Bitácora de la hija de Neptuno (12)

por Flavia de la Fuente

16 de mayo

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua, 15 grados. Temperatura del aire, 12 grados. Viento SO a 30 km. Olas: 1,3 m. Nublado con lloviznas. Marea bajando.

Hoy me levanté a las 5.35 hs. No tenía más sueño. Estaba todo oscuro. Así que no podía ver si estaba nublado. Aunque podría haber mirado si había estrellas. Aunque no sé si quedan muchas estrellas a esa hora. Una nueva inquietud que trataré de dilucidar mediante la sistemática observación, gracias a que cada día amanezco más temprano.

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Aunque la verdad es que no quería pensar en la posibilidad de otro día sin sol. Prefería seguir en la ignorancia.

Me hice el té, tomé mis dos tazas con galletias de lino, avivé el fuego y me tiré a leer en el sofá con el Kindle. Leí un librito de Stefan Zweig que se llama Los ojos del hermano eterno. Si bien el libro es muy cortito, aunque leí durante casi una hora no lo terminé (como dice Q yo no leo, rumio) porque me volvió el sueño y me metí un rato más en la cama y dormí hasta las 8.30. Quintín, para animarme me dijo que era un día precioso.

Y era cierto. Mientras tomamos el desayuno catalán brillaba el sol. Los dos nos alegramos mucho. A Quintín no suele importarle mucho si hay o no hay sol, pero esto ya es demasiado hasta para mi marido.

Así fue como gozamos de una media hora de sol radiante, que nos predispuso bien para enfrentar el día.

Aunque, mientras tomaba mi cuarta taza de té, veía cómo se sacudían los juncos de la Costanera por el viento, y cómo se iban acumulando nubes desde todos los puntos cardinales.

La sola idea de salir de casa me daba frío. Y pereza, pereza pura. Porque la verdad es que estaba muy descansada después del domingo de lluvia, lectura y fiaca.

Es que es duro esto del frío y de tener que vestirse tanto para darse un baño. Es un ritual que fastidia. Y todo para tan poca natación.

Me gustaría tener un traje que se pusiera fácil y no pesara nada, con guantes que se deslizaran sin ningún problema por las mangas y también un valet que me alcanzara cada accesorio cuando lo necesito.

Solita está siempre a mi lado, bien dispuesta, mirándome con atención mientras me visto. Ella de buen grado me ayudaría dado que está ansiosa por salir de nuevo, pero la buena perra no sirve más que para dar alegría y cariño.

Hoy mientras leía el comentario de Silvia pensé que ella seguramente nada en una pileta. A mí me gustaría ir a nadar a alguna pileta en invierno y bracear una hora todos los días. Pero el cloro me hace mal. Voy un día, empiezo con alergia, estornudos, congestión y termino siempre con bronquitis. Así que no me queda otra que ir al mar

Como siempre tenemos que sacar a Solita a la playa, el deber nos lleva a enfrentarnos con el viento.

La caminata rápida junto al mar nos hace entrar en calor y, al volver a casa, ya quiero ir derecho al agua.

Cuesta salir de la cueva con calefacción y hogar, donde hacen más de 22 grados.

Pero qué bien que hace el aire del mundo exterior. No hay nada como un poco de aire fresco.

¿Cómo puede ser que uno no lo recuerde, que lo tenga que aprender cada mañana? Algo tan obvio, tan sabido. ¡Qué duros que somos!

El que sí estaba decidido a que me bañara era el coach. Me dijo: “Tenés que bañarte y nadar un poco por la bitácora”. No me quiero imaginar qué sería de mí si fuera una estrella de Hollywood, como Esther Williams, y Q mi representante.

Me hizo reír la seriedad de mi entrenador, así que saqué pecho y allá fuimos. Nunca lo voy a desilusionar, espero.

El mar estaba divino. Olas grandes, que dejaban una estela en el aire, algo que solo se ve cuando sopla el viento del Oeste.

Demás está decir que estaba nubladísimo y no solo eso, sino que ni bien salimos a la calle se largó a lloviznar.

Para mí es lo mismo, pero para mis pobres acompañantes no. Ni siquiera a la perra le gusta mojarse.

Como la situación estaba complicada, elegí meterme a unos 150 metros al Sur del muelle, porque la corriente, aunque el agua bajaba, tiraba para casa.

Pensaba darme solo un chapuzón, porque había demasiadas rompientes y el viento Oeste me inquieta para nadar, sobre todo cuando hace frío.

El mar bajando y con viento Oeste no está bueno para salir rápido a la costa y como lo último que quiero es congelarme por una demora inesperada, hoy solo me dediqué a canaletear, o sea, a nadar en un pozo que se forma entre dos rompientes.

Pero como la corriente iba al revés, yo nadaba para atrás. Pero tenía todo calculado. Me iba guiando por los edificios. Cuando vi que ya estaba cerca del muelle, dejé de nadar hacia el Sur inútilmente y braceé hasta el muelle casi por la orilla.

Me daba una pena enorme salir. El agua estaba deliciosa. Me dieron ganas de ir caminando hacia el otro lado del muelle y nadar un rato más hasta el Aguila, por ejemplo.

Pero Soli y Quintín estaban temblando y empapados.

Así que aunque ligeramente insatisfecha, decidí volver a casa con ellos. Un día de no pasar tanto frío estaba bien. Nadé apenas cinco minutos, pero me dieron una felicidad enorme. No saben lo linda que estaba el agua.

Ya tengo ganas que llegue mañana para volver a meterme y hacerlo un rato más.

Hoy Quintín me ganó la carrera de vuelta a casa. Yo no tenía frío y él sí. Y así fue cómo me ganó.

Me metí en el baño y decidí darme una ducha tibia, nada de agua caliente, esa que es encantadora y de donde uno no quiere salir más. Agua bien caliente en la espalda, después en el pecho y así siguiendo hasta que gasto todo el termotanque.

Creo que estuvo bien privarse de ese placer. Porque ese placer tiene consecuencias no gratas. Salgo de la ducha y empiezo a tiritar mientras me seco, me visto y no paro de temblar hasta que logro secarme el pelo.

Me parece que encontré la solución. Aunque hoy no fue un día muy representativo porque solo nadé 5 minutos. Veremos qué pasa mañana.

Foto: Quintín

2 comentarios to “Bitácora de la hija de Neptuno (12)”

  1. Yupi Says:

    Cada vez que leo el informe meteorológico con el vientito sur tengo frío por internet. Ánimo.

  2. lalectoraprovisoria Says:

    Gracias, amigo! Besos,

    F

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