Diario intermitente (63)

por Quintín

22 de enero

Terminé Esa visible oscuridad de William Styron, cuyo tema es la depresión del autor que estuvo a punto de llevarlo al suicidio. Posiblemente sea uno de los libros de autoayuda más sofisticados que se hayan escrito y le da una vuelta al género: Styron describe con minuciosa precisión las características de la enfermedad y usa una prosa entrenada para mantener la distancia necesaria como para que el libro se pueda leer como un ensayo, sin dejar de advertir que la depresión no debe confundirse con otros padecimientos psicológicos y que se puede salir de ella, aunque también puede tener un desenlace trágico porque ni siquiera los psiquiatras saben cómo manejarse y producen malos diagnósticos, recetan medicamentos inapropiados o creen que es cuestión de psicoterapia. En algún momento, Styron compara las trivialidades que le dijo su terapeuta con las que hacia el final de Madame Bovary un cura le dice a Emma cuando esta busca desesperadamente una ayuda que le impida suicidarse.

solita2016

Lo mejor del libro es el pasaje en el que Styron se ocupa de la palabra “depresión”, introducida en la terminología psiquiátrica americana por el suizo Adolph Mayer, quien “acaso no tuviera muy buen oído para los ritmos más destacados del inglés y, por lo tanto, no se percatara del daño semántico que infligía al proponerla como nombre descriptivo de tan temible y violenta enfermedad.” Lo que ahora se llama depresión supo llamarse melancholia, prestigioso término que, según Styron, “fue suplantada por un sustantivo de tonalidad blanda y carente de toda prestancia y gravedad, empleado indistintamente para describir un bajón en la economía o una hondonada en el terreno, un auténtico comodín léxico para designar una enfermedad tan seria e importante.”

De todos modos, Esa visible oscuridad me dejó una impresión ambigua. Styron es un escritor americano canónico, por así decir. De hecho, una de las circunstancias que lo acercaron a la depresión fue haber dejado el alcohol:

Como muchísimos otros escritores americanos, cuya adicción al alcohol, letal en ocasiones, ha llegado a hacerse tan legendaria como para dar pábulo a un torrente de estudios y libros por sí misma, yo utilizaba el alcohol como conducto mágico que me transportaba a la fantasía y a la euforia, y a la efervescencia de la imaginación.

Su lugar en el mundo y el lugar desde el que escribe el libro es la intersección de situaciones convencionales del sistema: el prestigio social del escritor, el del sistema de la medicina, la necesidad de dejar una especie de testimonio caritativo a sus semejantes. Para Styron la depresión es inexplicable, pero nunca se le ocurre que hay algo en su vida que no está bien del todo: es razonablemente rico y prestigioso, está casado con una mujer que lo quiere, tiene sesenta años pero todavía mucho por delante y, de pronto, todo se precipita hasta llevarlo a una situación en la que pierde la libido, el apetito, la voz y el sueño mientras sufre de un padecimiento atroz. Su calidad como escritor le da para exponer la situación con objetividad y sin excesos, para citar a Baudelaire (“he sentido el viento del ala de la locura”), para advertir que nunca había pensado en suicidarse pero su propia obra estaba plagada de suicidas. Pero no para hacer con esto algo que exceda lo correcto, lo adecuado o contar cómo se salvó internándose en una clínica psiquiátrica y dejando que “la reclusión y el tiempo fueran sus verdaderos médicos”.

Será por esa doble insatisfacción velada (la de Styron frente al mundo, la que su obra inspira en el lector) que no suelo leer escritores americanos, siempre prisioneros y transmisores de esa indefinible resignación.

Sin embargo, hoy me llevé al café una novela americana, La ópera flotante de John Barth (Península 1991, publicada originalmente en 1956), que encontré en un estante cerca de la mesa de luz. Siempre quise leer a Barth, un escritor que se supone más bien excéntrico (que practica algo llamado la metaficción) nacido en 1930. Lo acabo de googlear y descubro que La ópera flotante trata sobre el suicidio, una casualidad notable. En realidad solo leí un par de páginas, pero parece atractivo, en un estilo que no se me ocurre lejano al de Gaddis, de quien hace un tiempo leí Agape se paga.

También llevé al café Los políglotas, el libro de Wiliam Gerhardie del que hablé un poco el otro día. Leí cincuenta páginas burbujeantes. Uno no diría que se publicó en 1925, pero es cierto que cierta literatura inglesa de entonces (Waugh, por ejemplo, cuya Decline and Fall es de 1928) tiene una chispa, una velocidad y un desparpajo que casi desaparecieron desde entonces. En esta novela, el protagonista visita a su familia en Tokio después de la Primera Guerra y al rato está abrazando a su prima de 16 años (parece que Gerhardie no dejaba pasar nada con faldas) y soltándole un discurso pacifista a su tía. El narrador, Georges Hamlet Alexander Diabaologh, de genealogía incierta y profusa, es un personaje lleno de opiniones. Por ejemplo, esta que me hizo reír:

Hay tantos imbéciles en la universidad como en cualquier otra institución. Pero se trata de una imbecilidad, admito, dotada de cierta clase; la estampa de una formación universitaria, si se quiere. Es una imbecilidad que se logra en base a entrenamiento.

Pensé en esta frase porque también sigo leyendo Cataratas, la novela de Hernán Vanoli, que trata sobre universitarios y de la que ya pasé la mitad. Al parecer, Vanoli y Lola Copacabana nos visitarán en San Clemente el lunes, circunstancia apropiada para discutir la novela, de la que no diré nada más por ahora. No sé qué puede resultar de ese encuentro.

Foto: Flavia de la Fuente

Una respuesta to “Diario intermitente (63)”

  1. Martes de cuento Says:

    :D :D La última cita me encanta.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: