Bitácora de la hija de Neptuno (21)

por Flavia de la Fuente

27 de mayo

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua, 13 grados. Temperatura del aire, 13 grados. Viento SSE 30 km. Olas: 0,9. Nublado. Marea bajando.

Ayer no fui a nadar.

Hoy me dolía todo el cuerpo como si tuviera gripe, me sentía mal.

A la mañana llevé a Soli a la playa para que hiciera caca, la pobre tiene esa manía, espera a que yo la lleve, teniendo todo el jardín para ella.

Soliyelárbol.IMG_2373

Pero no, se aguanta hasta que yo la saco afuera.

Y eso me obliga a ir a la playa.

Muero de culpa si no lo hago.

Creo que me tomó el tiempo. La perra la tiene clara.

Ni bien cumplimos la misión, volvimos a casa.

Hacía un frío tremendo.

Tomamos un ratito de sol en la puerta de calle y, no sé bien cómo, dejé a la perra afuera.

¡Menos mal que no me di cuenta!

Me habría agarrado un infarto si buscaba a Soli por casa o en el jardín y no la veía.

No sé cómo ocurrió, pero la cuestión es que Quintín salió a la calle para ver si llovía y se encontró con Solita parada en la puerta de calle.

Cosas peores han pasado en mi familia.

Una vez, mi abuelo Simón que era viajante de comercio y estaba acostumbrado a andar solo por la ruta, se olvidó a mi abuela en la estación de servicio de Chascomús.

Por suerte, mis padres, mi hermana y yo viajábamos junto con ellos en otro coche, así que nosotros llevamos a la abuela abandonada.

Volviendo al día de hoy, con Q fuimos a hacer trámites a Gral. Lavalle.

Es lindo ir de vez en cuando a ese paraje.

Es muy campestre y tranquilo.

Todos soñamos con vivir ahí, pero el único problema es que no hay mar.

Hicimos el trámite que resultó engorroso y, para sacarnos el malhumor, lo invité a mi marido a tomar un té con medialunas a una posada muy coqueta y alegre que hay frente a la plaza.

Entramos y Q sintió el olor a almuerzo, a fonda, y las medialunas se convirtieron en colita al horno con papas para los dos. Y no sé qué se habrá comido de postre, porque mientras tanto, yo filmaba en el jardín los cielos otoñales.

cielo.IMG_2357

Siempre pienso en hacer una película en Gral. Lavalle, es un lugar quedado en el tiempo.

Casas viejas de principios del siglo veinte, quizás alguna de fines del diecinueve, la plaza, el campo, la ría con el puerto. La comunidad coreana casi invisible.

Un placer.

Comimos, filmé un poquito y volvimos a casa.

Estamos apenas a 25 km.

Desde ayer que quiero subir al blog las reseñas que escribieron mis amigos Sebastián Rosal y Geraldine KS sobre mis películas que están pasando estos días en el festival EPA.

Y nunca me dan los ánimos.

Porque los festivales me ponen nerviosa.

Así que llegué y empecé a dar vueltas de nuevo, con una angustia difusa que me impedía hacer nada.

¿Voy al mar?

No, ya es tarde.

Voy a tomar mucho frío, pensé.

¿Qué hago de mí?

Nada mejor que un perro para terminar con las tribulaciones.

Por algún motivo, me empecé a sacar las botas y Solita interpretó el gesto como: “!Sí, vamos a la playa!”

La perra me empezó a seguir como una sombra moviendo la cola, con esa ansiedad que bordea la desesperación.

Y, de nuevo, no la pude defraudar.

Así que salimos las dos a pasear.

Pero esta fue una caminata seria.

Anduvimos un kilómetro y medio por los médanos, yo caminando y Solita corriendo.

Soplaba un viento Sudeste helado de frente, justo lo que necesitaba la hija de Neptuno.

Subíamos y bajábamos por el terreno pesado.

La perra me hacía reír con sus corridas y sus aventuras.

En un momento intenté sacar una foto de un árbol, me tiré al piso para hacer bien el contrapicado y Solita no me dejaba en paz, me jugaba como si yo fuera otro perro.

árbol.IMG_2374

Dejamos tranquilo al árbol y seguimos nuestra caminata.

Cuando llegamos al punto de siempre, al que vamos con Q todos los días, dimos la vuelta.

Teníamos viento a favor.

Así que volvimos en nada, regresamos volando.

Caminata curativa, maravillosa.

La arena firme, el mar violento, el aire helado, gaviotas de diversos tipo.

Había una toda blanca, otras grises con picos rojos y la clásica blanca y negra con pico anaranjado.

Llegamos al muelle y yo no quería volver.

Quería más endorfinas, más todo.

Era un paseo tan encantador.

Decidí caminar más, pero a los 500 metros Solita ya no corría y me dio miedo que le hiciera mal. Había trepado corriendo demasiados médanos.

Volvimos hacia el muelle.

En el camino filmé unos vines de las gaviotas, del agua.

La belleza me estimulaba, el frío me colmó de alegría.

En nada llegamos de nuevo al muelle y de nuevo no quise volver a encerrarme en casa.

¿Por qué abandonar cuando uno se siente ligero y feliz?

Me permití ir 500 metros más para el Sur.

Pero Soli me miraba como pidiendo socorro, así que decidí, pese a mis deseos de caminata eterna, volver a casa.

Nos cruzamos con una señora de mi edad, que también iba eufórica por la playa.

Me pidió que le sacara una foto con el mar. Le saqué como diez. Se la veía radiante a ella también.

Entramos a casa y Soli se tomó un litro de agua.

Y ahora, está adentro, detrás mío, ovillada, descansando después de la aventura.

Así que ahora, gracias a Soli, les puedo contar que hoy dan mi película Días de lluvia en el nuevo festival del Palomar, EPA cine.

Está bueno el festival y los organizadores lo hacen con mucha dedicación y buen gusto.

Anteayer dieron Esmeralda, un corto que filmé en el jardín de casa.

Esto escribió Sebastián Rosal:

Sombras de ramas y hojas sobre una pared desnuda, a veces desdibujadas hasta llegar casi a la abstracción. El sonido refuerza la ambivalencia. Los tres minutos de Esmeralda condensan y reafirman el cine de Flavia de la Fuente, quien con mirada de orfebre sigue revelando delicados universos allí donde parecía haber nada.

Me parece un texto muy bello.

Y hoy dan Días de lluvia, mi última película. Es un film muy íntimo sobre nuestra vida en San Clemente con las perras.

Esto escribió Geraldine Salles Kobilanski para el catálogo del festival EPA.

¿Alguna vez, queridos espectadores, han manifestado sus emociones escribiéndolas, fotografiándolas o dibujándolas? Uno de los mayores referentes del diario fílmico es nuestro dear friend Jonas Mekas, un lituano errante al que las cartografías bélicas, que siempre se vuelven a dibujar con ímpetu destruyendo la sensibilidad particular por sobre la voluntad política de nación cualquiera, lo llevaron a refugiarse en los benditos EE.UU. Aquí, en esta parte del globo terráqueo, a veces olvidada, emerge desde la costa sanclementina el diario fílmico de las manos sensibles y bondadosas de Flavia de la Fuente. Mientras que con Mekas seguimos sus pensamientos a través de su voz en off, con de la Fuente los seguimos mediante la palabra escrita. Días de Lluvia cuenta las consecuencias de un ataque casi fatal entre las hijas caninas de la directora y su marido Quintín. Los días transcurren silenciosos, entre la lluvia y las flores que se marchitan. Las formas cinematográficas lituanas y sanclementinas revelan destellos de belleza y ternura en la cotidianidad de un mundo inmensamente aciago.

Geraldine me compara con Mekas. Es un honor, aunque me parece demasiado.

Otro texto hermoso.

Con Sebastián y Geraldine terminé siendo amiga, pero todo empezó por las películas.

Geri, así le decimos, escribió un artículo que me encantó sobre mis dos primeras películas, 15 días en la playa y El paseo. Y tuve ganas de conocerla.

Lo mismo pasó con Sebastián.

Y ahora somos como familia. Hasta vinieron a San Clemente y con la intrépida Geri nadamos juntas en el mar. A Geri la estoy esperando para que nos demos un baño de frío el 21 de junio.

Lo más raro que me pasó con las películas fue la aparición por Facebook de un italiano llamado Francesco Cazzin.

El joven me dijo que había leído no sé dónde, supongo que en el catálogo de algún festival, que yo había filmado un diario y que a él le interesaba el género y que quería verlo.

¡Hasta me preguntó cuánto le cobraba por el visionado!

Le di Diario de un corto, que era lo que me había pedido, y escribió una crítica tan interesante como oscura, muy difícil.

Le conté que había una continuación de esa película, Días de lluvia, y me dijo que quería verla.

Le pasé el link y me escribió diciendo que también le había encantado y escribió otra reseña, todavía más difícil.

Esta me la tradujo el amigo cinéfilo Fernando Pujato, que casualmente, también trabaja en el EPA Cine.

Días de lluvia (Argentina, 2015, 44 ‘) es la secuela de Diario de un corto (Argentina/Chile, 2015, 18 ‘) pero, en todo caso, no es su continuación, sino más bien la brecha, aquello que interrumpe el primer cortometraje: si allá existía el trabajo de un interior para volcarse hacia fuera, aquí se trata de un retenerse en la interioridad, lo cual no significa, sin embargo, que Días de lluvia no tenga en cuenta la llamada* (la traducción literal es grito) del afuera. De hecho, si Días de lluvia es, correctamente, la secuela de Diario de un corto, lo es en la medida en que escapa a lo que era y que, aquí, nosotros ya no podemos escuchar ni ver. Flavia de la Fuente se bloquea en la casa, que, como decía Bachelard, es el espacio por excelencia de la poesía, de la interioridad plegada del exterior que se despliega–no fuera de sí, pero internamente, privadamente. Ahora están las flores, el perro que fue mordido y lo que ya no existe, todo un dinamismo de la privacidad que fluye en sí mismo, sin ampliarse, simplemente vibrando, resonando en un espacio confinado pero no encogido. Por lo tanto, es esta vibración la que se captura, la que emana, tanto es así que, como último recurso, se puede llamar a esta película como la vibración ostensiva del gesto mismo, que hace de Días de lluvia algo desplegado pero no explicado; de hecho, si el espacio de la interioridad puede todavía resonar, vibrar, sólo puede hacerlo por sí mismo, y por lo tanto sin explicación, porque la explicación es siempre para un “otro”, para algo que no está aquí sino ahí; en otras palabras el cine. Una vez más, no se trata de hacer cine sino de expresarse a través del mismo, como si no hubiera suficiente tiempo o espacio para poder decirse sin quedar atrapado, enjaulado por una totalidad generalizadora que termina por aplastar aquello que es siempre más puro, siempre se posee, y contemporáneamente es. Bien, ahora el exterior vuelve a la superficie, manifestándose con una profundidad que no puede ser dicha y, de hecho, deja incluso afásica una profundidad que, como tal, es sólo efecto de superficie. Y la superficie es la ventana, la ventana desde la que Flavia de la Fuente ve el paisaje del afuera, la ventana de Ken Jacobs, Windows (USA, 1964, 12 ‘), producto de una original irreductibilidad entre película y pantalla, pero también la ventana de Paul Clipson, Bright Mirror (Estados Unidos, 2013, 9 ‘), de alguna manera, porque aquella ventana es palpable, no una simple superficie sino un efecto de superficie, por lo tanto algo exterior muestra, sólo que no se manifiesta más allá de ella, sino también, sobre todo materializando su materialidad, rociándola con gotas de lluvia por ejemplo y aquí está el sorprendente movimiento de Flavia de la Fuente: no es mirar desde el interior la vida exterior sino al revés y es justamente esta mirada la que da un vibración a través del cual la vida interior puede vivir su propia elaboración, y no hay ningún trasfondo existencial en todo, porque no es Sartre, el Otro que me objetiva, sino más bien Foucault, aquél del pliegue, de la interioridad como pliegue del Afuera. El cine, aquel de Antonioni, no es más ahora el cine general, aquello que se mira, sino la imagen que tiene el cine de sí mismo, porque Flavia de la Fuente no es que “ve” a Antonioni sino más bien lo experimenta, lo siente tanto en su interior como para no poder arrancárselo de su mente, sentirse obsesionada y vivirlo y vivir ella misma, como plegada de la exterioridad, como lo son los films de Antonioni, internalizados finalmente como un movimiento plegable. Y quizás ese es el punto, la conclusión del díptico iniciado con Diario de un corto: que es verdaderamente un Afuera y el cine es el grito de la Otra parte y ciertamente no puede ser oído si nuestro ambiente es el del silencio pero, sin embargo, puede verse, y, básicamente, no es cualquier cosa menos que esto, ver el grito en el silencio; acaso este Otro solamente es disponible cuando es interno a nosotros mismos -cuando la imagen es nuestra propia imagen, como una encarnación del Exterior que, inevitablemente, se proyecta en nosotros, doblándose y necesita su oportunidad en nuestro ojo, para lograrlo.

*El paréntesis es mío

Difícil el texto.

Y gracias Pujato por el trabajo de traducirlo.

No sé a qué hora pasa mi película.

Espero que alguien la haya ido a ver.

Me da pena no estar ahí, pero no puedo abandonar tanto tiempo a mis perras en casa.

Por suerte, mis amigos Geri y Sebas me cuentan cómo va todo por el Palomar. Dicen que el festival empezó muy bien y están contentos.

Ya es hora de la merienda.

Quintín está cansado, aunque hoy no caminó ni una cuadra.

Veremos si lo reanimo con una rica merienda con lemongrass, medialunas y tostadas de pan multigranos con mermelada de corinto.

Es todo por hoy.

Mañana vuelvo al mar.

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2 comentarios to “Bitácora de la hija de Neptuno (21)”

  1. burzaco Says:

    Muy lindo relato. Si te comparan con Mekas en algún texto uno crece un par de centímetros.

  2. lalectoraprovisoria Says:

    Gracias, Burzaco. El diario de Mekas, el escrito, Ningún lugar adonde ir, es uno de mis libros favoritos.

    Un año lo leí como dos veces seguidas y no podía parar de citarlo.

    A Mekas, a quien no conozco personalmente, lo siento como un gran amigo.

    Saludos,

    F

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