Bitácora de la hija de Neptuno (22)

por Flavia de la Fuente

28 de mayo

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua, 14 grados. Temperatura del aire, 15 grados. Viento ESE 28 km. Olas: 0,9. Sol. Subiendo.

Volví al mar.

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Estaba decidida, me dolía todo el cuerpo por no nadar en el agua fría desde hace dos días.

Pero era un día helado.

Siempre parece helado cuando recién salgo de casa.

Con el viento SE, a cerca de 30 km, es imposible no sentir frío.

Pero al rato de caminar contra el viento con Quintín y Solita, el aire nos empezó a vivificar.

Y nos sentimos contentos.

Aunque a mí me dolía un poco la panza de los nervios.

Me daba miedo meterme en el mar.

Lo iba a hacer de todas formas.

Pero me inquietaba.

Porque lo cierto que es algo antinatural.

De hecho casi nadie lo hace.

Pero una vez vencida la barrera del sentido común, se abren horizontes inimaginables de placer y sosiego.

En el camino de ida, Quintín decidió empezar a juntar caracoles normales, uno por día.

Yo, aterrorizada, le pregunté dónde pensaba guardarlos. Nuestra casa es un desastre. Está atiborrada de objetos.

No hay lugar ni para una shell más.

Y el rastreador de caracoles me respondió que los pensaba llevar a Buenos Aires, para tenerlos de recuerdo.

A veces pienso que mi marido cree que tiene una casa tipo la de Neruda, lo que no es el caso.

Pero hoy estuvo sensato, con eso de llevar los caracoles a la ciudad para que nos recuerden el mar, los baños fríos y la playa.

En casa hay libros debajo de las camas, en los placares, y todo el piso del escritorio de Quintín está cubierto de pilas, lo que hace peligroso caminar por ahí.

Es muy tierna la idea de llevar ese recuerdo marino a Buenos Aires. Ya tenemos el primero.

La caminata fue grata salvo porque nos cruzamos con un pitbull que asustó a varios perros y personas, pero, por suerte, el dueño lo sostuvo. Era un animal de temer.

El delfín muerto ya desapareció, o se lo terminaron de comer.

El lobo marino que estaba debajo del muelle se fue al mar, supongo.

Con el Osi nos alegramos porque pensamos que su desaparición era un signo de salud y vitalidad.

Que el bicho había hecho una escala de un par de días en San Clemente y que ahora siguió nadando por los mares del Sur.

Hoy, como es sábado, había bastante gente en la playa.

Unos pescaban, otros paseaban sus perros.

Algunos se sacaban fotos abrazados y sonrientes con el mar de fondo.

Una pareja caminaba descalza en el agua, con los pantalones arremangados.

Me dieron alegría y coraje.

Volvimos a casa a vestirnos y regresamos a la playa.

En ese lapso de tiempo que no fue ni siquiera de media hora, la gente de Mundo Marino había soltado pingüinos al mar.

De lejos, vimos un corrillo y una camioneta.

Pero nos lo perdimos. Llegamos tarde y nos quedamos sin la marcha de los pingüinos. Debe ser un lindo espectáculo.

Ahora yo sabía que hoy me tocaba nadar con pingüinos en el mar.

Se fue el lobo y llegaron los pingüinos.

Nadar en la naturaleza tiene sus sorpresas.

Un día, en marzo, había serpientes.

Venían en los camalotes, por las inundaciones en el Norte del país.

Una señora me vino a decir que estaba preocupada por mí, que habían visto varias víboras saliendo del agua.

Esta mañana, había muchas rompientes de olas amables, no muy grandes pero espumosas.

Cruzamos el muelle hacia el Norte, para no hacer ninguna aventura extraña.

Me metí y caminé, como siempre, hasta que el agua fuera profunda.

Y me puse a nadar.

Primero mojé un poco la cara, porque el agua quema de tan fría.

Pero en nada me acostumbré, es más, me pareció que hoy estaba caliente.

El agua transparente, la espuma blanca, el cielo totalmente azul, solo con nubes en el horizonte, muy lejos.

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El mar estaba muy juguetón porque se viene una sudestada, según indica el Windgurú.

Verde, hermoso, tibio, el mar me llevaba hacia el Norte sin que yo hiciera ningún esfuerzo.

Braceaba lentamente, disfrutando de los movimientos y del paisaje.

Cuando llegué al Aguila, miré el reloj y apenas había nadado 5 minutos.

No y no. No pensaba salir tan pronto.

Así que seguí jugando y nadando un rato más.

No hacía nada de frío y me sentía tan bien.

No sé por qué desde ayer que se me pegó Jingle Bells.

Yo siempre canto mentalmente cuando nado, pero esa canción nunca perteneció a mi repertorio.

Apareció ayer de la nada cuando paseaba por los médanos con Solita. Y ahí se quedó, en mi cerebro, hasta no sé cuándo.

Me da placer esa canción navideña.

Aunque me da pena abandonar mi repertorio habitual, que es el estribillo de Oh, What a Beautiful Morning, la melodía a mi manera de Masters of War y una canción de una película de Esther Williams, Dangerous when wet, que nadie conoce, ni siquiera yo sé el nombre. Pero la canta la familia entera cuando van al estanque a hacer gimnasia y luego a nadar.

Masters of War solo la canto cuando nado mucho tiempo y entro en trance. Una brazada, otra, el ritmo de esa canción es inmejorable para la natación de fondo.

Así que hoy, nadé cantando Jingle Bells, en esta hermosa mañana, de agua deliciosa y cielo diáfano.

Salí del mar cuando vi que me estaba alejando mucho de casa.

Siempre me dan pena el Osi y Soli que me están esperando en la costa. Temo que se cansen de tanto caminar.

Quintín me dijo que apenas me podía seguir a pie de tan rápido que nadaba.

No es que yo braceara rápido, pero la corriente era tremenda.

Yo apenas movía los brazos como en una coreografía.

Pero no saben lo bien que me hizo.

Se me fueron todos los dolores.

Salí del agua y tampoco tuve frío.

Quintín me contó que toda la gente lo felicitaba porque yo nadaba.

Que la gente de Mundo Marino buscaba un pingüino que se había rezagado y que él les dijo que eso negro era yo.

Volvimos caminando los 900 metros lentamente, hoy no sentía frío ni tenía ganas de correr.

Caminamos tranquilos, gozando de la mañana tan agradable.

“Es lindo caminar”, declaró el Osi.

Está bueno que aprenda, aunque sea después de vivir casi doce años en San Clemente.

Quizás el año que viene hasta se compre un traje y nade en invierno conmigo.

Ahora a almorzar bifes con radicheta y el caldo que nos sobró del puchero.

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