Diario intermitente (68)

por Quintín

17 de abril

Hoy vi cuatro películas de las que hablaré brevemente porque quedé agotado. La primera fue la argentina Solar de Manuel Abramovich, un documental sobre Flavio Cabobianco, otrora niño prodigio que decía estar enviado por el Sol y que hoy sigue vendiendo esoterismo con el resto de su familia, un conjunto de gente manipuladora y desagradable si las hay. Solar narra la disputa por el control de la propia película entre Cabobianco y Abramovich y resulta una curiosidad irrelevante.

Después vi lo mejor del día, The American Epic Sessions de Bernard Macmahon, que recomiendo fervorosamente a todos aquellos que no sean absolutamente sordos para la música. Hace poco tiempo, un ingeniero obsesivo logró reconstruir la primera máquina eléctrica para grabar discos, inventada por la compañía Western Electric. Con ese aparato, un prodigio tecnológico de los años 20, el corazón de la música americana quedó inmortalizado: los grandes del blues, del jazz, del country, del cajun, de la música mexicana grabaron con esas máquinas de las cuales no quedaba ninguna hasta ahora. En ocasión de la reconstrucción (que tomó diez años), el músico Jack White organizó una serie de sesiones de grabación con la vieja máquina en un pequeño estudio de Los Angeles y juntó a una serie de celebridades actuales para que tocaran covers de tres minutos de aquella música. El resultado es fabuloso y los músicos están en gran forma, motivados por la magia de acceder a un sonido y a un modo de grabar que los conecta con la Historia. La película es extremadamente prolija y no tiene desperdicio. Creo que la voy a ver de nuevo. Hay en el Bafici una película en tres partes que es la compañera de las Sessions. Se llama American Epic Trilogy y se anuncia como una historia de la música popular americana en el siglo XX.

Después me junté con Flavia y vimos La academia de las musas, de José Luis Guerín. No me fascina la obra de Guerín, pero había muy buenos comentarios. Y es una película original, sobre un profesor de la Universidad de Bolonia que les enseña a sus alumnas a ser sus musas y las seduce con el cuento de la poesía. Pero no es cualquier cuento. Los personajes discuten de filosofía, de literatura, del amor, de la naturaleza, en un registro ambiguo que tiene un vago parentesco con Hong Sang-soo. Todo va muy bien, hasta que sobre el final, la película vira hacia un drama doméstico de celos y reproches que la arruina porque vuelve solemne y moralista lo que podría haber sido una buena comedia. Flavia dice que le gusta como está filmada, pero para mí hay un exceso de primeros planos, aunque los personajes femeninos son atractivos (mientras que el professore es más bien repugnante). Otra curiosidad de la película es que se habla indistintamente en español y en italiano, lo que a Flavia le molestó pero a mí me cayó simpático.

Para terminar, vimos El teorema de Santiago, de Ignacio Masllorens y Estanislao Buisel. El otro día, tomaba café con otros críticos cerca de la FUC y pasó Mariano Llinás que había salido a pasear al perro. Estuvo hablando mal de la película o, mejor dicho, negando tener nada que ver con ella. Pero ahora pienso que fue solo una actuación. El teorema de Santiago es un documental sobre la filmación de El cielo del Centauro de Hugo Santiago que excede largamente los making of habituales. Esta no es una película más o menos complaciente sobre el rodaje sino una descripción profunda, precisa y balanceada de la génesis de la película, de su realización y de sus contradicciones. El teorema de Santiago está dividida en tres partes. La primera está dominada por el intercambio de mails entre Santiago y Llinás a propósito del guión (además de mostrar al realizador explicando el proyecto). Este segmento es uno de los torneos de pedantería más notorios que haya mostrado el cine, pero sirve muy bien al propósito documental. La segunda parte es las más interesante. Allí se habla de la irrupción en Buenos Aires del último director mundial que trabaja con el découpage à la Bresson, es decir con un guión que contiene exactas especificaciones sobre los movimientos de la cámara y de los actores, lo que produjo una especie de shock en el equipo de filmación y producción. Santiago es descrito por sus colaboradores como “una reliquia” y al mismo tiempo venerado como un dios. Las imágenes de la filmación respaldan la frase que pronuncia cuando cumple años en pleno rodaje: “Este es el mejor oficio del mundo” y el placer que transmite en cada escena lograda o fallida es extraordinario. Santiago disfruta como un chico de eso que no pudo hacer tantas veces como quería. El tercer capítulo se ocupa del montaje en el que Santiago discute durante horas con Alejo Moguillansky cuál es la toma correcta entre varias que parecen indistinguibles y el nivel de minuciosidad alcanza cotas inauditas. Hacia el final, cuando la película se acerca al estreno de El cielo en el Bafici 2015, se habla del teorema del título, un enigmático enunciado (para nada matemático o geométrico como él pretende, justo es decirlo) en el que Santiago declara que las películas que él hace responden a un plan secreto que corre paralelo con el desarrollo evidente y que todo lo que hace en la filmación responde a ese plan, que le otorga a la película una armonía oculta y una coherencia orgánica que le da sentido y que los espectadores deben decodificar aunque sea por medio de sus sentidos. Estamos ante otro caso de La figura en el tapiz, que me hace pensar en planteos análogos de Rivette, de quien me ocupé hace poco.

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5 comentarios to “Diario intermitente (68)”

  1. Mariano Llinás Says:

    Quintín, tus niveles de malicia alcanzan cada año nuevas fronteras. Lo único cierto de tu relato es lo del perro: Entré al bar, alguien me felicitó por el film, yo dije que no tenía que ver con su dirección ni su producción y-conociendo tu compulsiva tendencia a agredirme en cualquier espacio habido y por haber- dije: “Entre bueyes no hay cornadas; no vayan a atacar al film relacionándolo conmigo ni a mí relacionandome con el film. No tengo nada que ver con eso”, ¿Eso es hablar mal?. Cándidamente, quise evitar este episodio que una vez más te hunde en el ridículo.
    Chusma, malo y mentiroso.

  2. lalectoraprovisoria Says:

    Infame Llinás. No fui yo el que dijo “Esa película no merecería ser más que un extra del DVD de la de Santiago”, frase de la que son testigos Diego Lerer, Diego Brodersen y Roger Koza. De todos modos, confirmé lo que pensaba: que habías sobreactuado la distancia con la película a partir de tu conocida paranoia. No soy el mentiroso en este cuento. Ah, y el perro es lindo.

    Q

  3. Mariano Llinás Says:

    …Un Yago de opereta, destilando espanto y miseria ante una teleplatea aburrida y sedienta de sangre.

  4. horacio bernades Says:

    Qué lindo es el mundo del cine.

  5. Hugo Abbati Says:

    Rara esa teleplatea. Están delante de un tipo que destila miseria y espanto, y se aburren. Y mientras se aburren, están sedientos de sangre. No parece Shakespeare.

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