Diario intermitente (62)

por Quintín

20 de enero

Hoy fui a tomar café a Cheroga con tres libros. El primero, Cataratas de Hernán Vanoli (Random House, 2015) es una novela de 450 páginas, una longitud desmesurada salvo que uno se llame Tolstoi, Proust o Laiseca. De todos modos me empeñé en leerla y voy por la página 185, pero hablaré de ella en otra oportunidad.

solitaensunido

El segundo libro, Los políglotas de William Gerhardie (Impedimenta, 2014) viene con una pequeña historia personal. Gerhardie es uno de los autores de los que habla Luis Chitarroni en Siluetas, que cuando lo leí en 1992 se transformó en una wish list de lecturas que aún no completo. El capítulo dedicado a Gherardie es de los mejores como narración, pero trata menos de ese escritor inglés nacido en Rusia que de un personaje llamado Víctor Eiralis, que se lo recomendó a Chitarroni diciéndole que era el ruso exiliado que había que leer en lugar de Nabokov, “un invento para los tilingos descarados como usted”.

En esa época (supongo que la anécdota se sitúa a principios de los 80) Gherardie (1895-1977) no era muy famoso, pero después sus acciones subieron de un modo raudo, como lo cuenta Chitarroni y también Martín Schifino, traductor y prologuista de la edición de Impedimenta, quien cita a Evelyn Waugh tratándolo de genio y menciona la influencia de Girhardie en nombres como Anthony Powell, Muriel Spark, Martin Amis y Joseph Heller. En fin, empecé a leer Los políglotas, que tampoco es una novela corta (380 páginas, pero en su caso las recomendaciones le sirven de coartada así como el hecho de que se publicó en 1925), y tras un par de páginas muy divertidas, muy ligeras, decidí escribir un poco en este diario que está medio abandonado. Me pregunto si Chitarroni habrá leído finalmente a Gerhardie, ya que según contó en alguna parte, Siluetas es también una wish list, aunque disimulada.

El tercer libro sí que es corto, pero apenas leí 27 páginas de las 85. Se trata de Esa visible oscuridad de William Styron (Hueders, 2015). Styron (1925-2006) es un escritor americano, autor de La decisión de Sophie, que dio lugar a una famosa película que no me gustaría volver a ver. Pero esta no es una ficción sino un ensayo que partió de una conferencia de 1989 que se amplió en una nota para Vanity Fair y se volvió a ampliar para publicarse como libro en 1992. El tema: cómo el señor Styron, un escritor prestigioso sin demasiados problemas en la vida sufrió una depresión que casi termina en suicidio en 1985. La conferencia es ante una institución psiquiátrica, pero el texto es de una elegancia ejemplar porque Styron toma una distancia perfecta de su padecimiento. La traducción de Salustiano Masó, prestada de una edición previa de Capitán Swing, es también muy buena y una prueba de que las traducciones españolas no son siempre infames. Hasta acá, escuchar a Styron hablando del suicidio, tanto del suyo como del de otros, es una delicia.

Y esto es todo por ahora.

Foto: Flavia de la Fuente

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