Diario intermitente (81)

por Quintín

16 de mayo

En los comentarios de una nota anterior, se habla de la diferencia entre escritores y hombres de letras, o entre quienes escriben y quienes hacen literatura. Yupi dice que la literatura consiste en “hacer algo con nada” y pone a Aira como perfecto ejemplo de ese acto de magia. Jugando con la frase, se podría decir que hay escritores que hacen nada con nada y se me ocurre que uno de esos casos podría ser Enrique Vila-Matas, por quien siento cierta simpatía aunque últimamente dejé de comprar sus libros que empezaban a parecerse demasiado entre sí. Bueno, también los de Aira pero, al parecer, Aira también se dio cuenta porque dejó de escribir (o al menos eso dijo, tal vez prepare en secreto una novela de mil páginas).

Otoño4

Pensé en Vila-Matas después de comprar un libro por el aspecto, como me pasa muchas veces con algunos diseños editoriales, en este caso el de la colección gris-celeste de la editorial Minúscula (“Paisajes Narrados” se llama la colección). El libro es de Gonzalo Maier, escritor chileno nacido en 1981, residente en Holanda. El título es Material rodante. El primer libro de Maier es la novela Leyendo a Vila-Matas, quien ejerce una obvia influencia sobre Material rodante, reunión de textos breves, digresiones y relatos secundarios que se articula alrededor un viaje en tren, el que el narrador hizo (al momento de la escritura) 376 veces entre Lovaina o Leuven (en Bélgica) y Nimega o Nijmegen (en Holanda), para el que hay que cambiar dos veces: en Malinas o Mechelen (Bélgica) y en Roosendaal (Holanda) para un trayecto de 180 km, que cuesta unos cuarenta euros y en el que se tarda (de ida solo) tres horas y veinticinco minutos.

Maier no dice por qué hace este viaje ni exactamente con qué frecuencia, aunque uno deduce que puede ser varias veces por semana. Nunca menciona el viaje de vuelta por lo cual su misterioso periplo tal vez concluya en avión o en ómnibus entre Nimega y Lovaina para volver a comenzar la rutina en tren. En cambio, habla de muchas otras cosas: de la introducción de las araucarias patagónicas en Europa, de algunos recuerdos de juventud, de un tren nazi en el que se deportaban 1500 judíos a Bergen-Belsen pero del que sus ocupantes saltaron a tierra, del bombardeo inútil de Nimega por los aliados (un caso similar al de Dresde), de la historia y la utilidad del pijama, de los avisos sobre criminales buscados en las estaciones de tren, de la confusión que le produce la frase de Barthes que dice que la literatura debe ocuparse de lo íntimo pero no de lo privado (o al revés), y de otras cuestiones literarias de diversa índole. Tal vez la mejor historia lateral del libro es una que Maier le roba a Clément Rosset (con una excusa alevosa) y que paso a robarle a él:

Un hijo hereda la imprenta del padre, una empresa chica que imprimía carteles y letreros en algún suburbio de París. Poco después del funeral empieza a ordenar archivos viejos y polvorientos y encuentra un sobre que dice “no abrir”. El imagina quien sabe qué verdad escondida, quizás qué secreto. De seguro una verdad atroz e iluminadora. Respetando la voluntad del padre, lo deja ahí mismo. Pero después de seis años, un día cualquiera, la curiosidad le ganó el último round y lo abrió. adentro, para su sorpresa, no había más que unos pequeños moldes que decían, precisamente, “no abrir”.

El libro es ligero, entretenido y se sostiene muy bien porque todo el tiempo el tren está presente. Acompañamos a Maier en su rutina con sus atrasos, su descripción de algunas estaciones, de la chatura de la superficie holandesa frente a la no tan chata de Bélgica. Yo viajé en esos trenes (no exactamente en ese trayecto, pero sí entre Bélgica y Holanda) y eso ayuda a ubicarse en el espacio, pero supongo que no es un requisito para disfrutar del viaje y del libro, que como Vila-Matas hace nada con nada. O, al menos, Maier no supone que debe hacer algo, como deja entender este desafortunado comentario:

Escribir sobre trenes siempre bordea lo cursi o lo siútico. Aunque uno lo evite, el asunto termina oliendo a naftalina o a romanticismo alemán, que viene a ser más o menos lo mismo. Mi consuelo —porque no es más que eso— es que estas digresiones no son sobre trenes sino sobre viajes.

Más allá de que el pasaje es una tontería en sí mismo (la gracia de este viaje pasa en primer lugar por el tren), ese tono despectivo sobre la propia obra, ese ejemplo desafortunadísimo de falsa modestia, sugiere que Maier no cree en lo que hace aunque tenga talento para hacerlo. Pero parece creer que todo lo que se escribe da lo mismo, que la literatura es un oficio en el que no se juega nada, solo cierta destreza para habitar el mundo de los escritores.

La pasé bien leyendo el librito (son 112 páginas de formato chico), pero no sé por qué Maier cree que debe insultar al lector descalificando a ambos.

Foto: Flavia de la Fuente

Anuncios

3 comentarios to “Diario intermitente (81)”

  1. Yupi Says:

    Creo que la coincidencia de Vila Matas con Aira es sólo temática y que el tren es protagonista apenas entra en acción. Bastante extraña esta semana de homenajes a Aira, que no augura nada bueno. Llega gente de Barcelona, Alemania, Finlandia. ¿Qué ocurre? ¿Por qué tanta bambolla? Por suerte Aira escribe siempre, pase lo que pase. Veremos cómo sigue.

  2. saint jacob Says:

    …Y hablando de hurtos, yo me llevo la historia de la imprenta… gracias…

  3. citusa y no seda (@molimai1) Says:

    No conozco al autor pero: “romanticismo alemán y naftalina” La idea de que la literatura “progresa” es deprimente

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: