Diario intermitente (75)

por Quintín

6 de mayo

Anoche tuve insomnio, que en mi caso se manifiesta como un despertar brusco en medio de la noche que no promete nada bueno. En estos casos me levanto, me preparo un té de algún yuyo y me pongo a leer hasta que me dé sueño de nuevo. Ayer me habían llegado algunos libros (lo que siempre me pone contento), entre ellos los nuevos de Aira (El cerebro musical y Sobre el arte contemporáneo, ed. Random House), La mujer y el espejo de Eduardo Alvarez Tuñón (agradezco la dedicatoria) y dos de Mardulce, Metáfora y memoria de Cynthia Ozick y El amo bueno de Tabarovsky, que como además es el director editorial de Mardulce y fanático de Ozick, ha sacado varios de sus libros en los últimos años (también salieron los Cuentos completos en Lumen y hay unos cuantos libros más de ella en castellano).

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Entonces me acordé de Katherine Mansfield, a quien elogió Reiriz en un comentario de ayer. Me pareció que tenía algún libro de Mansfield y empecé una búsqueda por la biblioteca. Así aparecieron Diario 1910-1922 (Parsifal, 1994), Té de manzanilla y otros poemas (Bajo la luna, 2006, edición bilingüe) y también Textos privados; cartas, diarios poemas (Perfil, 2000). Este último era de mi madre, me di cuenta porque tenía su firma en la primera página. La vieja tenía esa costumbre, como también la de forrar los libros mientras los leía. Supongo que le venía de la adolescencia, porque mis abuelos eran pobres y los libros un tesoro que había que cuidar. Me acuerdo que de chico me molestaba mucho que mi vieja hiciera eso. Una vez le presté Cien años de soledad a una compañera de colegio y se lo di forrado porque mi vieja lo acababa de terminar: la chica me preguntó con un destello de ira si creía que lo iba ensuciar y por eso lo forraba. No quedé muy bien y después siempre le reproché a la vieja que forrara los libros (ni hablar de firmarlos) cuando ya no era tan pobre. No logré mucho.

Reiriz hablaba de la narrativa y me quedé con la idea de que tenía los cuentos completos en alguna parte, pero no aparecieron. Así que me puse a buscar en la web y no encontré nada en castellano, pero sí casi toda la obra en inglés (Mansfield es dominio público), que bajé inmediatamente del sitio de la Universidad de Adelaida. Cuando me disponía a leer (no sé por qué lo elegí) un cuento llamado The garden party, pasó algo y lo dejé para otra oportunidad.

Mientras tanto, fui a la pila de novedades del día y saqué el libro de Ozick, del que leí el ensayo sobre Virgina Woolf y la biografía de su sobrino Quentin Bell (el sobrino de Woolf, no de Ozick). El artículo es largo y se ocupa del matrimonio entre Virginia Stephen y Leonard Woolf, es decir entre una aristócrata y un judío de clase media. Las consideraciones sociales sobre la pareja, las familias y el grupo de Bloombsury son incisivas y la conclusión de Ozick es que Leonard fue muchas cosas para su mujer, pero sobre todo su enfermero, el que logró que sus ataques de locura (Ozick los llama así, sin eufemismos) no le impidieran desarrollar su obra y que así una escritora de importancia capital llegara a su plenitud creativa. Hacia el final, Ozick trata la competencia y la rivalidad de Woolf con los escritores del momento, en particular con James Joyce a quien odiaba porque ambos corrían la carrera de la vanguardia (que Joyce ganó para sus contemporáneos), pero también con Katherine Mansfield (miren por donde vino a aparecer Mansfield, el mundo es un pañuelo).

Hacia el final del ensayo, Ozick escribe que “el heroísmo de un escritor reside en el acto mismo de escribir; no en su obra terminada sino en su obra en curso”. Unas líneas antes, dice esto:

Woolf sabía que Joyce se movía en la misma dirección que ella; era una carrera que a pesar de la certeza que tenía acerca de los defectos de Joyce, él podía ganar. Aun así, el hecho de haber sido superada en materia de fama no es un martirio. Y su propia fama no estuvo y no está en peligro, aunque a diferencia de Joyce no se la considera como un prodigio de la naturaleza. A treinta y tantos años (Woolf se suicidó en 1941, el artículo es de 1983), la reputación de no deja de crecer. Se ha vuelto más fácil de entender y más difícil de analizar.

Ozick es evidentemente sólida como ensayista, pero la última frase es de esos pasajes que dejan al lector pensando que acaba de encontrar una verdad universal. Acaso volverse más fáciles de leer y más difíciles de analizar sea el destino de los verdaderos grandes.

Después leí otro ensayo de Ozick, este más corto. En inglés se llama Highbrow blues (Blues de la alta cultura en la traducción) y se ocupa, en principio, del papelón que hizo Jonathan Franzen cuando no aceptó ir al programa de Oprah Winfrey y lo justificó así: “Como que siento que estoy sólidamente ubicado en la tradición del gran arte literario”. Es divertida la demolición que hace Ozick de la frase:

¿Qué significaba esa frase? ¿Qué era? Por qué sonaba tan torpe, tan desafinada, tan pretenciosa, tan inmadura? ¿Por qué daba la impresión de la frase de un muchachito que intenta hablar como los grandes?

Pero luego, Ozick aprovecha el lugar del ridículo en el que se colocó Franzen (un escritor del que nunca pude pasar del primer párrafo) para sugerir que si bien no era él el encargado de resucitar el gran arte literario, este ha desaparecido de la consideración del público. Cita como ejemplo un libro de Philip Roth (que para Ozick sí representa la gran literatura, habría que ver) de conversaciones y reflexiones sobre otros colegas, que no tuvo la menor repercusión en la prensa literaria, según Ozick porque la literatura se ha convertido en una gigantesca sopa en la que no hay jerarquías ni diferencias, lo que permite que Franzen actúe como quien llega a una fiesta que tuvo lugar el día anterior. Es decir, Ozick reivindica lo highbrow, o mejor dicho lamenta su ausencia. Bobi Bazlen se jactaba, en cambio, de estar completamente fuera de ese concepto. Leí también el ensayo de Ozick sobre Dostoievsky, un escritor a quien odia, pero de eso valdría la pena hablar otro día.

Tras el insomnio, dormí unas horas y cuando me desperté, Flavia me dio una buena noticia antes de llevarme a caminar por la playa y a hacer de fotógrafo de sus incursiones náuticas: teníamos los Cuentos completos de Mansfield, en la muy bella colección de clásicos de Alba, que alguna vez estuvieron en la mesa de saldos a precios irrisorios (la edición es de 1999). No sabía nada de Mansfield y me enteré un poco gracias a la un insólita introducción de Ana María Moix que empieza citando a su biógrafa Claire Tomalin: “Durante su vida no gustó como persona ni como escritora pero fue venerada como ambas cosas”, una frase que no se entiende demasiado, aunque está a tono con el ensayo. Moix afirma en un momento que Mansfield murió de tuberculosis, pero unas líneas antes dice que murió de sífilis. Lo cual prueba que la pobre neozelandes, que murió a los 34 años en Francia, la debe haber pasado bastante mal, además de que era una pésima persona y escritora. Bueno, Moix no dice eso exactamente, pero ahí anda.

Un poco aturdido, me puse a leer Fiesta en el jardín, el cuento que había dejado anoche, esta vez en castellano. No hay duda de que era una escritora imaginativa y potente, mucho menos vanguardista que Woolf (al menos en este relato) pero no demasiado lejana a ella (ni tampoco a la zona menos radical de Joyce, este cuento tiene algo de El muerto). Quedé un poco confundido sobre el éxito de Mansfield, pero creo que lo tuvo alguna vez y la prosa no parece haber envejecido, aunque es probable que ya no tenga muchos lectores fuera de la exquisita concurrencia de este blog.

Foto: Flavia de la Fuente

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4 comentarios to “Diario intermitente (75)”

  1. saint jacob Says:

    http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/ing/mansfi/fiesta_en_el_jardin.htm

  2. Maria C.Reiriz Says:

    Quintin: Varias cosas 1) Mi madre también forraba los libros. Eran algo sagrado. Me gustó la evocación. 2) Existe una indudable relación entre La Fiesta en el Jardín y El Muerto (o Los muertos) de Joyce. Muy buena tu observación. Te cuento algo: Houston quiso filmar también La Fiesta en el jardin. Lo dice en un reportaje del NYT a raíz de su pelicula sobre el relato de Joyce. 3) Ozyc, como narradora, me resulta dificil. Sus temas son, en general, muy vinculados a tradiciones judias religiosas que se me escapan. No obstante, tiene un cuento que recomiendo “El dictado”. Trata sobre la relación entre la secretaria de Henry James y la secretaria de Joseph Conrad, a las cuales les dictaban las novelas. 4) No sabía que Alvarez Tuñón había sacado un nuevo libro. Lo compraré. Es un autor para seguir, me parece diferente y muy bueno en el panorama actual, aunque muy ignorado….
    Buen fin de semana de lecturas. Un abrazo

  3. lalectoraprovisoria Says:

    Y, además, La fiesta en el jardín tiene un parentesco con Mrs. Dalloway de Woolf. No sé cuál es anterior, pero me da la impresión que Woolf se puede haber inspirado en Mansfield.

    Q

  4. Maria C.Reiriz Says:

    Mrs.Dalloway es más de 6 años posterior. Es acertada tu intuición de que pudo haberse inspirado en Mansfield. Entre ellas hubo una breve correspondencia que alguna vez publico la revista Sur y de la que solo recuerdo coincidencias críticas acerca del Ulises, en especial por algunas escenas groseras, que las dos juzgaban innecesarias.

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