Diario intermitente (72)

por Quintín

30 de abril

El final del Bafici me encontró en mal estado. Una semana más tarde sigo en Buenos Aires, en lo de mi suegra, donde aun no hay gas y hasta se cortó la luz por 24 horas. No me recupero del todo de la gripe, me duele el oído y siento que los años no pasan sin dejar secuelas.

JavierPortaFouz_1754


De todos modos, aquí estoy frente al diario, para hablar un poco de las últimas películas que vi en el Bafici, cuya 18 edición deja una impresión importante: que Javier Porta Fouz le va a inyectar al festival una dosis de energía que estaba necesitando. Se lo vio entusiasmado, atento a los detalles, preocupado por que todo el mundo la pasara bien y dispuesto a hacer cambios. Este año, además, hubo más presupuesto que en el anterior (casi el doble) y se notó en particular en la cantidad de invitados internacionales (entre ellos Peter Bogdanovich, Michel Legrand, Paulo Branco). Para quienes asisten a las salas, ver a los directores presentar las películas y contestar las preguntas es un plus bienvenido, que le da al evento otra estatura y otra dimensión como experiencia.

Una de las novedades de esta edición es que hubo seis competencias, cinco de largos y una de cortos. Creo que es el Bafici pasó a ser el festival con más competencias en el mundo. No sé bien si esto es bueno o malo. Sigo creyendo que lo de Vanguardia y Género es bastante vago y misterioso y, además, me gustaría ver más películas de vanguardia y de género en la competencia internacional. No sé bien para qué sirve que la Competencia de Derechos Humanos sea un gueto aparte y no un premio transversal a las secciones, pero creo que fue un acierto la Competencia Latinoamericana para agrupar a películas que van a contramano del cine seudoindistrial y muchas veces pornográfico que los festivales internacionales eligen como representativo de la región.

Pude ver algunas películas premiadas de varias secciones. Sobre las de la internacional dije algo en la nota que está acá arriba. Podría repetir que La larga noche de Francisco Sanctis es un ejercicio políticamente correcto, cuya dramaturgia es mucho más torpe que su concepción visual y su comienzo mucho menos interesante que su final. Pero es el típico film que convence más a los jurados por su tema importante que a los críticos. Mejor es La noche, película extrañamente cassavetiana cuya impronta de amateurismo la libera de correccionismos bastardos. Más allá de las aventura de su director Edgardo Castro en un submundo que tiene mucho de infernal, hay en la película sentidos contradictorios, encontrados, entre la amabilidad inalterable del protagonista y el lugar de la droga que presiona demasiado sobre la narración. Pero las desprolijidades son las de una película viva.

Vi también Primero enero, de Darío Mascambroni, que cuenta las vacaciones de un padre separado y su pequeño hijo en las sierras de Córdoba. Es agradable de ver, sin estridencias, pero creo que la necesidad de combinar el paseo con un núcleo dramático, con un conflicto (el chico que quiere que los padres vuelvan a reunirse), la hace transitar momentos convencionales e innecesarios. Claro que sin ellos, probablemente no hubiera ganado el premio. A veces pienso que en los festivales habría que tener jurados que fueran ciegos al argumento, que no lo percibieran y solo tomaran en cuenta sus impresiones visuales y auditivas, que pensaran las películas como conciertos y no como óperas.

En Vanguardia y Género ganó Stand by for tape back-up, una película británica. Es decir, no ganó una película. En este caso se trata de un ejercicio audiovisual por momentos ingenioso basado en el monólogo interior del director Ross Sutherland, un poeta escocés, que en lugar de inspirarse en Margaret Tait lo hizo en su propia neurosis. Hay ciertamente destreza en el modo en que Sutherland conecta el ritmo de su pensamiento con el de los fragmentos del viejo VHS que repite obsesivamente, pero no creo que estas habilidades merezcan ser premiadas. Yo trataría, en cambio, de desalentarlas.

En esta sección se presentó también Le Moulin, del taiwanés Huang Ya-li, que durante todo el festival pensé que estaba en la competencia internacional y acaso podría haberlo estado. También pensé que iba a tener una mayor repercusión de la que tuvo, aunque esta sección queda siempre un poco perdida (¿quién vio La muerte de J.P. Cuenca?). Le Moulin es una película muy larga sobre un tema interesante: un grupo de poetas taiwaneses del período de entreguerras que escribían en japonés (idioma oficial durante la ocupación) y cuyo destino fue variando individualmente de acuerdo al devenir histórico del país. La película está armada con material de archivo (muy bueno), los textos de los poemas (interesantes) y reconstrucciones (dudosas). La película tiene bastante de académico, pero también de ambiguo. En el catálogo se lee que la lucha de los poetas fue contra el colonialismo japonés, pero el asunto es más complicado: si bien alguno de ellos murió ejecutado por comunista por Chang Kai-shek, otros fueron colaboracionistas en la guerra contra los americanos. Y, además, la película habla de una pérdida: la literatura en japonés escrita en Taiwán antes de que ese idioma pasara a estar prohibido. Es una situación histórica remota y complejísima de la que sabemos muy poco. Le moulin, con su sesgo un poco inexplicable en las referencias al surrealismo y a cierto cine francés de los treinta tiene el mérito de llamar la atención sobre el tema y el demérito de embrollar las pistas y perderse en la pomposidad cinematográfica.

Otra película de la sección era mucho más ligera y más fluida, el corto Maria do mar, de João Rosas, que se exhibía con Entrecampos, otro corto del director. En ambos el mismo encanto, el mismo placer, la misma serenidad de las imágenes y la magia de los colores. En Maria do mar, historia de despertar sexual de un adolecente (el personaje ya está en Entrecampos cuando todavía es un niño), aparecen las tetas mejor usadas cinematográficamente en este Bafici y en varios otros. Entre los cortos de Rosas y John From de João Nicolau (del mismo productor), se demuestra que el cine portugués (a diferencia de otros) sigue bendecido por los dioses del celuloide.

No vi las películas que ganaron en la sección latinoamericana, pero sí una que recibió una mención, la boliviana La última navidad de Julius de Edmundo Bejarano, gozoso retrato del poeta tarijeño (al menos actualmente, vivió incluso en Mendoza) Julio Barriga, filmado desde la inmediatez, la informalidad y la inteligencia. Barriga es un bohemio irredento, autor de un libro llamado El hombre que amaba a Amy Winehouse, escrito desde la libertad y el desparpajo y editado hace poco por la editorial El Cuervo, cuyo director Fernando Barrientos aparece en la película. (Un paréntesis: hace unos meses, Barrientos tuiteó que Tarija era un páramo cultural; se me ocurre que fue en ocasión de su viaje para participar en la película. Igual es un lugar que, sin conocerlo, me cae simpático: es relativamente bajo, allí hacen vino y vive Barriga). Volviendo a la película, el libro (en cuyo prólogo Barrientos presenta a al poeta) no me había preparado para la versión en vivo del personaje, de quien sabía de su vida precaria y su amor por el trago. Pero Barriga es un dandy, que a los sesenta años es capaz de treparse a los árboles, humillar a los adolescentes que hacen gimnasia en la plaza y pasearse por la ciudad con un andar de gentleman. Solo a un actor he visto caminar con semejante elegancia: el australiano David Gulpilil. La última navidad es otro de los buenos recuerdos del Bafici.

Foto: Flavia de la Fuente

3 comentarios to “Diario intermitente (72)”

  1. Marcia C. Reiriz Says:

    Arriba el ánimo Quintin! Que queda para mi que soy muy vieja!!! todavía tenemos muchos libros que leer y muchas películas que ver! Un abrazo para que te mejores!

  2. Yupi Says:

    El cine no filma la vida, decía Godard, que es justamente lo que van a buscar casi todos los espectadores (y casi todos los lectores): la identificación con la historia o los personajes, identificación que ocurriría de todos modos dado que director y espectadores son seres humanos. Pero no. Que un director escriba con la cámara y no con el guión sigue siendo una rareza hoy. Evidentemente algo falló en el camino. Hace poco volví a ver las Histoire (s) du cinema, magníficas y conmovedoras.

    Que se vaya esa gripe que está cerca la copa América. Si tenés un rato recomiendo al Sporting de Lisboa con Brian Ruiz en el medio y arriba Teo y Slimani, el argelino loco del Mundial. Viene palo y palo con el Benfica en la última recta.

  3. Gozoso retrato del “El hombre que amaba a Amy Winehouse” | La última navidad de Julius Says:

    […] Leer más | More […]

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