Diario intermitente (82)

por Quintín

18 de mayo

El otro día mencioné una colección de libros anaranjados de la Editorial Municipal de Rosario. La colección es muy bella y los libros que leí hasta ahora son valiosos y, sin embargo, no tiene nombre. Al menos, no lo pude encontrar en La internacional entrerriana de Agustín Alzari. Es gracioso: la solapa posterior dice “En esta colección” y aparecen los títulos publicados (más de quince), pero en ningún lado dice cómo se llama la colección. Rarezas municipales..

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El librito de Alzari está muy bien y acaso es una prueba de lo poco que cambian los tiempos o, en todo caso, cómo cambian. El autor narra su viaje a Gualeguay para investigar lo que hicieron allí Juan L. Ortiz y Carlos Mastronardi en los años treinta en relación con una institución que todavía existe: la biblioteca de la Sociedad de Fomento.

La internacional entrerriana es el clásico relato que reúne los pasos de una investigación con sus resultados. Alzari cuenta cómo fue dando con los datos que le permitieron reconstruir un episodio cuyo centro fue el enfrentamiento por la conducción de la biblioteca entre el grupo de Mastronardi, Ortiz y Emma Barrandeguy, miembros de la agrupación Claridad ligada al Partido Comunista, y los conservadores liderados por un joven cura, el padre José María Quinodoz, empeñado en una cruzada anticomunista que veía en los esfuerzos culturales y en las demandas por la paz de sus adversarios un simple disfraz bolchevique.

En las elecciones, celebradas el 23 de diciembre de 1932, el cura hizo votar a gente que nunca había pisado una biblioteca y las ganó por amplio margen. Pero dos años más tarde se presentó una lista de unidad que incluía representantes de ambos bandos y entonces, los perdedores se hicieron cargo de la gestión. El fallo de la historia fue mucho más rotundo que el de los votos: hoy Juan L. es un prócer de la cultura y la biblioteca se llama Carlos Mastronardi, mientras que del padre Quinodoz hay apenas algún rastro en la Internet, en referencia a su trabajo en la Acción Católica. Por su parte, la investigación de Alzari recibe un subsidio del Fondo Nacional de las Artes y el libro mismo es una publicación de un Estado municipal en manos socialistas. En 1932, Antonio Gramsci pasaba sus últimos años de vida en la cárcel, pero su triunfo póstumo sería también notable.

Alzari describe la situación con la distancia del historiador y analiza el juego en relación al comité Pro-Paz, una de las iniciativas del grupo de Claridad en consonancia con movimientos similares en todo el mundo orientados desde Moscú:

El último punto de la declaración de principios que acompañaba a la exposición “Nunca Jamás Guerra”, que habla de la “cooperación internacional entre proletarios, maestros, artistas y hombres de ciencia” es lo más cercano a una encubierta profesión de fe comunista, lo más cercano a admitirlo sin tener que decir “somos comunistas” o “donde nos den un metro hacemos la revolución”.

Sin embargo, agrega Alzari:

La lucha del comité Pro-Paz es muy afín a una sensibilidad como la de Juan L. Ortiz. En cambio, la imagen del comunista que brinda Quinodoz no parece avenirse de ninguna manera a la Agrupación Claridad. El padre no lograba mover al grupo de su ambiguo lugar del humanista liberal de izquierda. Y no lo lograba porque no era un lugar artificial, era un lugar que conocían íntimamente.

Así fue en todo el mundo occidental durante años. El Partido Comunista controlaba una serie de movimientos cuyos integrantes no eran necesariamente miembros del Partido, pero el control no era por eso menos firme. Ochenta años más tarde, Moscú ha desaparecido del mapa, pero el Comité Pro-Paz y la Agrupación Claridad subsisten con otros nombres e intenciones parecidas: agrupar a los “artistas y hombres de ciencia” detrás de banderas comunistas camufladas. Basta mirar alrededor para comprobar que esos movimientos estrictamente controlados por el populismo leninista siguen ocupando el lugar del “humanismo de izquierda”. Claro que ya no liberal, porque “liberal” ha pasado a ser una mala palabra. Igual que Sarmiento, que en ese momento era la bestia negra de los curas como Quinodoz. Es que los descendientes de la Agrupación Claridad ya no son internacionalistas y el nacionalismo que defendía Quinodoz es parte del botín arrebatado al enemigo. Como prueba definitiva de la victoria, el papa populista ha alineado a la Iglesia en el bando contrario sin tener que renegar de sus posiciones sobre el aborto o el matrimonio gay. Hoy, cuando el comunismo casi se ha extinguido formalmente, no queda nadie que pueda hablar contra él. Pero como bien lo notó Jean-François Revel hace veinticinco años, la caída del bloque soviético no hizo más que volcar a sus intelectuales hacia una nueva consigna, la de que al extinguirse el comunismo, la democracia liberal se quedó sin enemigos y debe ser reemplazada por una “democracia más avanzada”, es decir totalitaria. ¿Qué razón, salvo su simpatía con las dictaduras comunistas, puede haber para que la izquierda se niegue a condenar regímenes como el de Castro o el de Maduro?

Cuando vemos a la delegación de una película brasileña en Cannes mostrar carteles que hablan de la destitución constitucional de Dilma Rousseff como de un golpe de Estado, quienes sabemos que esta definición es un escándalo comprendemos también que nos toca ser los Quinodoz del presente. En ochenta años, alguien escribirá el equivalente de este párrafo de Alzari:

La gestión entrante [se refiere a la de 1934] lograría en dos años, con esos mismos escasos fondos, cambiar para siempre la historia de la institución, y en ese acto, la historia de Gualeguay. No solo porque sus tres principales escritores, Carlos Mastronardi, Juan L. Ortiz y Emma Barrandeguy, tomaron cartas en el asunto, sino por lo que efectivamente consiguieron entre 1935 y 1936: que la Biblioteca Fomento recibiese a Raúl González Tuñón, Felisberto Hernández, Atahualpa Yupanqui, Samuel Eichelbaum, Ulises Petit de Murat, César Tiempo, Pablo Rojas Paz, al educador uruguayo Jesualdo, entre otros notables y desconocidos escritores, músicos, actores e intelectuales de la época.

Ninguno de los nombres citados por Alzari fue ajeno al Partido Comunista. Suena exagerado, además, decir que su visita cambió la historia de la ciudad. Pero me temo que, en ochenta años, las bibliotecas llevarán nombres como Adrián Paenza.

Foto: Flavia de la Fuente

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2 comentarios to “Diario intermitente (82)”

  1. hipolita Says:

    felisberto fue un anticomunista notorio
    se casó con una espía de la kgb sin él saberlo
    la colección se conoce como: “naranja”

  2. lalectoraprovisoria Says:

    Por supuesto que Felisberto no lo sabía, pero la mujer dirigió sus pasos alguna vez. Lo mismo pasó con Romain Rolland entre otros artistas. Relación con el PC tenía.

    “Se conoce como ‘naranja'”. ¿Quién la conoce? ¿Los que están en el ajo? No soy uno de ellos. ¿Es mucho pedir que pongan “Colección Naranja” en el libro. Pero hay algo peor: si vas al site de la editorial, no hay manera de ver juntos los libros de la colección, justamente porque nadie la bautizó. Están mezclados en “narrativa”.

    Q

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