocación docente de Stoner, un hijo de campesinos muy pobres que va a estudiar agronomía a la universidad y, en las clases que no comprende a medias de un viejo profesor, siente la fascinación por la literatura y el llamado de la vocación. Stoner es la biografía de un personaje al que le ocurren demasiadas desgracias, algunas completamente arbitrarias: su padre trabaja de sol a sol una tierra estéril, su mejor amigo muere en la Primera Guerra, su mujer es frígida, burguesa y psicótica, su hija resulta una alcohólica sin remedio y él debe renunciar a su único y verdadero amor por las intrigas de un colega que lo odia, lo persigue y le dificulta la carrera. Finalmente, Stoner muere de un cáncer y Williams no le ahorra al lector su agonía. Williams lo advierte en la primera página: “para sus colegas más viejos, su nombre es un recordatorio de lo que les aguarda a todos”. El autor tenía 43 años cuando publicó el libro: ni siquiera sabía bien de qué estaba hablando pero se nota que tenía ya algunas cuentas pendientes, sobre todo cuando, con fervor puritano, sostiene la mediocridad tenaz frente al talento inconstante.

Estas crueles calamidades dickensianas están hilvanadas con una prosa que sutura los baches en la personalidad de Stoner, cuya potencialidad está siempre en la sombra. Su inteligencia, su integridad, su capacidad para el amor, la lucha académica o el sexo se le ocultan al lector hasta que la trama las necesita, porque la unidad del libro está dada por una cierta idea de la literatura, de la Universidad y del trabajo docente que Williams hace encarnar en Stoner como mensajes edificantes. Esas tres cosas son sagradas: la literatura como un mundo mágico al que algunos acceden, la Universidad como el reino de la integridad y la protección contra la corrupción del mundo, la enseñanza como trabajo que se perfecciona y se domina con dedicación a lo largo de los años.

Todo esto se narra dentro de los parámetros de la literatura Fresán, básicamente una prosa tersa, que facilita los golpes de timón del argumento. Stoner es un folletín de alta gama cuyo arte es el de disimular la manipulación y los golpes de efecto bajo principios nobles. Hay muchas novelas así. En general las evito, pero esta vez quedé atrapado. Menos que el libro en sí, me preocupa un poco que se lo tome en serio.

Anuncios

7 comentarios to “Diario intermitente (89)”

  1. Yupi Says:

    Ja. Chitarroni el venerable. Yo creo que entre las canas y la barba, para completarla, debería pasearse por Buenos Aires con esas camisolas amplias que usaba Demis Roussos. ¿Fresán vive? Lo hacía en el otro mundo cantando letras de Calamaro.

  2. Maria C.Reiriz Says:

    Leí Stoner con atención por recomendación de un librero al que respeto. No se si es un gran libro, pero, al terminarlo, me dejó una especie de tristeza poética que, en general, relaciono con cierta calidad artística. Me recordó, un poco,ya en el terreno de la poesía, la famosa Antología del Spoon River de Edgar Lee Masters que tradujo tan bien Alberto Girri, para la viejas ediciones de Librerías Fausto. Una especie de resumen de vida que termina en la nada. Me pareció interesante lo que escribió Juan Forn sobre el libro en los viernes de página 12. Creo que lo que atrae un poco de Stoner es la originalidad para la época. Tiene algo de contracara de la “Gran Novela Americana”. Saludos a todos y, de nuevo, buen domingo

  3. lalectoraprovisoria Says:

    Pensaba en lo de la Gran Novela Americana cuando leía Stoner. Tal vez Stoner sea la Pequeña Novela Americana. Pero siempre en mayúsculas.

    Q

  4. Hugo Abbati. Says:

    Muy buena la asociación de Calamaro y Fresán, tal para cual, o al revés. A mí me gustó Stoner, y estoy de acuerdo con María en eso de la melancolía y la buena literatura, cuando la melancolía es de la buena, claro. También la asociación con Lee Masters. Quizá lo mejor de él sea Butcher’s Crossing, una especie de epopeya existencial en la América profunda llevada a cabo, precisamente, por un universitario cansado del asunto. No es Denis Johnson, pero está muy lejos (hacia arriba)
    de Patricio Pron, uno de los seudónimos de Fresán, o al revés.

  5. lalectoraprovisoria Says:

    ¿Vale la pena leer a Denis Johnson? Intenté con algo y no me interesó. Pero tengo unos libros ahí que me miran. De todos modos, insisto en que Stoner es menor y muy tramposo. Y lo de la melancolía lo asocio a una idea muy académica de la literatura. No sé, Saramago, algo así.

    Q

  6. Hugo Abbati. Says:

    Lejos de mí invocar a Saramago, insoportable sujeto que hubo que aguantar durante años llevado de la mano por los incombustibles progres de salón en España. Un maestro ciruela autodenominado “comunista” que se prodigaba en sugerencias morales para gente con ganas de ser rebeldes sin abandonar sus comodidades. No. Cuando hablo de melancolía de la buena hablo, por ejemplo, del relato que hace Céline, en boca del doctor Bardamú, del niño proletario que muere en un banlieu de París sin que nada pueda hacer (en el Viaje… ). O del breve ¡Arre! de uno de los Snopes a uno de los Compton al final del Villorio de Faulkner, dando por cerrada una época de cierta aristocracia sureña y el advenimiento de una democracia plagada de sujetos que hubieran gustado a los Báez, los López (y repugnado a Chateaubriand). O del ánimo oscuro que recorre a Winnie, en Días Felices, del gran Beckett, a lo largo de sus peroratas sólo a medias insensatas, siempre tristes. Y etcétera.
    En cuando a Johnson, su Árbol de Humo, como a Europa Central de Vollman, cuesta entrarle, pero al final hay regalo. Ángeles Derrotados(la novela), y los relatos de Hijo de Jesús, me parecen muy, muy buenos. Y mi asociación con el libro de Williams (Butcher’s Crossing) viene a raíz de una novela breve de Johnson, Sueño de Trenes, en la que narra, a través de un personaje que no da ni para tomarse una cerveza, el período de colonización de los EEUU. En la novela no pasa nada, excepto la época en la que está narrada, donde pasaba de todo. Al final, uno se siente tentado a invitar a cenar al señor que la protagoniza para ver si puede seguir hurgando aquí y allá sobre lo insondable del asunto, del asunto que narra, claro. A algunos buenos lectores amigos les entusiasmó, a otros, igual de buenos lectores, les aburrió. Eso es lo que tienen en común Tolstoi y los grandes escritores, que es difícil ponerse de acuerdo.

  7. Maria C.Reiriz Says:

    No creo que puede invocarse a Saramago y relacionarlo con Williams.
    Stoner me parece un libro más auténtico y Saramago es una suerte de profesional, “progre de salón”, como muy bien dice Hugo Abatti. Williams tiene algo mas secreto. En cuanto a Denis Johnson, solo leí Arbol de sueños y me pareció interesante pero le sobran muchisimas páginas. Me pareció un hijo de Norman Mailer. Pero no puedo juzgarlo demasiado. Leí solo ese libro.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: