Bitácora de la hija de Neptuno (6)

por Flavia de la Fuente

10 de mayo

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua, 16 grados. Temperatura del aire, 14 grados. Viento S a 25 km. Olas: 0,6 m. Sol. Marea subiendo.

Otro día horrible de este otoño gris, que parece que se convertirá en un horripilante invierno negro.

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Pero hoy tuve suerte. Cuando decidí ir a nadar, salió el sol y brilló justo el tiempo que estuve a la intemperie. Siento que por un pequeño lapso de tiempo fui una persona afortunada.

Ayer aprendí algo nuevo. Que los guantes hay que ponérselos adentro del traje. Así que uno de los objetivos del día era probar el nuevo sistema y ver si se me llenaban de agua o no.

Como hoy la natación fue breve, también lo será esta bitácora.

El mar crecía con mucho ímpetu y había unas olas lindas, grandes. Una vez pasada la rompiente, uno nada a mucha velocidad sin hacer esfuerzo alguno. Es como viajar en colectivo.

Tardé un rato en zambullirme. Las olas a punto de romper, de frente, me parecían enormes. Hay que saltarlas o tirarse abajo. Y después de pasar las olas, solo hay agua, como y dije.

El tema es que con una corriente como la de hoy, en 15 minutos salgo a 1,500 metros al Norte del muelle, y lo último que hoy quería era tener que volver toda esa distancia a pie, con el viento Sur de frente.

Así que atravesé las rompientes, nadé 500 metros en 5 minutos y decidí salir para evitar el frío. Fue un baño corto pero bueno y divertido. Barrené con el torpedo para que las olas me sacaran hasta la orilla. Pispeé a mi marido que se había dormido y me esperaba muy lejos. ¡Q se olvidó de mí! Dice            que se distrajo pensando en algo y dejó de verme. De pronto, se dio cuenta de que estaba saliendo muy lejos de él. Solita, en cambio, estaba muy atenta.

¿Y los guantes? Me entró mucha menos agua, y fue maravilloso durante el primer minuto nadar con las manos secas. Sentí esa ligereza que estaba añorando.

Contra lo pensado, no tuve nada de frío mientras emprendimos la caminata de vuelta a casa. Le dije al coach: “Al final podría haber nadado mil metros más y no me habría pasado nada”. Y el me contestó: “Pero a mí sí. Vos venís caminando a paso de soldado y yo no doy más. No se te ocurra nadar más allá de esos 500 metros con este viento en contra.”

Pero en este punto hay trampa. Digo en el asunto del frío. Si uno nada 5 minutos con todo el equipo que tengo puesto, no se llega a enfriar. Si me hubiese quedado nadando 15 o 20 minutos, la vuelta habría sido un calvario, porque el cuerpo se enfría, pese a todo lo que le ponga, porque nado con la cara en el agua.

Así que mi querido entrenador se puede quedar tranquilo. Durante el invierno, no iremos muy lejos.

Quizás mañana me anime y dé la vuelta al muelle.

Foto: Quintín

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