Diario intermitente (80)

por Quintín

13 de mayo

Cada tanto necesito una novela policial en mi torrente sanguíneo. Es un género sin el que no podría vivir, aunque tampoco puedo leer exclusivamente policiales: al tercero me aburro. Los policiales se siguen editando y leyendo, pero tengo la impresión que cada vez hay menos gente que consume policiales y otras ficciones. Tal vez por esa separación de públicos sea difícil encontrar un policial de verdadera categoría escrito en los últimos (¿veinte?) años. En general, padecen de descuido o de exceso de efectos, fórmulas y clichés.

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Un subgénero de la novela policial es la novela de espías. Bueno, no exactamente. Hay novelas de espías que no son para nada policiales, como las de James Bond. Pero otras que sí, como las de la serie de Smiley de John Le Carré. Hablando de estas novelas, El topo (Tinker, Taylor, Soldier, Spy, 1974) fue un libro muy importante en mi vida. Me fascinó en su momento, pero hasta hace poco no me había dado cuenta de que fue la primera vez que en una novela el comunismo resultaba sinónimo del mal. El topo se ocupa de una intriga en el servicio secreto británico, que en la vida real había sido infiltrado por los soviéticos hasta dejarle más agujeros que un queso, gracias al daño causado por Kim Philby y su colonia de traidores reclutados en Cambridge. El libro de Le Carré no es un panfleto, pero su retrato de la despiadada crueldad de los servidores de Moscú, frente a cuyas maquinaciones en el seno del poder los individuos comunes poco pueden hacer, sugiere que la ideología a la que servían los topos (y de la que a su vez se servían) tenía algo que ver con sus acciones, especialmente con la insensibilidad para sacrificar inocentes, algo que todos los regímenes comunistas han compartido a lo largo de la historia y de la geografía. Por supuesto que no son los comunistas los únicos que segaron vidas y sirvieron sin reparos a una burocracia infame, pero solo ellos, además de los inquisidores religiosos de ayer y de hoy, lo hicieron con ese grado de santurronería que les permitió y les sigue permitiendo infiltrar las luchas contra la injusticia y ocultar sus verdaderas intenciones hasta que toman el poder (aunque sea en el departamento de una facultad). Los comunistas (que han tratado a sus espías como héroes nacionales) son no solo topos del espionaje, sino de la vida política en general, y la novela de Le Carré permite vislumbrar el funcionamiento de un mecanismo que se basa en la manipulación y la obediencia ciega, pero no deja de lado la corrupción ni las sordideces personales.

Pensé en El topo gracias a la novela que acabo de terminar, que me apareció mirando si había algo nuevo en el sitio epublibre. Se llama El sexto hombre (The Trinity Six, 2011, lindo título) y es de Charles Cumming, un escocés nacido en 1971. Es su sexta novela y las otras también son de espías. Al parecer, cuando era muy joven el MI6 lo contactó para reclutarlo y no lo logró, pero la experiencia le permitió a Cumming escribir sobre el tema con conocimiento de causa. En El sexto hombre un profesor de historia llamado Sam Gaddis (¿homenaje a William?), se ve envuelto en una trama que lo supera. Todo empieza cuando una amiga periodista le ofrece compartir la investigación sobre el “sexto hombre” de Cambridge, un espía que habría pertenecido al círculo de Philby, Burgess, MacLean, Blunt y Cairncross, pero cuya existencia el MI5 (o el MI6, nunca supe la diferencia) prefirió mantener en secreto durante cincuenta años. Mientras tanto, los rusos (no los de la época sino también los actuales), se dedican a matar a todos los que lo conocieron o saben algo de él. La novela, cuyo protagonista se mete de casualidad en un asunto demasiado complicado para él y desata la furia de fuerzas tenebrosas es una especie de subgénero de la novela policial / de espionaje, uno de cuyos primeros ejemplos es El ministerio del miedo de Graham Green, y en el que también vale la pena mencionar una película como Intriga internacional de Hitchcock.

El sexto hombre no es una genialidad, pero es muy agradable de leer y tiene dos características que la distinguen. Una lo acerca mucho a Le Carré y a lo que hablábamos antes, porque el profesor Gaddis acaba de publicar un libro que se llama “Zares, un análisis comparativo entre Pedro el Grande y el actual presidente de Rusia, Sergei Platov” cuya tesis es que Platov es un psicópata peligroso para el mundo, que sintetiza la autocracia zarista y la burocracia asesina soviética. Platov no es otro que Putin con el nombre cambiado y Cumming tiene el acierto de conectar la KGB histórica (de la que por algo Putin fue miembro), con el FSB actual y de describirla como una maquinaria no menos servil y criminal que su antecesora. Esta caracterización le permite a Cumming establecer la continuidad de viejas historias en el presente, pero también de viejos métodos, rencores, antagonismos y sospechas, lo que resulta en un argumento sumamente ingenioso sobre los oscuros pasadizos que conectan a los espías de ayer y de hoy.

Foto: Flavia de la Fuente

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Una respuesta to “Diario intermitente (80)”

  1. María del Carmen Reiriz Says:

    Comparto el gusto por Le Carre. En especial El Topo y, sobre el tema de la decadencia de la URSS , también me gusto mucho La casa Rusia. Tratare de comprar El sexto hombre. Buen fin de semana!

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