Bitácora de la hija de Neptuno (18)

por Flavia de la Fuente

23 de mayo

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua, 14 grados. Temperatura del aire, 13 grados. Viento N a 5 km. Olas: 0,3 m. Sol y nubes. Marea bajando.

Hoy Quintín se levantó a las 7 de la mañana y se puso a escribir.

Siempre me alegra saber que amaneció productivo y lleno de energía.


Recién a las 8, yo salí de la cama, con mucha pereza, y tomamos el desayuno catalán.

Hacía mucho frío.

Fue una mañana rara.

Como yo odio que me interrumpan cuando escribo, no le dije a Quintín de salir a caminar, me pareció que estaba bueno que terminara su diario y que después hiciéramos nuestro ejercicio.

Así que mientras él trabajaba yo hice las tareas de la casa, filmé con la Gopro, tomé un ratito de sol en la puerta con Solita, prendí el fuego, en fin, que se hicieron las 12.30 y seguíamos en casa.

Me dolía todo, la cabeza, la espalda. Seguro que anduve haciendo contorsiones raras con el cuerpo mientras filmaba en el jardín. Cuando filmo, hago movimientos forzados o me quedo inmóvil durante un minuto en una situación complicada, como si yo fuera un trípode. Y soy un trípode viejo. De ahí deben venir los dolores.

No tenía ganas de ir al mar, pero pensé que acaso un buen baño terminaría con todos mis males.

Ni bien terminamos de subir el diario de Q al blog, hicimos la caminata de siempre.

En el camino vimos un delfín bebé muerto. Ya estaba ayer tirado en la playa. No se sabe por qué, pero este año aparecen muchos delfines muertos en la costa del Atlántico, al menos en la provincia de Buenos Aires. Es cierto, nosotros vimos unos cuantos desde el final del verano.

Lobomarino.P1070578

También vimos un lobo marino, bien vivo y grande, debajo del muelle. Sus rugidos metían miedo. Pero el bicho parece inofensivo si uno no se mete con él.

Volvimos a casa y estábamos exhaustos. Hacía calor. No es que hiciera calor, pero 13 grados sin viento y sol de frente (a la vuelta), y caminando duro por la arena blanda da para andar con ropa ligera y nosotros llevábamos abrigo como para Siberia.

Hasta Solita se acaloró y se dio un chapuzón para refrescarse.

Solitasebaña.P1070591

Llegamos a casa y en 15 minutos ya estábamos listos para ir al mar.

Nuevamente nos enfrentamos con el dilema de las mareas. La diferencia entre el muelle y la internet es de dos horas.

Pero hoy era claro que el mar estaba bajando, se veía la marca en la arena.

Hoy ganó la pizarra del muelle.

Como vi con mis propios ojos que el mar estaba bajando, y que además estaba calmo y aceitoso como el Mediterráneo, decidí meterme al Norte del muelle y pasar nadando hacia el lado Sur.

Así lo hice, pero pasé demasiado cerca del espigón, tan cerca que me tuve que agachar para no llevarme por delante una tanza. En fin, cosas que no tengo que hacer más.

El agua estaba hermosa y en dos minutos ya había pasado el muelle, así que seguí braceando rítmicamente, mirando el cielo con nubes, el agua.

A mí me gusta nadar con la cara adentro del agua y sacarla solo para respirar cada 8 o 10 brazadas.

Pero hoy me resultaba un pecado no mirar el paisaje tan delicioso que me rodeaba.

Cambié entonces mi manera de nadar. De a ratos con la cara en el agua mucho tiempo, de a ratos, de la manera tradicional, respirando cada dos brazadas, bien lentas, para poder contemplar la belleza del mundo.

En un momento dado, miré hacia la costa y los vi a Q y a Soli que se acercaban al Fontainebleau, mi límite Sur de natación fría.

Ya habíamos llegado y yo no quería salir todavía.

Nadé unos metros más y de pronto pensé que quizás mi entrenador estaba cansado, que debía salir para que volviéramos a casa.

Nadé derecho hacia la playa y me reencontré con mis seres queridos.

¡Qué lindo es salir del agua y que Soli y el Osi me estén esperando!

Como no hacía nada de frío, volvimos caminando y charlando con el entrenador, que, efectivamente, estaba muy cansado, aunque me dijo que nunca saliera del agua por ese motivo, que mirarme nadar no le daba cansancio.

Solita, por su parte, estaba en la suya, buscando algo bien podrido para comer antes de volver a casa.

Y mientras regresábamos pausadamente al muelle, yo encontré una shell y se la regalé al Osi de mi corazón.

Era un mediodía tan encantador. Apacible como hay pocos.

Me bañé, hice el té oolong y ni bien lo terminé Quintín me dijo que había escrito otra entrada del diario, esta vez sobre fútbol.

¡Qué alegría! Me da felicidad que el Osi escriba mucho. Creo que le hace bien.

¿Y cómo no va a estar cansado?, pensé. Eran las dos de la tarde y ya había escrito dos artículos.

Hoy no tuve mucho frío en ningún momento. Siempre tengo un poco de chuchos después de bañarme, pero nada tremendo.

Y la verdad es que extrañé tener mucho frío, temblar como ayer, después de nadar 20 minutos.

Me pareció raro desear una sensación desagradable, pero parece que esto del frío es así, que produce adicción.

Es que el bienestar posterior es directamente proporcional al sufrimiento. Más frío y cansancio, mayor serenidad todo el día. Más endorfinas. ¡Qué rico!

Sin embargo, pensé que estuvo bien que hoy hubiese nadado unos 12 minutos y que no estuviera agotada.

Todavía tengo que escribir la bitácora, editar las fotos, mirar lo que filmé, hacer la merienda, la cena y también las compras.

Los días en San Clemente son muy laboriosos.

Pero es una vida muy linda, con una disciplina de regimiento de infantería, pero tiene lo suyo.

Mañana, aunque la temperatura del agua sigue bajando, vuelvo a los 20 minutos, como los increíbles checos del Moldava, con el agua a 2 grados y sin traje de neoprene.

Fotos: Quintín

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4 comentarios to “Bitácora de la hija de Neptuno (18)”

  1. janfiloso Says:

    Bravo!

  2. lalectoraprovisoria Says:

    Gracias, Janfi!
    Besos,

    F

  3. Santiago Giralt Says:

    Cómo me gustan estos diarios tuyos Flavia!!! Soy fan. Y cuando las frases se vuelven breves como pinceladas, es poesía.

  4. lalectoraprovisoria Says:

    Gracias, Santiago! Tus palabras son como caricias.

    Besos,

    F

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