Diario intermitente (71)

por Quintín

23 de abril

Ayer almorzamos en la embajada de Austria, invitados para un homenaje a Hans Hurch, el director de la Viennale. Fue uno de nuestros pocos actos de vida social, que ha quedado reducida al mínimo. El banquete fue óptimo e incluso, después de los abundantes postres, con Diego Brodersen logramos que la simpática embajadora nos convidara unos schnaps de su región natal. Uno de los invitados era Darío Lopérfido, el injustamente escrachado ministro que tiene la particularidad de ser el único alto funcionario cultural de estos tiempos al que le interesa la cultura (a nadie se le ocurriría pensar que Avelluto o Teresa Parodi, sus homólogos nacionales, ni sus antecesores municipales Lombardi, López o Telerman comparten ese interés). No me cansaré de insistir en que la persecución a Lopérfido es una vergüenza.

Volvimos a casa a madia tarde y vimos dos películas. Primero fue Ultimas conversas, la película póstuma de Eduardo Coutinho, terminada por João Moreira Salles. Coutinho fue un patriarca del cine regional, alguien que inspiraba respeto, cariño y admiración, algo que es bueno como balance de una vida, incluso la de un cineasta. Debo decir que, personalmente, nunca fui un devoto de Coutinho. Ni de su época política (Cabra marcado para morir) ni de su último período (Edificio Master) en el que usaba el dispositivo de las Conversas: entrevistar cara a cara a personas comunes que contaban su vida o inventaban una historia. De allí resultaban simultáneamente situaciones conmovedoras e interrogantes teóricos sobre el carácter del personaje en el cine y la relación entre verdad y ficción. Así y todo, siempre me pareció que había en esa forma ideada por Coutinho un costado megalómano y manipulador (muy sutil, muy disimulado y muy culposo también) que hacía girar en el vacío las películas. Conversas, a la que le cabe esa apreciación, tiene además algo de fallido porque parte del material no es demasiado interesante. Pero tiene, a cambio, un costado perturbador: la confesión de Coutinho a cámara (registrada en medio del rodaje pero incluida al principio de la película) de que no se relaciona bien con los adolescentes, que los encuentra falsos e híbridos a diferencia de los niños, con los que debería haber hecho (dice él) la película. De hecho, al final aparece una nena encantadora, que emociona enormemente al director. Es bonita, pudiente, vive con el padre y la madre y no tiene contradicciones, carencias ni está alienada como los adolescentes de las entrevistas previas. Es muy enigmático este final tan conservador, que le da peso a las confesiones de Coutinho, a su incomodidad con el mundo como es y con la gente más allá de la infancia, confesiones que parecen demoler su propio cine. Uno de los pasajes más desoladores del Bafici, alguien que muere sospechando haber vivido equivocado o en un mundo inhabitable.

Me acabo de enterar de los premios del Bafici. La larga noche de Francisco Sanctis fue la gran vencedora. Escraches e ideología aparte, es un relato muy convencional con un tratamiento visual mucho más sofisticado que su dramaturgia. Debería ver las otras películas premiadas porque salvo esta, creo que este año las esquivé a todas.

Después vimos El invierno llega después del otoño de Malena Solarz y Nicolás Zukerfeld. En el comienzo de la historia está la pareja de Pablo y Mariana que se separaron hace un tiempo. Ambos se reencuentran en la primera escena pero la película seguirá a cada uno por separado. A Pablo en la primera parte (la del otoño) y a Mariana en la segunda (la del invierno). Es curioso que la película, como algunas entidades teológicas sea una, pero al mismo tiempo dos, marcadas en principio por el clima, el progresivo enfriamiento y la falta de luz natural. De todos modos, siempre se trata del mismo ambiente: treintañeros (largos) sin hijos que pertenecen al mundo cultural con sedes principales en la FUC y en Puán. No es un mundo terriblemente interesante. La vida de los personajes (que son muchos y aparecen a medida en que los protagonistas van a fiestas, se encuentran con amigos o participan de actividades académicas) es gregaria, tristona, signada por la resignación, la histeria, el amarretismo y la falta de entusiasmo. La parte del otoño es la menos interesante. Arranca con algunos tópicos rejtmanianos, como unos celulares que cambian de mano y bienes que cuestan todos el mismo precio, pero esa línea se diluye (afortunadamente) en el deambular sentimental y social de Pablo, que sigue interesado en Mariana. Mariana, a su vez, está en pareja sin convicción y se ilusiona con alguna conquista. Pero su devenir, que incluye la presentación de su tesis, se hace más grave que el de Pablo, más dramático, más intenso. La sensación de vacío, de angustia y de incertidumbre del personaje, expresados sin palabras, solo mediante la expresión y las acciones secretas de Marina Califano, hacen pensar en Antonioni. Especialmente en un final que es de lejos lo mejor de la película, cuando Mariana cumple años a la medianoche en un taxi mientras suena en la radio el himno nacional (en una versión notable) y le llegan los primeros llamados de felicitación.

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