Diario intermitente (76)

por Quintín

7 de mayo

Proust es absolutamente genial. En los quince minutos de lectura diaria que me impuse mientras hago ejercicios para fortalecer el cuádriceps derecho (uno de los achaques de la vejez) me encontré con la descripción de la marquesa de Villeparisis. Si no me equivoco, habíamos conocido a la marquesa en el volumen anterior, en ocasión de la estadía del narrador en el balneario de Balbec, donde la marquesa aparecía como una aristócrata conocida de su abuela. Pero la aristocracia del mundo proustiano, según se explica en El mundo de Guermantes, tiene un núcleo que es lo que Proust llama “el Faubourg Saint-Germain”, un lugar tanto real como imaginario. La marquesa, que ha publicado sus memorias, está de algún modo excluida de ese reducto a pesar de que sus credenciales nobiliarias son impecables. Pero el salón de la marquesa no reúne más que a algunos pequeñoburgueses de provincia y los únicos apellidos importantes están ahí por obligaciones de parentesco.

Solitaintermitente

Proust empieza una de sus increíbles digresiones para explicar por qué en su juventud la marquesa era una animadora de los círculos más distinguidos pero luego cayó en desgracia. También trata de analizar la relación de este hecho con la publicación de unas memorias que no tienen nada demasiado especial: son un recuento de frivolidades en tono más bien moralista, no revelan precisamente a una escritora extraordinaria y, para colmo, dan la impresión falsa de que las recepciones que ofrece la autora tienen el brillo del gran mundo. Para terminar de hundir a la marquesa, el narrador recuerda que cuando conversaban sobre cuestiones artísticas, la mujer tenía un gusto más que dudoso y era incapaz de reconocer a los verdaderos creadores con los que se encontraba.

Muchos escritores describen seres mediocres a los que les llegó la decadencia, y los utilizan para demostrarles un variado nivel de aversión o ensañamiento. Proust hace exactamente lo contrario. A partir de ese esquema inicial, va dando vuelta el cuadro y, sin desmentir los hechos, encuentra una serie de razones cada vez más complejas que hacen de la marquesa de Villeparisis no solo un personaje complejo sino un espejo del narrador y hasta del lector. En primer lugar, Proust sugiere que su vida fue más agitada de lo que dan a entender sus memorias, que tuvo sus deslices juveniles, que provocó celos en mujeres que ahora se cobran la deuda. También cuenta que, en su época de esplendor, se daba el lujo de codearse con gente exterior a la elite, gente que le resultaba más interesante que sus pares, transgresión que también empezó a pagar con el ostracismo cuando comenzó a residir mucho tiempo en la provincia.

Pero luego aparecen otras razones que exceden lo circunstancial. Proust postula que para ser una escritora de segundo orden en su vejez, la marquesa tuvo que tener de joven algún tipo de sensibilidad que la distinguiera (y la distanciara) de su medio, de las mujeres que ahora le dan la espalda y no la invitan porque se vengan de una afrenta antigua y oscura que es la que una persona sensible inflige a los mediocres. Porque, dice Proust, hace falta ser más que un frívolo para escribir en un tono frívolo:

Pero una obra, aun cuando se aplique solamente a temas que no son intelectuales, sigue siendo obra de inteligencia, y para dar en un libro, o en una charla que difiere poco de un libro, la impresión acabada de la frivolidad, hace falta una dosis de seriedad de que sería incapaz una persona puramente frívola.

Y ahora miren esto:

Desde luego eran cualidades bastantes poco exultantes, como la ponderación y la mesura, las que ensalzaba sobre todo la señora de Villeparisis; mas para hablar de la mesura de una manera enteramente adecuada no es suficiente la mesura a secas, y son menester ciertos méritos de escritor que suponen una exaltación poco mesurada; yo había observado en Balbec que el genio de ciertos grandes artistas permanecía incomprendido para la señora de Villeparisis, y que ésta sólo sabía burlarse agudamente de ellos y dar a su incomprensión una forma ingeniosa y graciosa. Pero ese ingenio y esa gracia, en el grado a que eran llevados por ella, se convertían a su vez —en otro plano, y aunque fuesen desplegados por estimar mal las obras más eminentes— en verdaderas cualidades artísticas. Ahora bien, esas cualidades ejercen en toda situación mundana una acción morbosa electiva: lo que los artistas llaman inteligencia se aparece como pura pretensión a la sociedad elegante que, incapaz de situarse en el punto de vista único desde el que los artistas lo juzgan todo, sin comprender nunca el particular atractivo a que ceden al elegir una expresión o al acercar entre sí dos cosas, siente respecto de ellos una fatiga, una irritación, de que nace muy aprisa la antipatía.

Proust se acerca luego a territorio freudiano cuando advierte que la marquesa no podía hacer otra cosa y responde secretamente a un talento que está oculto para ella misma y que moldea su vida:

Trabajamos en todos los momentos en dar su forma a nuestra vida, pero copiando a pesar nuestro, como un dibujo, los rasgos de la persona que somos y no los de aquella que nos resultaría agradable ser.

Porque el talento verdadero, a fin de cuentas, no es otra cosa que la singularidad:

El talento es el producto vivo de cierta complexión moral en la que faltan generalmente muchas cualidades y en que predomina una sensibilidad, algunas de cuyas otras manifestaciones que no percibimos en un libro pueden hacerse sentir con bastante fuerza en el curso de la existencia, por ejemplo tales curiosidades, tales fantasías, el deseo de ir aquí o allá por gusto, y no con miras al acrecentamiento, al sostenimiento, o para el simple funcionamiento de las relaciones mundanas.

Es obvio que el retrato de la marquesa de Villeparisis se parece a un autorretrato del autor y que Proust se defiende indirectamente de la acusación de tratar materias frívolas (por algo Gide le rechazó el manuscrito de la Recherche, por algo no ganó el Nobel, que solo se concede a quienes tratan temas importantes). Incluso, esos gustos por fuera de la norma, “tales curiosidades, tales fantasías”, esa marginalidad, bien pueden tener que ver con la doble vida de Proust, su propia vulnerabilidad social como homosexual y como judío.

Como siempre ocurre con Proust las disquisiciones, en este caso sobre el talento y la posición, no vienen separadas de cierta información que hace al argumento, en esa mezcla particular e indistinguible de materia narrativa y no narrativa. En el curso de esas páginas se descubre, entre otras cosas, que la marquesa de Villeparisis es o fue la amante del Señor de Norpois, personaje célebre al que el padre del narrador venera y cuyas aristas un poco siniestras hacen pensar en que es el villano secreto de la novela, tal vez un equivalente al Monsieur Hommais de Madame Bovary.

Dije que en las páginas que Proust le dedica en esta parte del libro, la marquesa comienza siendo un personaje con escasas cualidades y se eleva hasta parecerse al autor y al lector. En cuanto a mí respecta, mientras leía sobre la señora de Villeparisis, no pude evitar pensar en mi propia situación, en mi ausencia progresiva de los lugares a los que la gente es invitada (medios de comunicación, festivales, congresos, reuniones, trabajos mismos) en relación a la época en la que tuve un poco de poder y cierta consideración como persona aceptable en la vida social y profesional (al menos en el circuito cinematográfico, ya que en el literario tuve siempre una distancia enorme del Faubourg) tiene que ver tanto con la ausencia de obra y de curriculum como de un talento comprobable y hasta con la residencia lejos de la capital, pero también con ofensas secretas (y no tanto) de distinta índole que hice padecer a gente que se vengó al cabo del tiempo. Como la marquesa, yo tampoco pude ni puedo con mi genio y así es como la vida se va desarrollando hasta adaptarse a un molde invisible.

Foto: Flavia de la Fuente

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3 comentarios to “Diario intermitente (76)”

  1. janfiloso Says:

    👏

  2. Maria C.Reiriz Says:

    Coincido en que Proust es absolutamente genial. Si ha revolucionado formas no ha sido a costa del placer de la lectura. Debe ser uno de los escritores que más gozo producen. En cuanto a tu ultimo parrafo, autobiográfico, el éxito o la realización de una vida no debe medirse por las convocatorias externas en un mundo cada vez más superficial, acomodaticio y autortario. Quintín, has leído mucho y seguís leyendo, has visto mucho cine y disfrutado. Sos apasionado y polémico, vivis cerca del mar y si encima tus enemigos los generaste por un ejercicio de sinceridad, solo puede decirse que tu “molde invisible” es exitoso y envidiable.

  3. Yupi Says:

    “Delicado y preciosista. Tiene algo de vieja”. La frase de Debussy sobre Proust parece injusta, sin embargo alguien del mundillo literario quizás no podría haber dado una mejor. En el paso de la cercanía y los buenos modales la perspectiva se anula. Proust mismo es el caso piloto. No pertenecía a la nobleza, ni siquiera venía de una familia muy adinerada, y para escribir su obra maestra se recluyó en un cuarto cerrado.

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