Bitácora de la hija de Neptuno (15)

por Flavia de la Fuente

20 de mayo

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua, 15 grados. Temperatura del aire, 13 grados. Viento NO a 4 km. Olas: 0,4 m. Sol y nubes. Marea bajando.

Ayer Quintín había pasado una mala noche y no se sentía bien. Necesitaba reposo y se quedó todo el día en casa. Como yo también me sentía muy cansada, decidí no nadar.

Pensaba escribir mi bitácora del día de reposo, pero tampoco pude.

Y lo peor de todo es que hoy tampoco quería nadar.


No quería nadar nunca más hasta que hiciera calor y el agua subiera a 18 grados.

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Tampoco escribir ni filmar.

En mi interior, estaba desistiendo de este proyecto y de todo, salvo de mis obligaciones como atender a las perras, la casa y a mi marido.

Me aproximaba de nuevo a un abismo.

Hoy fue una noche rara.

Q se despertó a las 4 de la mañana porque Solita ladrada. Yo ni me enteré. A las 6, cuando volvió a acostarse, me contó de sus desventuras nocturnas. Me solidaricé y seguí durmiendo hasta las 8.

Era un día apacible, gris pero sin nada de viento.

Yo miraba hacia afuera y pensaba: “Hoy solo voy a llevar a Solita a la playa y vuelvo. Y repetía: necesito descansar. Basta de tanto ejercicio, basta de nadar, basta de escribir, basta de filmar.”

Mientras tomaba el té, leí unos párrafos de Pondlife: A Swimmer’s Journal, de Al Alvarez.

El otro día, cuando descubrí su existencia, no me lo compré porque me daba pereza leerlo en inglés.

Pero anoche, frente a las dudas que me iban encerrando en casa, tirada con un libro frente al hogar, fui a Amazon y lo compré con un click, justo antes de irme a dormir, para leerlo ni bien me despertara.

Fue una decisión brillante.

Mientras saboreaba mis tazas de Earl Grey leía sobre los baños helados de Al en la laguna de Hampstead, en marzo de 2002 en Londres.

La lectura me fue vigorizando un poco.

Al Alvarez practicó esta rutina durante años, un baño cada día y una entrada de su diario, también cada día.

Tenía 73 años cuando empezó. Y se bañó y escribió desde 2002 hasta 2011.

A veces pasaba tanto frío que no podía vestirse al salir del agua porque tenía las manos congeladas. Pero siempre había alguien cerca para ayudarlo.

En eso estaba, cuando cerca de las 9 se despertó Quintín de lo más animado, hablando de ir a caminar como todos los días y de mi baño en el mar.

Tanto entusiasmo me alegró. ¿Cómo iba a desilusionar a mi entrenador y marido con mis pensamientos negros?

Mientras hacía el desayuno, Quintín me recomendó un librito para que leyera,. “Leelo ya. Se lee en 15 minutos.” Era Analfabeta de Agota Kristoff.

Después de más té y tostadas con tomate, me fui con Analfabeta al sofá.

Leí un par de páginas y me puse a llorar como una niña. Era todo muy triste, tan penosa la vida de esa gente en Hungría en 1956.

Quintín bajó de su escritorio y me vio llorando y me dijo que siguiera leyendo, que el libro era triste y que llorar era sano.

Pero yo estaba en carne viva.

Así que decidí cortar con el llanto matutino y empecé a hacer las cosas de la casa.

Salir al jardín a juntar la caca y cambiar el agua de las perras siempre me hace un poco bien.

El frío, salir del encierro y sentir el aire de la mañana me mejoró un poco. Pero poco.

Después encerré a Solita en casa y fui a la casita de al lado a saludar a Ella y a Janis. Las acaricié y les di un premio (galleta de perro) a cada una. Después, las invité a salir al jardín. Y las dos hermanas salieron muy contentas meneando las caderas, como dos gordas mulatonas. Son muy simpáticas.

Revitalizada, le dije a Quintín que ya podíamos ir a caminar.

Hicimos la rutina de siempre, pero hoy la mañana era deliciosa.

No había viento, lo que es casi un milagro.

El mar estaba tranquilo, casi sin olas.

Pocos pájaros, una tenue resolana, algunos perros.

Yo seguía inquieta, pese a que nos distrajimos y hasta encontramos 7 shells en el camino.

Soplaba una suave brisa del Norte. Teníamos calor.

Ya no dudaba más. Me iba a bañar o bañar. Pero poco, poquito, nada de tomar frío.

Volvimos a casa y me preparé para ir al mar.

Como el mar estaba bajando, le dije a Quintín que me iba a meter al Norte del muelle e iba a nadar derecho hasta después de la última rompiente.

Y ahí vería. Si el agua me había llevado hacia el Sur, cruzaría por detrás del muelle (o por delante, depende desde donde se mire) y saldría del otro lado. Y si no, volvería en línea recta a la costa.

Esta vez logré llegar a la rompiente, lo que era muy fácil porque era un día de mar calmo. Y una vez ahí me di cuenta de que podría hacer la pequeña aventura de la travesía del muelle.

El agua estaba fría, pero se veía todo hermoso.

El cielo con nubes y unos pocos agujeros azules, la luz suave en el mar gris.

Todo me invitaba a nadar y nadar. Y así lo hice.

En un momento, cuando vi que había pasado el muelle me fijé cuánto tiempo había pasado. Recién iban 10 minutos.

¿Es mucho o es poco?

¿Por qué no olvidarme del reloj y nadar hasta que tenga ganas?

¿Por qué tanto control?, ¿por qué tanto miedo?

Seguí nadando hasta el Riazor y ahí consideré prudente salir.

Nadé 17 minutos, aproximadamente.

Pensé en los checos que nadan todos los días 20 minutos en malla en el Moldava y me dio vergüenza haber salido del mar cuando estaba disfrutando de un momento tan placentero.

¿Por qué salí si estaba todo bien?

Ya sabemos por qué, pero igual estaba contenta y mucho más tranquila.

Lo único que me molesta, bastante, es que no puedo nadar rápido, algo que me encanta para mantener el calor del cuerpo y generar más endorfinas.Y sentirme una atleta.

El traje de surf es pesado, puedo nadar, pero no puedo hacer velocidad, que es lo que hace Al Alvarez en sus baños, 25 metros a toda máquina. Yo eso no puedo, porque estoy demasiado vestida.

Los efectos del agua son tan poderosos que después de almorzar me puse a leer de nuevo Analfabeta, con varios pañuelos a mano, y no necesité ninguno.

La que leía no era la misma persona que lloraba esta mañana. Las endorfinas o lo que sea son algo tremendo.

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3 comentarios to “Bitácora de la hija de Neptuno (15)”

  1. janfiloso Says:

    jaja tu vida es una montaña rusa y encima de esas que pasan por el agua.

  2. Yupi Says:

    ¡Al fin apareció el viento norte! Mientras leía me acordé que Borges nadaba estilo perrito. Él decía que nadaba muy bien, y tenía razón, porque era el único ejercicio físico que hacía de un modo tolerable. Kafka era buen nadador. Fogwill también. Ahí tenés tema para la bitácora.

  3. lalectoraprovisoria Says:

    Fogwill comentó varias veces en LLP sobre sus últimas nataciones en la pileta.
    Nadaba porque le ayudaba a respirar. Ya estaba muy mal, pero compartía ese placer de llenar los pulmones con oxígeno con nosotros.

    No sabía que Kafka era nadador. Y menos que menos que Borges nadaba perrito.

    Es adorable ese estilo. Mi amiga Luna Moon también lo practica y, además, nada con anteojos glamorosos. Y disfruta un montón.

    Janfi, no sabés lo que fue la montaña rusa de la noche! Casi me voy a dar un baño de luna.

    Besos a los dos,

    F

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