Bitácora de la hija de Neptuno (19)

por Flavia de la Fuente

24 de mayo

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua, 15 grados. Temperatura del aire, 12 grados. Viento NO a 28 km. Olas: 0,5 m. Sol y nubes. Marea bajando (o subiendo).

Buenos días a todos.

Hoy pensaba no hacer nada, pero mi entrenador me miró con cara extraña y me invitó a hacer la rutina de ejercicio.

Paseamos con Solita por la playa hoy firme y con un fresco viento del Norte que nos empujaba.

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Pasamos al lado del delfín muerto, al que Soli le tiene ganas y yo terror de que lo toque. Creo que gané yo y no se acercó demasiado.

En el camino Q juntó un montón de shells de lo más variadas. Una roja, una fósil, varias amarillentas.

Yo encontraba caracolitos lindos, pero no los juntaba, porque nosotros solo coleccionamos shells. Es la especialidad de la casa.

Sin embargo, me habría gustado encontrar algún farito, pero no vi ninguno.

Los faritos me traen recuerdos de infancia, de juntarlos en la playa con mi papá, mi mamá y mi hermana. Pero hoy no vi ninguno.

Quizás mi vista no sea ya lo suficientemente potente para encontrarlos. Los faritos son diminutos, casi invisibles. Eso pensó Quintín. El hace años que no ve ninguno.

Bajo el muelle seguía tirado el lobo marino. ¿Estará enfermo o solo descansando?

Volvimos a casa y me vestí lo más rápido que pude para ir nadar.

Había desistido de los planes de ayer, de morirme de frío y nadar 20 minutos como los checos del Moldava.

Me asusté de mis propias palabras, del deseo de tener cada día más frío, de temblar y temblar.

Quintín también se había asustado y me lo dijo.

Así que me dirigí a la playa con la idea de cruzar el muelle y tardar entre 10 y 15 minutos.

Nada de fríos extremos.

Un agradable baño vivificante. Con eso es más que suficiente.

Lo que ayer me dio un poco de aprensión es que estuve viendo otra página, seatemperature, donde está la temperatura de todos los mares, día a día, en todo el mundo.

Y ahí decía que en San Clemente estaba a 13 grados, no a 15 como afirma el Windgurú.

Hay demasiadas imprecisiones en mi vida.

Necesito un termómetro para medir el agua.

Lo cierto es que viendo un gráfico que compara la temperatura de este año y la de 2015, se nota que ahora está 4 grados más abajo que el año pasado.

Y de esos datos yo doy fe. No sé la temperatura exacta, pero sí siento que está 4 grados más fría. O 5, no lo sé, pero mucho más fría.

El año pasado a esta altura nadaba sin ningún problema. Podía hacerlo media hora sin sentir que me pinchaba la cara ni nada raro.

En fin. Me parece que no hay que leer tanto.

Hay que nadar.

Llegamos al muelle y la pizarra decía que el mar había empezado a subir hace 10 minutos.

Como ayer funcionó, decidí hacerle caso y meterme al Norte del muelle y dar la vuelta.

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Aunque no me terminaba de convencer el viento Noroeste, que me podía jugar en contra.

Pero me dije, vamos a nadar y listo, contra viento y marea.

Me metí lentamente, caminé, salté olitas, me fui mojando y a los tres minutos me zambullí porque no hacía más pie.

Tenía que nadar hasta después de la segunda rompiente y recién ahí emprender el cruce el muelle.

Llegué rápido y de pronto me di cuenta de que no había más agua, que estaba en un banco de arena.

Me paré y caminé hasta que se hizo profundo de nuevo.

Ya estaba más adentro que la punta del espigón, pero para no cometer el error de ayer de pasar cerca de las tanzas, nadé más hacia adentro.

Las olitas me chocaban y era agradable.

Miré para atrás y noté que no me había desplazado hacia el Norte, como esperaba. Eso es lo que ocurre cuando la corriente sube.

Pero confié en mis brazos y decidí igual luchar contra la marea.

No fue una tarea fácil.

Braceé diez minutos y no lograba pasar el muelle. Y el muelle estaba a nada.

Empezaba a sentir frío.

Tenía los pies llenos de agua y eso me daba una sensación de debilidad, de falta de potencia para nadar.

No es que yo use los pies demasiado, pero los pies pesados son un incordio.

Braceé y braceé y me parecía que nunca iba a llegar al muelle.

Pensé en volver lo andado, que habría sido lo razonable, pero no quise frustrarme.

Recordé a Esther Williams, Katie, cruzando el Canal de la Mancha, y esa imagen, como siempre, me estimuló.

El muelle estaba siempre en el mismo lugar.

Yo nadaba y nadaba y no lograba pasarlo.

Preocupada, me puse a bracear en diagonal hacia el Norte.

Ya estaba por lograr pasar el muelle, pero también estaba lejos de la costa.

No tenía idea de cuánto tiempo me iba a demorar la salida.

La verdad es que hoy sufrí.

El frío me mete miedo, porque si me congelo no voy a poder nadar.

Ese es mi mayor miedo. El tiempo que pasa y el agua que enfría el cuerpo.

Finalmente, lo más relajada posible, logré pasar el muelle y salir a la playa, a unos cincuenta o cien metros.

Había nadado 23 minutos, que a mí me parecieron una eternidad.

Me sentía cansada, pesada.

¡Tenía las pantorrillas y los pies llenos de agua!

Cuando me di cuenta, tiré de la punta de cada pierna del traje y las aguas cayeron a la arena.

Fue un placer caminar después de haberme liberado de ese lastre.

El Osi me dijo que él me había hecho señas de advertencia, que me indicaba que tenía que volver.

Pero yo no lo vi.

Me regaló otra shell hermosa que encontró mientras yo estaba en el agua.

También me felicitó por mi coraje y me preguntó si estaba contenta.

Y la verdad es que no, que había sido una natación con demasiado suspenso. Y a mí el suspenso no me gusta.

No me meto más contra viento y marea en el mar frío. No es una buena idea.

Pero, sin quererlo, logré cumplir mi deseo de ayer.

Nadé, me bañé y me quedé con frío un par de horas.

Ni siquiera pude leer a mi amigo Al Alvarez en el Kindle, porque tenía los dedos dormidos, aun después de las tres tazas de oolong.

Recordé que en algún lugar había leído que lo mejor era estar en movimiento.

Así que me puse a guardar la ropa limpia, a sacar lo que había puesto en el lavarropas y a tenderlo.

Subí y bajé varias veces las escaleras, porque el tender está arriba y el lavarropas está abajo.

También les di de comer a las perras en la casita de al lado.

Y después de todo ese ajetreo me empecé a sentir mejor.

De pronto la vi a Soli tomando sol debajo de mi escritorio.

Me pareció que la perra me daba una buena idea.

Y aquí estoy, ya calentita, lista para hacer el almuerzo y con la bitácora escrita ayudada por el sol que me da en la espalda.

Fotos: FyQ

2 comentarios to “Bitácora de la hija de Neptuno (19)”

  1. janfiloso Says:

    Decile al coach que suspendan hasta la primavera jajajaja

  2. lalectoraprovisoria Says:

    Es que es linda esta aventura. Seremos cuidadosos, lo prometo.

    Besos, querido Janfi!

    F

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