Diario intermitente (74)

por Quintín

5 de mayo

Gran consejo el de FedericoR el de atacar la pila por el lado de Atrapamoscas de Musil, la miniatura de Ediciones Godot. Es un libro hermoso y sorprendente. El primer relato, que se llama como el libro, describe la agonía de una mosca atrapada en papel venenoso y al comparar los gestos de desesperación y agonía del insecto con los de los humanos, logra reflejar nuestro acercamiento espiritual con los animales. Es un texto único, pero lo que viene después es igualmente bueno. Cada uno llama a ser leído otra vez, varias veces. Hace tiempo que no encontraba a un autor tan profundamente original. El último relato, El mirlo, el más largo, deja el misterio en el aire a medida en que se lee.

Uno de los cuentos, El desparramador de pintura, habla de los pintores y de los poetas a quienes compara con sus versiones apócrifas, los que llama desparramadores de pintura y de tinta. El tono es irónico y su sentido bastante claro. Musil dice cosas como esta:

Si no fuera por el mercado del arte, ¿cuán difícil sería decidir qué obra prefieres?

Nuestros ancestros escribían prosa en largas, hermosas oraciones, enrevesadas como rulos, ahora escribimos oraciones cortas que van más directo al meollo del asunto; y nadie en su tiempo puede librar su pensamiento de la manera en que su tiempo usa el lenguaje. De manera que ningún hombre puede saber hasta qué punto quiere decir lo que escribe, y en la escritura es mucho menos lo que los escritores manipulan las palabras que lo que las palabras manipulan a los hombres.

El pintor y el poeta son, sobre todas las cosas, en los ojos de sus contemporáneos, aquellos que no pueden hacer lo que los desparramadores de pintura y los desparramadores de tinta sí pueden.

¿Qué pasó con Musil? En vida casi no tuvo reconocimiento. Murió en 1942 exiliado en Suiza (huyó de Viena tras la anexión nazi de Austria), en medio de apremios económicos. Hacia los años sesenta, me parece, hubo una onda Musil y allí se tradujo su obra cumbre inconclusa, El hombre sin atributos. Luego, aunque el nombre se conoce, se fue deslizando otra vez hacia el olvido y hoy es raro que se lo lea o se lo cite. Al parecer (Wikipedia), Musil sufría porque el mundo literario festejaba a Thomas Mann (que lo admiraba) o a Hermann Broch y no a él. Después de leer Atrapamoscas repetí por enésima vez un gesto: abrí El hombre sin atributos y me propuse leerlo. Empieza así:

Sobre el Atlántico avanzaba un mínimo barométrico en dirección este, frente a un máximo estacionado sobre Rusia; de momento no mostraba tendencia a esquivarlo desplazándose hacia el norte. Las isotermas y las isóteras cumplían su deber. La temperatura del aire estaba en relación con la temperatura media anual, tanto con la del mes más caluroso como con la del mes más frío y con la oscilación mensual aperiódica. La salida y puesta del sol y de la luna, las fases de la luna, de Venus, del anillo de Saturno y muchos otros fenómenos importantes se sucedían conforme a los pronósticos de los anuarios astronómicos. El vapor de agua alcanzaba su mayor tensión y la humedad atmosférica era escasa. En pocas palabras, que describen fielmente la realidad, aunque estén algo pasadas de moda: era un hermoso día de agosto del año 1913.

Quintín

Son dos tomos (inconclusos), una mil quinientas páginas. Es un comienzo lento y majestuoso que invita al lector a entregarse a la lectura sin ansiedades. Esta mañana, antes de caminar por la playa (Flavia dice que hay que caminar por lo menos cuarenta minutos y también dice que Junger dice que si son dos horas mejor, pero además ahora se puso el traje y se fue a nadar) recordé que Bobi Bazlen habla de El hombre sin atributos es el fabuloso librito que publicó La Bestia Equilátera (Informes de lectura). Allí señala los problemas para la publicación de la novela:

1) demasiado larga

2) demasiado fragmentaria

3) demasiado lenta (o aburrida, o difícil, como quieras llamarla)

4) demasiado austríaca

Pero igual se rinde ante el libro y lo ubica de este modo en la historia de la literatura:

Es uno de los más grandes experimentos narrativos inconformistas escritos después e la Primera Guerra Mundial, que en su mayoría son obras basadas en una sola función llevada hasta los límites permitidos por la pedantería e incluso más allá (en Joyce, por ejemplo, la asociación sonora; en Musil, la precisión del pensamiento).

Si me dieran a elegir tener una conversación con un crítico muerto (o un vivo) elegiría a Roberto Bazlen para que me explique la literatura y me transmita ese modo de leer desprovisto de todo prejuicio.

Bazlen dice otra cosa del libro: que después de leer páginas y páginas en las que aparentemente no fluye la acción, uno se da cuenta de que “fluye que es un placer, y que en lugar de aburrirte te divertiste, que tomaste partido, que durante dos meses viviste en ese mundo y te enamoraste de Agathe, la hermana del hombre sin cualidades.”

Lo que dice Bazlen me hace pensar en Proust y de nuevo me remuerde la conciencia porque voy por recién por el principio del tercer tomo del Tiempo perdido.

Otro de nuestros lectores, Hugo Abbati, habla de las novelas largas y dice que es mejor releer los clásicos que aventurarse con ladrillos como los de Barth, pero agrega que una excepción a la regla, una novela moderna de mil páginas que vale la pena, es Los reconocimientos de William Gaddis. Al leerlo, me entró cierta desesperación, porque el libro de Gaddis estaba también en el stand de Sexto Piso. Hace un tiempo, yo había comprado el otro mamotreto de Gaddis, JR, que me derrotó a las pocas páginas (de Gaddis leí Agape se paga, un libro terrible, caso único de virtuosismo en medio del dolor y al borde de la muerte, cuyo narrador está en el hospital, con un cáncer terminal de próstata como el que tuvo Gaddis). Así que lamenté no haber comprado Los reconocimientos y hasta pensé en pedirle a alguien que lo comprara para mí, pero después me calmé un poco y bajé el libro de la web, primero en castellano y después en inglés, para ver de qué se trataba.

Lo estuve mirando un poco. El prólogo, firmado por Gaddis mismo bajo el heterónimo “William H. Gass”, es un panegírico del libro que lo pone entre lo más ambicioso y selecto de la historia de la literatura, destruye a quienes lo reseñaron, lo separa de la literatura adocenada y en un tono de exageración evidente (un caso muy rebuscado de falsa modestia), compara al autor con Cristo. Evidentemente, el prólogo promete. El libro propiamente hablando empieza así:

Hasta Camilla había disfrutado de las mascaradas, del tipo seguro donde se puede dejar caer la máscara en ese momento crítico en que pretende ser realidad. Pero la procesión que ascendía la colina extranjera, flanqueada de cipreses, impelida por el canto monótono del sacerdote y retardada por vacilaciones ante las catorce estaciones del via crucis (por no hablar de la carroza fúnebre en la que iba, un vehículo blanco tirado por caballos que parecía un puesto de pasteles barroco), habría podido turbar el tímido semblante de su alma, si hubiera sido discernible.

Pensé que la traducción no era del todo buena, pero tampoco me gustaronel ritmo y el talante tenso y un poco autoritario de la narración. El de Musil es más cordial, predispone mejor a la lectura, si es que uno puede comparar dos libros por su primer párrafo. En el libro de La Bestia, Bobi Bazlen también hace un informe de Los reconocimientos que contiene pasajes desopilantes:

Solo sé que es un enorme guiso de la misma clase que, digamos, El cuarteto de Alejandría (…) que está escrito y trabajado con una ambición y una tenacidad que pueden pasar por intensidad y estilo; que es una especie de Los monederos falsos y que tiene todas las pretensiones de la Gran Kulturkritic; que pone en escena personajes que son todos falsificadores (desde el más concreto falsificador de cuadros hasta el más inasible falsificador moral); que es un compendio de la cultura highbrow norteamericana con toda su panoplia (color local —y aun colores locales—; símbolos; alquimias; patrística; pederastia, etc.).

En resumen, me parece una obra falsa escrita con gran habilidad por un falsificador excepcionalmente inescrupuloso.

Años de enseñanzas académicas, de presiones editoriales y de predominio anglosajón en la cultura han eliminado de la crítica la idea de que una novela pueda catalogarse de obra falsa. Ojalá hubiera uno, dos, cien Bobi Bazlen.

Foto: Flavia de la Fuente

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7 comentarios to “Diario intermitente (74)”

  1. Terry Hall Says:

    En el 2009, en España, reeditaron los Diarios de Musil- en dos tomos-. Las entradas son caóticas y geniales. Es un bodoque de 1700 páginas- y no es la traducción completa de sus diarios-. Y es un experimento narrativo aún mas genial que El hombre sin atributos.

  2. lalectoraprovisoria Says:

    Los tengo, pero hasta ahora no pude con ellos. Tampoco pude con El hombre sin atributos, pero digamos que lo pospuse. Pero a los Diarios no encontré manera de entrarles.

    Q

  3. Hugo Abbati Says:

    http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/ing/mansfi/la_mosca.htm Otra maravilla con mosca. La gran Katherine Mansfield nunca falla.

  4. lalectoraprovisoria Says:

    Nunca leí una línea de Katherine Mansfield. Otra más para la pila de deberes.

    Q

  5. Maria C.Reiriz Says:

    Dos comentarios: Khaterine Mansfield es extraordinaria .Jamás decepciona. Me recuerda un poco a lo mejor de Chejov. También son muy interesantes sus diarios, que publicó Perfil, cuando editaba libros, en una selección, breve, pero buena. En cuanto a Musil, he tratado de abordar muchas veces El hombre sin atributos y me ha vencido. Lo encuentro muy caótico y por momentos no se bien de qué está hablando. Enrique Mari, que fue un gran filosofo del derecho, decía que era un libro clave para entender el mundo actual. No lo sé, pero quizás sea un problema mio.Algo parecido me pasa con algunos libros de Thomas Pynchon. Les confieso algo: soy una mujer de edad avanzada y, tal vez, como decía Borges, la vejez busca escritores más calmos. Un saludo y me encanta que estemos hablando tanto de literatura. La verdad, se los agradezco.

  6. FedericoR Says:

    “Las isotermas y las isóteras (¿sic?) cumplían su deber.” Hermosa frase. El librito de Musil acaba de volver a mi pila de cosas por leer. Qué cosa infinita. ¿Vio “About Time”? Una película hermosa del director de Nothing Hill. Un tipo tiene el poder de viajar en el tiempo, y lo usa sobre todo para tener más tiempo para leer.

  7. Montañés Says:

    Pero ya leer es como una máquina para viajar en el tiempo, o para comprimirlo. También para desdoblarse, o facetarse. En alguna parte, JLB escribe que cada criatura es un miembro o un sentido que proyecta la deidad para sentir el universo. Curiosamente y en sentido inverso, algo análogo y recíproco ofrecen los libros (y el cine). A escala infinitamente más discreta, preciosa licencia (o agente mágico) para derramarse/multiplicarse en la contemplación del mundo.

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