Diario intermitente (73)

por Quintín

4 de mayo

Instalado en San Clemente, miro los libros que traje de Buenos Aires y me siento incómodo. Me regalaron varios, pero gasté más de lo razonable. Y también tengo libros que compré por correspondencia antes de viajar. Así es la vida del comprador compulsivo. Al mirar las pilas, me deprimo más de lo que me ilusiono: compré varios que no creo que vaya a leer nunca. Pero sigo comprando y sigo pidiendo que me manden novedades a las editoriales que tienen un servicio de prensa amigable.

Un ejemplo. En la Feria del Libro había un stand de la editorial mexicana Sexto Piso, cuyas ediciones son de una elegancia notable y de un precio altísimo. En el último tiempo era difícil comprar los libros de Sexto Piso por las trabas kirchneristas a la importación; ahora vuelven a llegar aunque en cuentagotas y mal distribuidos. Por eso ver tantos juntos fue una tentación irresistible. Había algunos libros que veía por primera vez, en particular dos volúmenes enormes de John Barth: El plantador de tabaco y Giles, el niño-cabra. Así fue como me atacó el enano compulsivo interior y decidí comprar uno de los dos (¡alabados sean los stands que no aceptan tarjetas!). Como el burro frente a los dos fardos de pasto, estuve un largo rato para decidirme por el segundo, del cual no había siquiera oído hablar (por decir algo, en la Wikipedia en castellano no figura). Supongo que elegí ese porque transcurre más cerca del presente. Son 1.115 páginas, traducidas por Mariano Peyrou, el hijo de nuestro extravagante amigo Oscar Peyrou, pero también poeta de fama ascendente. Mil ciento quince páginas de John Barth, un autor del que no leí nada (bah, el otro día creo que husmeé La ópera flotante) y no estoy para nada convencido de que me vaya a gustar. ¿Leeré alguna vez Giles, el niño cabra? Las apuestas están 8 a 1 en contra.

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El anterior es un ejemplo escandaloso, pero hay otros. Uno de ellos fue la incursión en el stand llamado “Todo libro es político”, uno de esos slogans con el que los canallas adoctrinan a los niños en la facultad y aun en el secundario. Como el stand está pegado al de la embajada americana, los malditos comunistas lo decoraron como una trinchera, con alambrado de púa y otras señales bélicas. Pero aun en territorio enemigo saqué la billetera. Me llevé dos novelas de Milena Caserola. No sé si me gustó ningún libro de esa editorial, al menos no me recuerdo que eso haya ocurrido, pero hay algo en el nombre y en el diseño que me resulta atractivo. Así fue como compré Workaholic o la rebelión de los mediocres de Natalia Gauna y Mal bicho de Gilda Manso. No sé nada de las autoras, nacidas en 1985 y 1983 respectivamente, pero ahí están en la pila.

De lo de los bolcheviques me llevé también unos cuantos libros de la Editorial Municipal de Rosario, regenteada por el socialismo kirchnerista, pero cuyo logotipo einsteiniano “:e(m)r;” es imbatible porque es gráfico y no necesita ser dibujado. En primer lugar dos antologías de poesía: 30.30 y 53/70, ambas con el subtítulo Poesía argentina del siglo XXI. Estaban baratos y siempre tengo el propósito (nunca alcanzado) de conocer a los poetas argentinos. Pero también me llevé seis títulos de una colección muy bonita de libros de formato pequeño dedicados a lugares geográficos. Hace un tiempo había leído uno, Las hamacas de Firmat de Ivana Romero, que no estaba nada mal. Incluso creo que escribí algo al respecto. Los autores que elegí esta vez fueron Agustín Alzari, Sergio Delgado, Ricardo Guiamet, Osvaldo Aguirre, Pablo Makovsky y Sonia Scarabelli. Como se ve, una mezcla de escritores conocidos y no tanto. Iba a llevar una recopilación de literatura anarquista de principio de siglo editada por la Biblioteca Nacional, pero me pareció que ya era demasiado. En honor de los maximalistas declaro que me hicieron el diez por ciento de descuento.

Hablando de libros chicos, en la editorial Godot me regalaron, además de dos de formato normal, tres de la colección enana: Barthes un sujeto incierto de Luis Gusmán, Giacomo Joyce de James Joyce y Atrapamoscas de Robert Musil. Bellísimos ejemplares. Lamentablemente, según me explicó Víctor Malumian, van a descontinuar la colección porque son difíciles de exponer en las librerías, salvo en el mostrador. Pero cuando los dejan ahí se los roban.

Pensando en esos libros pequeños y cuadrados para el mostrador, me acordé de haberlos visto en Eterna Cadencia, donde hay también de otras editoriales. Por ejemplo, los de la colección Destinos Cruzados de la editorial chilena Brutas, que declaran ser “sin fines de lucro y con financiamiento estatal”. Estos libros tiene dos autores que hablan de un mismo lugar. Hace un tiempo compré tres: Belarus (por Carolyn Kraus y Guillermo Astigarraga), Chile [golpeado] (María Moreno y Yuri Herrera) y Japón (Alberto Olmos y Lolita Bosch), que parecen muy interesantes. Siempre estoy a punto de empezar a leerlos y nunca lo logro.

Es que los placeres postergados del comprador compulsivo son infinitos.

Foto: Flavia de la Fuente

9 comentarios to “Diario intermitente (73)”

  1. FedericoR Says:

    Atrapamoscas es delicioso. Y es muy cortito, así que puede hacer bajar la pila de angustia impresa con poco costo.

  2. Hugo Abbati Says:

    por cincuenta pesitos se puede comprar, en mercado libre, el fin del camino, novela de barth publicada en el año 1971 (45 añitos) por sudamericana (breve y muy recomendable). evidentemente, apuestas editoriales muy arriesgadas y muy por encima, o por debajo, del gusto medio del público culto ansioso de novedades. el plantador de tabaco lo editó cátedra en españa hace un montón de años, con igual suerte. con el tiempo, barth ganó en prestigio (como gaddis) y sexto piso aprovecha la boleada.de todos modos, a cierta edad, más vale repasar clásicos que aventurarse con novelas de más de mil páginas (los reconocimientos, de gaddis, es una excepción, también editada en españa hace muchísimos años (alfaguara) y ahora, cuando gaddis es el héroe precursor de la posmodernidad, sexto piso aprovecha.
    de los demás escritores que cita la nota, no conozco a ninguno, excepto a luis gusmán. de todos modos, Caserola me resulta un buen apellido para una escritora, sobre todo si se llama Milena y, en función de ello, remite a Franz.

  3. lalectoraprovisoria Says:

    Abbati. Una pregunta, sin ofender. ¿Por qué no usás mayúsculas al principio de cada frase?

    Q

  4. Hugo Abbati Says:

    Vagancia, supongo.

  5. lalectoraprovisoria Says:

    Cuesta leer. Al menos a mí.

    Q

  6. Marcia C. Reiriz Says:

    Yo también, Quintin, soy compradora compulsiva. Sexto Piso me parece una editorial de excelencia. El único problema son algunas traducciones. La edición de Henry James y la de Kipling son insufriblemente españolas y te lo dice una hija de gallegos!!!!
    Pero mi jubilación se fue en los libros de Acantilado…. Memorias de un Italiano de Ippolito Nievo y el Leopardi de Pietro Citati…junto a las novelas de Zweig… Tampoco se si los leere. Pero hay algo de felicidad extrema en comprar libros….Un abrazo

  7. Hugo Abbati Says:

    Corregiré. Lo siento.

  8. lalectoraprovisoria Says:

    Gracias.

    Q

  9. Yupi Says:

    Milena Caserola es un nombre simpático. Mi favorito es La Bestia Equilátera. Sobre librerías y lectores, La bestia tiene uno bastante bueno de Matías Serra Bradford: La biblioteca ideal. Es una versión criolla de Los Caracteres de La Bruyere centrada en el lector. Como Serra Bradford es lo contrario de un hermano latinoamericano, supongo que habrá pasado sin pena ni gloria.

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