El vicio de la curiosidad

El Correo y la Aduana siguen en el Antiguo Régimen

por Sandra de la Fuente

Había recibido un papel del Correo Argentino donde quedaba claro que alguien desde Alemania había tenido la amabilidad de enviarme algo que pesaba un cuarto de kilo. ¿Un par de discos? Tendría que ir a buscarlos. ¿Y si es una revista escrita en alemán? Para qué voy a ir, si total no entiendo una palabra de alemán, lo más probable es que pierda una mañana en un lugar horrible para recibir una revista con publicidades de cosas que jamás podré comprar.

arcoiris

Sabía que no tenía que ir, incluso sabía que iba a pagar para que me maltrataran un rato pero como lo único que no puedo resistir es la tentación, el martes pasado fui a la Aduana a buscar ese algo que me habían enviado desde Alemania.

La compañía de Miguel de Olaso, un músico que debía sí o sí ir a buscar un juego de cuerdas para su laud —cuerdas que ya no se consiguen en Buenos Aires y que esta vez venían de Brasil—, me ayudó a decidirme por emprender semejante aventura.

Fuimos en taxi, porque para sufrir tengo el resto de la vida. Mala elección: tardamos una hora en llegar a la espantosa zona de Retiro, a la más horrible calle Antártida Argentina. Por suerte, la charla era interesante (¿no es cierto, Miguel, que te divertiste mucho con todo lo que te conté?) y, a juzgar por lo que siguió, tomar ese taxi fue lo mejor que pudimos haber hecho: todo contacto humano posterior fue tan hostil que recuerdo ese viaje a través del tránsito caótico como un paseo por la toscana.

Llegamos a la puerta de reja del galpón que hace de Aduana. Nos recibió un guardia de seguridad privada que nos ladró algo parecido a “documentos” y “aviso de correo”. Eso entendimos así que le dimos los papeles que creíamos que nos pidió y, efectivamente, nos permitió dejar atrás sus modos perrunos.

Apenas di dos pasos dentro del galpón y, desde mi metro cincuentaitrés, olí el sobaco de tres señores. Pero el diagnóstico más preciso vino desde el metro ochentaypico de Miguel: “La cola es inmensa”.

Mientras veíamos cómo atravesar la marea humana, otro guardia nos dio un número de papel, de esos que hay en cualquier negocio. Me dije que era una verdadera suerte, que ese número significaba que podría sentarme a esperar el llamado. Pero rápidamente me di cuenta de que me había equivocado, no porque no hubiera sillas (que tampoco había vacías, por cierto), sino porque si conseguía sentarme no iba a poder oír el llamado del empleado. Entonces, la primera cola era para todos los que teníamos ese número de almacén de barrio.

“163, 164” Esos éramos nosotros. No tardamos más que 20 minutos en llegar al mostrador donde debíamos entregar nuestro aviso de correo. “Esto va muy rápido. Se ve que más que hoscos son austeros porque están concentrados en ser eficientes”, pensé y me equivoqué como siempre.

“Esperen acá”, y ahí nos quedamos los quince números elegidos. Pocos minutos después volvía el mismo empleado con nuestros papeles firmados. “Ahora tienen que pagar”.

Yo iba a sentarme porque ahora sí había lugares libres, y como había visto pantallas con números que correspondían a los que me habían escrito en el papel pensé que podía descansar un rato. Miguel, que ya había perdido varias mañanas en ese lugar espantoso, se rió y me señaló mi error, había otra fila, una a la que no se le veía fin, que daba una vuelta casi completa por dentro del galpón. A esa teníamos que sumarnos para poder pagar una tasa fija de 50$, por derecho de almacenaje. ¿Que yo no pedí que me guardaran nada allí? Nadie lo pidió pero, obedientemente, todos lo pagamos.

Y ahí noté una vez más cómo una vez que nos disponemos a ser ovejas nadie nos gana en la tarea. No sólo estábamos todos dispuestos a pagar sino que ya que estábamos aburridos permitíamos que el guardia que recorría el galpón vigilando vaya uno a saber qué, nos maltratara. “No se desordenen”, nos decía con el tono perruno que había escuchado antes de entrar al galpón, a los que charlábamos y sacábamos un pie una baldosa al costado de la fila. Y nosotros —los viejos pero también los jóvenes esos que basta mirarlos para darte cuenta de que podrían haber estado el día anterior en una marcha en contra del protocolo antipiquetes— mirábamos la baldosa en la que estábamos parados y nos desplazábamos obedientemente a derecha, izquierda, norte o sur según correspondiera para que la autoridad del lugar no volviera a hablarnos con ese tono de Cancerbero.

Pasaron otros 45 minutos. Miguel y yo nos pusimos contentos porque ya estábamos pagando: él 50$, por derecho de almacenaje porque el aviso le había llegado el día anterior; yo 100$ porque el aviso me había llegado a la radio la semana anterior.

Había pasado una hora y, después de pagar, estábamos adquiriendo nuestro derecho a sentarnos a esperar. Eso sí, cuando apareciera en pantalla nuestro número, ese que venía ya designado en la tarjeta de aviso, tendríamos que levantarnos nuevamente y hacer una tercera cola que, por supuesto, también serpenteaba el perímetro del galpón, pero en sentido contrario a la anterior.

Intenté sacar una foto con mi celular, pero nuevamente el guardia me increpó como si fuera a esposarme: en ese templo de abuso al ciudadano está prohibido sacar fotos y utilizar el teléfono.

Sin Miguel —que a las 12.30 hs ya le había aparecido su número en pantalla y a las 13.30 había desaparecido de mi vista—, sin chances de usar mi teléfono para entretenerme o amargarme vía Twitter, utilicé ese tiempo para conversar con mis pacientes vecinos. A mi derecha, un amable señor que había pasado en Italia los últimos 15 y que, regresado a la Argentina hacía quince días, no sabía cómo expresar su arrepentimiento. A mi izquierda, un caballero fabricante de no entendí bien qué pero que por su actividad era un asiduo visitante del galpón humilladero. Una fila por delante, un chico de 21 años, con remera de Bob Marley y rastas que le llegaban a la cintura.

La charla comenzó porque el emigrante inmigrado no se sentía bien. Con más de 70 años había llegado al galpón a las 9 de la mañana, ya había pasado el mediodía y todavía no le habían entregado su paquete. Le ofrecí unos caramelos que masticó haciendo un ruido tan grande que temí por su dentadura.

“Podrían poner un barcito, no sé, algún lugar para comer y tomar un café”, dije. Y ahí casi me voltea la respuesta del Bob Marley argentino: “Señora, si le ponen un bar acá usted compraría cosas en el exterior con gusto. Se trata de evitar que usted compre, no de estimularla”.

El comentario del Bob Marley con el cerebro dopado de kirchnerismo hizo que el fabricante se animara a unirse a la conversación. “Yo vengo una vez por mes”, dijo y yo pensé que tenía uno jugando para mi equipo. Pero no: “la gente viene a buscar cosas que se fabrican acá. Nosotros no aprendemos más, nos tienen que maltratar para que hagamos las cosas bien”.

Les pregunté si creían que en los países civilizados existía un sistema así. El joven K, irritado, me respondió que a él la guita no le alcanzaba para viajar a La Salada. El fabricante, en cambio, se hinchó de orgullo: él había recorrido el mundo y no encontró un lugar mejor que Argentina. La única pena es que ahora Macri le había dado a Paul Singer la posibilidad de llevarse el 1000% de ganancias y que todos nos fundiríamos antes de que terminara el año, o algo así. No pude seguir escuchando. Interrumpí su discurso con la excusa de ir al baño y ya que estaba aproveché y fui al baño. ¿Se sorprenden si les digo que cualquiera de los baños de una estación de servicio en la ruta 2 en cambio de quincena está seguro más limpio que ese que pagamos con nuestros impuestos y que no tiene ni siquiera tapa de inodoro ni papel higiénico y jabón?

A las 14.30 ninguno de nuestros números había aparecido en la pantalla digital. Le dejé mi paquete de pastillas al emigrante inmigrado por error y decir salir de ese matadero orwelliano. No sé qué me enviaron de Alemania pero fuera lo que fuese sólo me serviría para pensar que estaba viviendo en el lugar equivocado.

Foto: Flavia de la Fuente

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5 comentarios to “El vicio de la curiosidad”

  1. Yupi Says:

    Un paquete me ha llegado desde Hamburgo
    -inquietante pizzicato del destino.
    De curiosa, me aventuro en el camino
    cual la oveja fatalista de Panurgo.

    Me asalta una sospecha y no la expurgo,
    Decidida ya a cumplir con la humorada.
    Ser oveja es una cosa delicada
    en el plan inaccesible del demiurgo.

    Las horas pasan lentas en el vano.
    El pétalo retorna a la corola.
    La luz se marcha, fiel, tras el verano.

    Sacar turno, esperar y hacer la cola,
    he allí una sinonimia de lo humano.
    Y como si fuera poco, ¡hacerlo sola!

  2. janfiloso Says:

    Yupi sos un HDP! :) jajajjaja

  3. janfiloso Says:

    Soy una persona optimista por naturaleza, no puedo evitarlo, y estas realidades me abruman, me mandan al fondo del tacho.
    Pero el Sec. de Comercio respondió un tweet a Sandra y renovó mi optimismo. Espero que esto cambie.

  4. Sandra Says:

    Si esa mañana sirvió para que Yupi se inspirara con semejante poema, no fue una pérdida de tiempo sino más bien una inversión a corto plazo.

  5. Pablo K Says:

    Parece que te escucharon o te leyeron mejor dicho: http://www.infobae.com/2016/03/09/1795905-compras-al-exterior-el-gobierno-confirmo-que-vuelve-el-correo-puerta-puerta

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