Bitácora de la hija de Neptuno (4)

por Flavia de la Fuente

8 de mayo

Datos del mundo exterior: Temperatura del agua, 17 grados. Temperatura del aire, 14 grados. Viento ENE a 19 km. Olas: 0,6 m. Nubes y sol. Marea en bajante.

Salí de la cama cuando recién amanecía. No es ninguna hazaña, porque eso ocurre a eso de las 8 de la mañana. Le abrí la puerta a Solita que quería ir al jardín y me hice el desayuno. Té con galletitas de lino. Cuando se despierta Q, tomo otro desayuno pero con pan tostado con tomate rallado, aceite de oliva y sal. Es un desayuno catalán que nos encanta, y que lo aprendimos a hacer en lo de mi hermano Liso en España. Q hace las tostadas, ralla el tomate y pone la mesa. Yo me especializo en elegir y servir el té. En eso somos bastante sofisticados.

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Después del segundo desayuno, que de hecho se superpuso con el primero, intenté varias cosas para comenzar el día y todas me salieron mal. Desde setear la computadora para que leyera unos archivos raw hasta ir al supermercado, porque las calles estaban cortadas por una pequeña maratón. Puse toda mi voluntad para generar endorfinas con el cumplimiento del deber, pero no lo logré: junté la caca de las perras, les cambié el agua, guardé a Solita en casa y liberé de la casita de al lado a Janis a y a Ella. También encendí el fuego del hogar. Y nada. Una angustia difusa me impedía vivir con ligereza. También hicimos el paseo matutino con Q y Solita, una caminata de tres kilómetros al borde el mar. Nada tampoco. Sentía un nerviosismo tremendo. Solo quedaba ir a nadar.

Pero resulta que también me inquietaba la exigencia de ir al mar. Aun en verano siento una resistencia, un poco de estrés antes de nadar. Hay algo violento, antinatural en ir a tomar frío. Creo que por eso casi nadie se baña ni siquiera en verano. O apenas se dan un chapuzón para refrescarse. Solo los chicos juegan horas en el agua.

Pero si algo aprendí en estos siete años de natación marina, es que no me puedo permitir ir solo cuando tengo ganas, simplemente tengo que ir sí o sí. Hasta inventé un método muy simple para dejar de deshojar la margarita. Muchos días me siento enferma y pienso que lo mejor sería quedarse en casa a descansar. Como ya me conozco, puse la siguiente regla: me tomo la fiebre. Si el termómetro marca menos de 36,5 grados, al agua y basta de pavadas.

Aunque todos mis rituales parezcan un acto de masoquismo, no es así. Un baño de mar es promesa garantizada de bienestar. Y cuanto más largo, mejor. Después del baño uno se siente bien todo el día. Lo peor que puede pasar es estar cansado, pero eso se arregla durmiendo media hora la siesta.

Ayer fui a la casa de surf y no conseguí los guantes, pero Carla, la amable vendedora y surfer, me dio un dato muy valioso: que las medias de neoprene iban por debajo del traje. Eso trajo un cambio muy positivo en mi natación del día de hoy. Se acabó el problema de las piernas infladas.

Ayer, ya no recuerdo bien cómo, creo que a raíz del comentario de Silvia sobre Katherine Hepburn y su natación de aguas frías en Long Island, descubrí a otro nadador del frío, Al Álvarez, inglés, nacido en 1929, escritor y profesor de literatura, jugador de póquer y alpinista, entre otras cosas, que se declara adicto a las endorfinas. A los 63 años, como ya no podía escalar por una lesión, comienza a nadar todos los días en una laguna en Hampstead, donde vive. Y lo curioso es que hace una bitácora día a día de sus baños. Lo suyo es más frío, se baña sin traje y nada 25 metros rápido crawl y vuelve nadando espalda, más tranquilamente. Pero lo hace con 5 grados en el aire y con el agua a veces con trozos de hielo. Acá está el link a una entrevista en Granta a propósito del lanzamiento de Pondlife: A Swimmer’s Journal. El libro se consigue en inglés en Amazon. Parece interesante. También habla de la vejez. Descubrió que la senectud es una edad maravillosa, cuyo único inconveniente, además de la decrepitud, es que uno está en la cuenta de descuento frente a la muerte, que no es nada, salvo porque él no se quiere morir justo ahora que descubrió que vivir es maravilloso. Alvarez intentó suicidarse en 1961 cuando era joven. Era amigo de Sylvia Plath y ella lo logró, dos años más tarde del intento fallido de Al. Q me dio un libro suyo que se llama El dios salvaje. El duro oficio de vivir (1971) que parece un ensayo sobre el suicidio, pero ninguno de los dos lo piensa leer.

Volviendo a San Clemente, salimos el coach, Solita y yo rumbo al muelle. Hoy el tiempo era más templado, quizás porque había un sol que iba y venía, y nos cargaba de energía. Creo que a Quintín le hace bien eso de entrenarme. Toma aire, sol, no piensa en nada más que en qué está haciendo su mujer. Se lo ve más distendido desde que empezó esta nueva tarea.

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Hoy al mediodía estábamos en un momento complicado de las mareas. Casi en estoa, como dicen acá, o sea, que no está ni subiendo ni bajando. No sabíamos bien, entonces, para qué lado podría nadar, porque a veces el viento o la dirección de las olas complican las previsiones. Optamos por ir al Norte del muelle.

Ya sin dudarlo, me zambullí y nadé hasta pasar la rompiente. El agua no me parecía tan fría. Lo que no tenía claro era si iba a nadar hacia el Norte o hacia el Sur. Finalmente, dado que en la estoa todo es posible, salvo que haya una corriente extraña, que no era el caso de hoy, decidí ir hacia el Sur y cruzar el muelle.

La verdad es que me divertí. Braceé y braceé hasta pasar al otro lado del muelle. Tardé como 10 minutos, que es mucho para esa distancia. Pero yo estaba encantada. Las olas me mecían, algunas me rompían en la cara. Me hizo muy bien.

Lo único que me frustra es que no puedo nadar rápido. A mí me encanta cruzar el muelle a todo vapor, lo más rápido que puedo y con este equipo tan pesado, tanto por los guantes llenos de agua como el rígido traje de surf, estoy un poco trabada.

Cuando decido correr hago así. Meto la panza adentro y empiezo a darle a los brazos sin parar, respirando cada ocho o diez brazadas. A veces siento que voy por arriba del agua. La ligereza es hermosa.

Hoy no lo pude hacer. Pero igual disfruté de otra manera. Me tengo que conseguir un sponsor que me proporcione gentilmente un traje de triatlón 5/4/3. Con los trajes de triatlón nado como un pez. Yo tengo uno marca Pino maravilloso que me regaló hace mucho mi amiga Gabi. Pero este traje solo tiene mangas cortas de lycra y es muy finito. Lo usé en marzo y abril. Y me sentía invencible en el mar. Pero ahora me moriría de frío.

Así que desde ahora hasta noviembre me toca el nado pesado, pero cada cosa tiene lo suyo.

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Como les decía, pasé el muelle en diez minutos y seguí nadando diez minutos más. Salí de puro prudente, para que el frío no me cale los huesos y no quedar agotada. Porque en el mar nunca me canso. El problema viene cuatro horas después, cuando empieza a aflojar el efecto de las endorfinas.

Salí del agua y me esperaban mi querido coach Q y la Solita. Según dice mi marido, la perra se quedó todo el tiempo sentada a su lado, mirando hacia el mar, como si ella también me cuidara. No sabemos si es así, pero es lindo creerlo.

Q me indicó mis errores y los reconocí, porque yo también me había dado cuenta del problema.

Resulta que iba bien, nadando con la corriente hacia el Sur, pero al cruzar el muelle hay más rompientes que en el lado Norte, por la distinta forma del suelo, y una ola me tiró más cerca de la orilla. Y cuanto más cerca de la orilla, menos manda la marea, que en ese momento, si uno iba lo suficientemente lejos tiraba hacia el Sur.

Miré el reloj y pensé que era sensato empezar a salir. Nadé en diagonal hacia la costa. Error. Porque en la costa, el agua tiraba para el Norte, y al Norte a pocos metros tenía el muelle. Cuando me di cuenta de que estaba retrocediendo, me puse a nadar lo más rápido que podía perpendicular a la playa. Pero ya era tarde, el agua me arrastraba hacia el muelle. No me asusté, nada me podía pasar. Ni bien pude hacer pie, me paré y salí caminando. Estaba muy cerca del muelle. Ya aprendí la lección.

Fue una mañana gloriosa. La aventura acuática borró todos mis malestares. Y todo gracias a la compañía de Q y, sobre todo, de Solita.

Jamás me animaría a hacer eso si estuviera sola en la playa. Es muy estimulante seguir con la rutina de nado en serio, como dice Q. Nada de chapuzones pusilánimes, a nadar y lo más hondo posible.

Fotos: Quintín

2 comentarios to “Bitácora de la hija de Neptuno (4)”

  1. Sebastián Rosal Says:

    Bravo por la vuelta de la hija de Neptuno! A la escritura no menos que al agua! Besos.

  2. lalectoraprovisoria Says:

    Gracias, Sebas! Besos desde San Clemente,

    F

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