Diario intermitente (77)

por Quintín

8 de mayo

El problema de tener muchos libros alrededor es cómo elegir uno para leer. Alguna vez se me ocurrió que la mejor manera era el azar e incluso planeé una serie de notas en las que cada día sorteaba un libro y lo comentaba. Pero el asunto no es tan sencillo. ¿Cómo elegir un libro al azar? No se trata de cerrar los ojos y encaminarse hacia la biblioteca, porque en casa no hay una biblioteca sino varias. Hasta tenemos libros en un armario y hay otros dispuestos en pilas. Así que lo primero que hice fue numerar las bibliotecas, aceptando como bibliotecas el armario y las pilas. El primer paso para elegir el libro era entonces sortear la biblioteca. Una vez elegida la biblioteca hay que sortear el libro. ¿Pero cómo sortear? Resulta un poco primitivo poner los números en un recipiente y sacar uno. Para las bibliotecas, vaya y pase, pero para los libros hay que conseguirse talones numerados y estar atentos a que no se pierdan. Pero como somos gente moderna, tenemos una computadora y es fácil conseguir un programa que genere números aleatorios. En el caso de las biblioteca, creo que eran 15 o algo así: se pueden generar números al azar entre uno y quince. Pero establecida la biblioteca, aparentemente hay que contar los libros para ver cuál es el rango del número aleatorio a escoger y es un poco engorroso contar cada vez, pero no queda más remedio porque los libros cambian de lugar. Se puede, sin embargo, pedirle al programa que genere un número entre uno y un número mayor del que puede haber en los estantes. Y luego empezar a contar (pongamos de izquierda a derecha, de arriba abajo) y si cuando uno llegó al final todavía no alcanzó el número sorteado, empezar de nuevo. En realidad, esto es casi equivalente a contar todos los libros y generar un número menor que el total, aunque después hay que contar de nuevo hasta llegar al número sorteado. Tecnicismos.

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En fin. Se nota que es engorroso y nunca llegué a implementar el asunto, aunque escribí una introducción a lo que sería la serie de libros comentados al azar, pero nunca la subí al blog. Me agoté antes de la largada. De todos modos, el problema de elegir un libro para leer subsiste. La solución, entonces, es esperar que aparezca un factor externo que guíe hacia la lectura, que actúe como oráculo. Por ejemplo, que un libro se me caiga en la cabeza. Eso no ocurre tan a menudo y
hay otras posibilidades menos traumáticas.

Ayer, desde la nada, me escribió una chica de Bolivia pidiendo que contestara un par de preguntas sobre la editorial El Cuervo de La Paz. Recordé entonces que conocía la editorial porque una vez había visto los libros en Eterna Cadencia y había comprado varios. Entre ellos uno llamado Bolivia a toda costa; crónicas de un país de ficción, que procedí a leer porque solo conocía un par de nombres entre los autores seleccionados y me pareció una buena oportunidad para acercarme a la literatura boliviana. En realidad, me parece que solo conocía al internacional Edmundo Paz Soldán (he leído un libro suyo, El delirio de Türing, que no me volvió loco). Pero me gustaron varias crónicas del libro, en especial la primera del libro, Sillerico, el hombre que viste a Evo Morales, de Alex Ayala, que trata efectivamente sobre el sastre que le hace esos trajes tan vistosos a Evo (antes de que la bronca contra el kirchnerismo y sus aliados me hiciera detestar todo lo que tenga que ver con ellos, yo era un admirador de los trajes de Evo). Pero la crónica me pareció muy buena: tenía algo de mágico, no porque incurriera en el realismo ídem sino más bien por lo contrario, porque narraba una cosa bastante infrecuente (que alguien vista a un presidente) como si fuera lo más natural. Y recíprocamente, porque lo que hacía este señor Sillerico era hasta cierto punto banal pero tenía un halo, por así llamarlo, que provenía de esos trajes espléndidos y originales. Ayala se mantenía con naturalidad entre los dos polos, mostrando empatía con el personaje pero sin romantizar su tarea, lo que le daba al texto un tono distinto al de la mayoría de las crónicas.

Siempre para contestar el cuestionario, miré un poco el sitio de El Cuervo, descubrí que Alex Ayala, ahora llamado Alex Ayala Ugarte, acababa de publicar un libro llamado La vida de las cosas que había ganado un premio en Alemania, algo así como la mejor edición del año según UNICEF. Ese era la indicación del oráculo que hacía falta para motivar la lectura. El problema es que no tenía el libro aunque… me sonaba… y al final resultó que sí lo tenía. Así que lo leí entre ayer y hoy.

La vida de las cosas está compuesto de 50 crónicas, 50 retratos de gente y su relación con ciertos objetos. Ayala (País Vasco, 1979) es un periodista profesional y el libro bien podría ser la recopilación de artículos aparecidos en una publicación periódica. Todas tienen la misma extensión: tres páginas más una cuarta ocupada por una foto al corte. Los retratados son ricos o pobres, originales o comunes, profundos o simplones, simpáticos o pesados, pero todos son tratados del mismo modo, desde el punto medio entre la calidez y la objetividad. Muchos son coleccionistas (de zapatillas, de latas de cerveza, de libros, de memorabilia futbolística), otros son anticoleccionistas (como el fallecido escritor Víctor Hugo Vizcarra, “el Bukowski boliviano”, que se desprendía de todo lo que poseía, desde la ropa hasta sus obras), otros tienen con los objetos una relación profesional (el lutier de flautas, el que repara cualquier aparato, el dueño de una lavandería) o casual (la mujer que compra por e-bay). Todos los personajes son bolivianos o viven en Bolivia, salvo el bailarín flamenco cuya carrera fue posible gracias a que el embajador de Bolivia en España le compró su primer traje. Esta crónica es tal vez la más emotiva de un libro que elude el sentimentalismo. De nuevo, Ayala logra lo mismo que en el retrato de Sillerico: cierta aparición en lo cotidiano de lo maravilloso, aunque esto no se nombre como tal. Lo que ocurre, más bien, es que al conectar los objetos con los individuos que los valoran, las cosas se vuelven motivo de interés, dejan de ser indiferenciadas, se iluminan, al mismo tiempo que la relación con ellos hace de sus usuarios personas más complejas de lo que su descripción invita a pensar. Por momentos, la aproximación de Ayala a sus retratados hace pensar en ciertos textos de María Moreno que se ocupan de personajes marginales, aunque en este caso el desafío es tal vez más sutil porque se trata de iluminar lo puramente ordinario, lo que salvo en pocos casos, no parece merecer un interés periodístico ni una crónica literaria. Sin embargo, Ayala se ocupa de ellos con la velocidad del notero y la sequedad del arqueólogo (Manual de arqueología contemporánea es el subtítulo del libro), que complementa el relato con un tipo de información curiosa, que si bien está al alcance de la mano, es raro que el lector conozca (para poner un solo ejemplo, que la primera lata de cerveza apareció recién en 1935). La combinación es altamente seductora y creo que Ayala inventó un género que se distingue con nitidez de sus parientes porque no le dice al lector lo que pensar ni saca conclusiones. Sus personajes no son alegorías, ni modelos, ni caricaturas. Se limita a ponerlos en foco, como si escribir fuera fotografiar con otra técnica.

Foto: Flavia de la Fuente

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Una respuesta to “Diario intermitente (77)”

  1. Montañés Says:

    Respecto a los mecanismos para tomar una decisión aleatoria, me recuerda a los apostadores de quiniela que durante el día esperan su señal; por ejemplo, escuchar alguna noticia o comentario que incluya un número resonante (los puntos de una herida, los cachorros de una camada, la edad de un fallecido) o bien transmutar un suceso doméstico llamativo (un cementerio, un cumpleaños de 15, un loco) en el número correspondiente a su cábala, y así darle un sentido (místico o lúdico, da igual) al número protagonista de su apuesta.

    Esto me recuerda a su vez un fenómeno más interesante, que es el de esas coincidencias cotidianas muy notables, incluso perturbadoras, pero finalmente inescrutables o absurdas: tan asombrosas como inútiles. Por ejemplo, a la mañana escuchar o leer atentamente un comentario de cierta importancia sobre, digamos, el macho cabrío; y a la tarde, en un contexto absolutamente dispar, encontrarse sorpresivamente con una reproducción destacada de la carta 15 del tarot, El Diablo. Otra rara y notable: cuando ocurre que, al mismo tiempo que se está leyendo, se escucha pronunciada por alguien ajeno al contexto la misma palabra que justo se lee. Por ejemplo, posar los ojos en un diario sobre la frase “No se olviden de Cabezas” mientras en la radio dicen, al mismo tiempo, “cabezas de ganado”. Era tan improbable la sincronía como es luego inevitable sentir, por un instante, una especie de tic cósmico o llamado del Destino —llamado fatuo, burlón— y también, inmediatamente, sentirse nulo, estafado y menguante.

    Pueden advertirse o no señales ocultas en el devenir, señales de su orden o de sus mentiras, puede incluso delirarse con ellas, pero también pueden evocarse por agotamiento y por deporte. Y a la hora de elegir (un libro, una chance), dejar que sea una casualidad, o bien el universo entero a través de ella, quien falle y traiga la respuesta.

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