Diario intermitente (83)

por Quintín

19 de mayo

Ayer me enteré de que Alejandro Bellotti, que es mi editor en Perfil y al que nunca vi personalmente, se va quince días a Japón. Me puse a pensar en los cuatro días que en 2004 pasamos con Flavia en Tokio, la única ciudad que me dejó maravillado (ni Nueva York, ni París, ni Roma…) y también en esa fascinación por lo japonés de la que muchos no podemos escapar. Por ejemplo, nuestra amiga Gabriela Ventureira, que estudia el idioma con Riu, su simpático profesor que se llama igual que el gran actor de Ozu y que el escritor que se llama igual que su homónimo famoso pero es mucho mejor. Uno de los mayores recuerdos de esos días en Tokio es el de su infinitamente intrincada red de subtes y trenes, una maquinaria perfecta. Los trenes japoneses me parecen una de las muestras más elevadas de la civilización.

paleta blureada

Cuando me enteré del viaje de Bellotti estaba leyendo un libro japonés, El expreso de Tokio, de Seicho Matsumoto, que editó Libros del Asteroide. No hay nada a lo que me pueda resistir menos que a un policial japonés sobre trenes, encima cuando lanovela está construida alrededor de los mapas y los horarios ferroviarios.

Matsumoto (1909-1992) fue un escritor inmensamente prolífico y popular. El expreso de Tokio es de 1958 y es un policial de procedimiento: la lenta, minuiciosa y paciente investigación del subinspector Kiichi Mihara de Tokio, ayudado por su viejo colega Jutaro Torigai de Hakata, del aparente doble suicidio de una pareja. Los cadáveres aparecen en una playa del sur del país y sobre el caso sobrevuela una red de corrupción en la administración pública (empresarios que coimean a los funcionarios, un viejo tema). En el corazón de la novela están la perfección de los trenes, la crueldad del sistema social japonés y el oscuro funcionamiento de una burocracia con resabios feudales. De entrada, Matsumoto presenta al principal sospechoso, un turbio empresario llamado Tatsuo Yasuda que ejecuta una extraña y complicada maniobra para conseguir que dos testigos identifiquen a las víctimas en el momento de abordar el expreso Asakaze que une la estación de Tokio con la isla de Kyushu.

Los más curioso de la trama es que las testigos, dos camareras de restaurante, ven desde el andén 13 como las víctimas suben al tren en el anden 15. El problema, como bien sugiere Torigai (que nunca estuvo en la estación), es que dada la altísima circulación es muy difícil encontrar un momento del día en el que no haya trenes en el anden 13 ni en el 14 como para que desde el 13 se vea el 15. Investigando los horarios, Mihara descubre que solo hay cuatro minutos en los que que eso puede ocurrir. Pero el criminal es un especialista en horarios de trenes y hasta su mujer escribe poemas a partir de las guías de ferrocarriles. Todos los razonamientos del policía se apoyan en que esa red infinita es perfecta y el horario de cada tren es inalterable. Esto ocurría en 1957, doce años después del final de la guerra, aunque al final del libro hay una nota en la que dice que los horarios de los trenes son los vigentes en ¡1947! Parece increíble que los japoneses hayan reconstruido su sistema ferroviario en dos años, por lo que puede tratarse de un error.

El gran problema de Mihara es destruir la coartada aparentemente indestructible de Yasuda, que en el momento del crimen (cuyas razones son otro misterio más) asegura haber estado en viaje hacia el otro extremo de Japón, Sapporo, en la isla de Hokkaido. Mihara toma café, pasea en tranvía, viaja al sur y al norte mientras se rompe la cabeza pensando en la solución de estos enigmas anidados.

El expreso de Tokio hace pensar un poco en Columbo, pero también en los suecos Sjöwall y Wahlöö y sus novelas en las que la policía, con sus lentos procedimientos para desentrañar la verdad, es la única contraparte que la sociedad puede ofrecer a la corrupción capitalista (Sjöwall y Wahlöö eran marxistas y el final de El expreso de Tokio sugiere también una visión de izquierda por parte de Matsumoto). Hay que agregar que tanto El expreso de Tokio como Roseanne, la primera novela de los suecos, están entre las mejores policiales de todos los tiempos.

Vuelvo a los ferrocarriles con una nota de melancolía. El mapa de la zona de Hakata muestra que en la localidad de Kashii, donde aparecen los muertos, hay dos estaciones de tren, la nacional y la de la compañía Nishitetsu. Leo en la Wikipedia que el sistema ferroviario japonés se concentró progresivamente en las grandes líneas, que se hicieron más eficientes y más veloces, mientras que muchas líneas locales fueron cerrando a lo largo de los años. De hecho, el porcentaje de uso del ferrocarril como medio de transporte bajó de 66,7% en 1965 a 29,8% en 1990 y supongo que hoy es más bajo aun. Busco un mapa para ver si las dos estaciones de Kashii (esenciales para la trama de la novela) siguen allí y afortunadamente están. Pero en 2007, la línea operada por Nishitetsu se redujo de 20,9 a 11 kilómetros. Ramal que cierra, ramal que me entristece.

Foto: Gabriela Ventureira

2 comentarios to “Diario intermitente (83)”

  1. Javier Says:

    Estimo que el sistema ferroviario japonés va a decaer aún más en las próximas décadas. La población del Japón está comenzando a reducirse en números absolutos.
    https://www.washingtonpost.com/news/worldviews/wp/2016/02/26/its-official-japans-population-is-drastically-shrinking/

  2. Montañés Says:

    Slow train coming.

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