La esposa y el artista (un recuerdo)

por Yupi

César Aira en Madrid

Anoche tuvo lugar en Madrid el acto central de una serie de homenajes a César Aira que ya lleva toda la semana de artículos, coloquios y entrevistas. La noche no empezó de la mejor manera. Tres exposiciones de sendos oradores demasiado largas y vacilantes, como músicos que perdieron la partitura, amenazaban la atención del auditorio. Todo giraba interminablemente sobre lo mismo. Otra vez Duchamp, las artes plásticas, el procedimiento. ¡Como si eso fuera todo! Por poner un ejemplo, no hubo una sola alusión a Osvaldo Lamborghini. Más que de Aira era como si hablaran de un desconocido visto de atrás. Puede argumentarse que las introducciones son inevitables y que por más lazos comunes con España en definitiva todos los argentinos son extranjeros (menos yo). Es una explicación atendible, pero lo cierto es que el acto corría el riesgo de naufragar en la generalidad. Hasta que por último le dieron la palabra al homenajeado. Y se hizo la luz.

Aira dijo que él había supuesto que le harían preguntas sobre su obra, y que agradecía haberse equivocado, porque la maratón de entrevistas recientes le había hecho comprender que no sabía nada. Ni de Duchamp, ni del arte contemporáneo, ni de nada. En cambio, como estaba allí por ser escritor, podía leer a los asistentes algo que había escrito noches pasadas. Lo que sigue es la transcripción del texto.

Vic - canto 003[1]

Hoy me volvió, quién sabe por qué, un recuerdo de mi infancia en Pringles. Quizás con la ayuda de la fantasía aluciné que estaba en el comedor de la casa de entonces, y me pareció oír la voz de mamá. Hablaba mucho en las comidas. Llevaba, como se dice, la voz cantante. Papá se limitaba a intercalar un comentario acá y allá. Ella contaba toda clase de historias, evocaba, criticaba; sobre todo, criticaba. Era una censora implacable de taras, errores, defectos de parientes, vecinos, conocidos. El pueblo entero era sometido a un severo examen que invariablemente reprobaba.

Lo que recordé, y aun antes de tener bien en claro el recuerdo ya sentía que era muy propio de ella, fue que criticaba a una señora del pueblo. Lo hacía a expensas del elogio inopinado a su marido. El hombre en cuestión tenía, según ella, importantes dotes artísticas, además de ser un intelectual nato, pero no había podido desarrollar sus cualidades por culpa de su esposa. Papá, que seguramente lo conocía y tenía alguna relación comercial con él, como la tenía con todo el pueblo, debió de sonreír al oír lo de las “dotes artísticas” y lo del “intelectual nato”. Pero mamá estaba lanzada. La esposa no lo alentaba, al contrario, lo achataba con sus reclamos de ignorante, de ama de casa sin inquietudes culturales. “¡Qué lástima!”, exclamaba en su papel de curadora autodesignada del tesoro cultural de Pringles. Por culpa de un matrimonio inadecuado, se perdía una mente valiosa y todo lo que podría haberle dado al mundo.

Quedé intrigado al recordar esto. ¿A quién se refería? ¿Qué interesante personaje, quizás propietario de una buena biblioteca, me había perdido en mis años de soledad en el pueblo? Quizás alguien que habría podido leer mis primeros balbuceos literarios, y alentarme, como a él no lo alentaba su esposa. Él también habría estado buscando un alma gemela en la que volcar sus inquietudes, así fuera un imberbe. Creía oír las palabras de mamá, los gestos, su convicción vehemente, pero no recordaba el nombre, ni lo recordaría nunca. Todos los nombres del pueblo, la onomástica de mis primeros años puedo recitarla entera pero como pura exhibición verbal, sin adjudicarle un nombre a una cara, salvo la de los parientes y la de los vecinos inmediatos. No me habría servido de nada recordarlo, pero me habría gustado ponerle una cara. Habría sido como recuperar una de las esperanzas de las que estaba hecha mi vocación.

Sin embargo, algo me sonaba a hueco en todo el asunto. Ya esa sonrisa subrepticia que había imaginado en la cara de papá me hacía desconfiar, una resonancia de repetición devaluaba el recuerdo. Quizás no recordaba de quién se trataba porque se trataba de muchos. Dejé de ver lo que me rodeaba para embarcarme en una investigación más prolija. Entonces los damnificados por su matrimonio empezaron a venirme en tropel.

Inaugurando la procesión se me impuso una escena que por dolorosa había quedado representándose en mí. Yo tenía unos diez años. Estábamos en la casa de mi abuela, y uno de mis tíos se quejaba con amargura del fracaso que lo perseguía en sus esfuerzos por manifestarse como actor. Histriónico, muy expresivo, era actor en cada fibra del cuerpo y el alma. Tenía pasión por el teatro, había participado en grupos dramáticos, pero todo volvía siempre a la nada, todas sus iniciativas y esfuerzos saboteados por la indiferencia, la precariedad de medios, la mala suerte. Los hermanos y cuñados que estaban en ese momento lo consolaban refiriéndose al ambiente poco propicio del pueblo, o le elogiaban las actuaciones que le habían visto, o hacían mención a su relativa juventud y lo que todavía podía hacer en el futuro.

Mamá, que se había mantenido callada, abrió la boca al fin para decir que toda la culpa era de su esposa (que no estaba presente): “Tu única mala suerte fue casarte con una mujer que no te comprende ni tiene la capacidad para acompañarte”. Se hizo un silencio incómodo. Mi tío no dijo nada, se levantó y se fue sin despedirse, desolado. Mamá estaba radiante de su triunfo. Me pareció algo muy cruel de su parte. Yo había notado antes esa veta sádica en ella, y lo poco que le importaba crear situaciones sumamente incómodas.

Renuncié a identificar al marido de aquella vez en la mesa porque podía ser cualquiera de la legión que recordaba. Estaba el dentista, igual que mi tío un entusiasta del teatro, infaltable cuando venían compañías de gira, siempre solo. Esta última observación era de mamá, que no podía sino adjudicarle a la esposa el desinterés por todo lo que fuera cultura. ¿Qué podía esperarse de esa vaca gorda ignorante, limitada a hacer la comida y barrer la vereda? Y él un hombre fino, sensible, marchitándose en la soledad matrimonial. Y estaba el presidente de la comisión directiva de la biblioteca, hombre cultísimo, que podría haber llegado a ser un gran escritor si no fuera por el freno de la bruta de su esposa que en su vida había abierto un libro. Además de frustrarlo, lo había llevado al alcoholismo. Y estaba también un amigo de la juventud de papá, artista pintor, dandy, gran lector y viajero: su gran error había sido casarse con una mujer sin vuelo, por no decir sin cerebro.

Papá, que debía de estar más acostumbrado que yo a estas opiniones, y en general las dejaba caer, en este caso hizo una observación. La esposa de su amigo era rica, y eso era lo que le permitía al marido las veleidades culturales. Mamá descartaba la objeción. ¡Ni toda la plata del mundo podía compensar la desgracia de tener una esposa que no estaba a la altura de un hombre sensible! Otro caso más: Triano, también pintor. Podría haber llegado a ser un Berni de no ser por esa esposa banal que lo había atado al pueblo y a vegetar en el oficio de fotógrafo. Y había más, muchísimos más.

Mi madre era una descubridora de talentos. Los encontraba allí donde otros no veían más que un vecino común y corriente. Y aunque lo hacía no por el talento en sí (la cultura le importaba bien poco, dijera lo que dijera) sino para descalificar a las mujeres y ponerse ella en un plano superior de refinamiento e inteligencia, quizás acertaba. Quizás realmente había en el pueblo, mimetizados en la chatura y el analfabetismo funcional, una gran cantidad de hombres con talento artístico, cultos, lectores, creativos.

Yo de adolescente veía a Pringles como un páramo cultural, y me cerraba, esperando con ansiedad la hora de irme a Buenos Aires en busca de un medio más propicio para las letras y las artes. A la luz de estos recuerdos me pregunto si no habrá sido un error. Porque si había un gramo de verdad en la palabra de mamá, Pringles rebozaba de gente afín a mí, y no estaban como en Buenos Aires, en sus cenáculos, a los que yo tardaría décadas en penetrar, sino disponibles, sedientos, ellos también, de contacto.

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11 comentarios to “La esposa y el artista (un recuerdo)”

  1. La Novia de Troll Says:

    Yes!!

  2. FedericoR Says:

    ¡Gracias, Yupi! Un as.

  3. Yupi Says:

    El otro día Quintín aventuró que tal vez Aira esté escribiendo en secreto una novela de mil páginas. No me extrañaría que así fuera. En cualquier caso un gran cierre del Doctor. Cuando terminó de hablar, montamos los tobianos y nos fuimos al tranco manso por Lavapiés.

  4. María del Carmen Reiriz Says:

    Muy bueno Yupi! Y siempre admirada por César Aira, su obra y su profundidad en un mundo y ambiente frívolo! Gracias!!!!!

  5. janfiloso Says:

    Gran cobertura Yupi.
    Ahora, si empezamos con Larralde terminamos con Rimoldi Fraga.

  6. Yupi Says:

    Nooo. Hubo un punto clave: la entonación de Aira al leerlo, es decir el remedo de la entonación de su propia madre y por ende de todas las madres de pueblo de antes (por ejemplo, el énfasis en “hombre cultísimo”). No sé si notaron que cuando Aira pone en una novelita al personaje de la madre depresiva y combativa siempre le sale bordada: El Tilo, La cena, Madre e Hijo, Festival.

  7. FedericoR Says:

    La figura del padre corrigiendo con austeridad las opiniones de la madre a partir de consideraciones materiales es una maravilla.

  8. Yupi Says:

    Leé Festival si no la leíste. La madre en su mejor momento.

  9. Yupi Says:

    Murió Noemí Ulla, buena, simpática, criolla antigua, anterior a la reciente moda setentosa de lo argentino. Son excelentes sus dos libros sobre Silvina Ocampo. Dejo esta línea en su memoria: “Qué corta sería la vida si no tuviera momentos desagradables que la hacen interminable”.

  10. FedericoR Says:

    Corro a buscar Festival, se me escapó. (Creo que Aira es el autor del que más títulos leí, y cada vez que controlo la solapa de alguna edición de Mansalva descubro que nunca puedo pasar del 60% de lo publicado)

  11. Yupi Says:

    Acá una buena entrevista a Chitarroni. “El ensayo en Argentina es un desastre”. Y sí.
    http://www.letraslibres.com/revista/entrevista/entrevista-luis-chitarroni?page=0,0

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